Escritos sobre música




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Días de radio

~ miércoles, agosto 26, 2015 ~


Esto fue escrito en el ALSA entre Gijón y Madrid a principios de agosto


Hasta ahora no había hecho una reseña de un programa de radio en estos escritos sobre música. Algo injusto, porque la radio ha tenido mucha importancia en mi vida musical -o sea, en mi vida a secas- desde que con cuatro años me dedicaba a escuchar Los 40 Principales esperando que saliesen canciones de la Trinca en una radio de pilas (un transistor, como se llamaban entonces) que me regaló mi abuela.

Luego fui habitual del Derrame Rock de Alberto Toyos en mis años heavies y, un poco después, de la programación de Radio 3. Ahí, un programa me cambió la vida: una noche, en el Trópico Utópico de Roberto Poveda, echaron un concierto de Kiko Veneno y Juan Perro. Yo ya era fan de Kiko, así que lo grabé en una cinta. El programa duraba más que el concierto y lo completaron con Camarón y con unas bulerías de Manuel Molina. Además, la sintonía era una canción hipnotizante que, como las otras, llegó a obsesionarme: “El secreto” de Henry Fiol. Me hice asiduo del programa y ahí descubrí a Caetano Veloso, a Omara Portuondo, a Chucho Valdés y a tanta, tanta buena música que es una vergüenza que hasta ahora no le haya dedicado unas palabras de agradecimiento. Sirvan estas.

Hablando de programas de radio, hubo también una noche muy especial de un programa que sólo escuché aquella vez y que, sin embargo, nunca he olvidado: era en Radio Kras y no tengo ni idea de quién lo hacía ni de cómo se llamaba el programa; lo único que sé es que me quedé atravesado por un rayo durante una hora en la que se mezclaban lecturas de cronopios y famas con la voz de una persona –no era capaz de determinar si hombre o mujer- que decía el tango como si fuese una tragedia griega de las que resumen la mísera existencia humana. Luego supe que era Adriana Varela y luché muchísimo por aprenderme alguna de aquellas guitarras intrincadas que acompañaban su voz grave. Todavía a día de hoy maltoco y malcanto “Afiche”, “Muñeca brava”, “Como dos extraños” y la maravillosa “Balada para un loco” que hacía con Roberto Polaco Goyeneche.

Ahora la radio en mi vida queda confinada al coche, cuando no tengo ningún podcast que me acompañe, aunque los podcasts creo que no dejan de ser muy distintos de los programas de radio.

De hecho, el programa que me ha llevado a escribir esto no lo escuché en la radio sino en el ordenador (por cierto, una CPU típica tiene decenas de millones de transistores), en Sound Cloud, aunque fue hecho para la RTPA (Radio Televisión Pública Asturiana). Se trata del primer capítulo de “Esperando que pare”, donde Pablo Moro se ha decidido a invitar a gente para hablar de canciones. Y ha conseguido emocionarme. Porque yo pertenezco a esos enfermos que se obsesionan con las canciones como si fueran algo importante para la supervivencia.

Muchas cosas del programa hicieron que desease escribir aquí, algo raro en los últimos tiempos. Para empezar, que pusiese aquella escena de “Lugares comunes” que es uno de mis momentos favoritos en la historia del cine, la discusión entre el personaje interpretado por Federico Luppi y su hijo.
Otra sorpresa, quizás la principal, es que contestase a una pregunta que me había hecho muchos fines de semana: ¿quién escoge las canciones en la RTPA? Porque muchos sábados o domingos, conduciendo hacia un ensayo y buscando algo escuchable en el dial (otro término ya sin sentido), me sorprendía en la RTPA una canción que no conocía pero que me gustaba. A veces era de un grupo que sí conocía, pero una canción que no era de sus clásicas. Y, de verdad, que me reconcomía la duda de quién escogería canciones tan bien. En el programa de Pablo Moro descubrí la respuesta: Manolo Abad, mítico periodista de la escena asturiana y, a la vista está, un auténtico connoisseur.

Lo que no fue sorpresa, porque estaba anunciado en el enlace que seguí, era que entrevistaba a Alfredo González, que empezó diciendo que era más de canciones que de discos, artistas o estilos, algo con lo que me identifico.

Resultó muy interesante el debate entre Pablo y Alfredo sobre la exigencia de autobiografía en las canciones. Me hizo recordar que en el instituto me enseñaron algo así como que la lírica era el género que expresaba los sentimientos, el yo; de ahí probablemente esa exigencia. En cualquier caso, es un debate antiguo el de la importancia de la vida del autor para comprender su obra, en cualquier disciplina artística. Yo creo que en la canción es más fácil que en otras disciplinas olvidarse del autor: a fin de cuentas, es habitual que el intérprete y el autor sean distintas personas y que las canciones se independicen y acaben valiendo por sí mismas. Sin embargo, es verdad que yo suelo investigar sobre el proceso de creación de las canciones y me gusta saber de dónde vienen y que me cuesta separar la obra y el autor. Me ha pasado, en un ejemplo de otro orden, la novela, con Tolstoi: emocionado por su “Guerra y paz”, con la profunda compresión del alma humana que se adivinaba en esa obra, quedé sin embargo muy decepcionado tras leer fragmentos de sus diarios y los de su esposa.

Aparte de las interesantes conversaciones, el programa regaló tres interpretaciones curiosas (con batería pero sin bajo) e intensas de canciones del último disco de Alfredo, lo que no es poca cosa.

En definitiva, que como adicto a las canciones, estoy esperando ya el segundo capítulo.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
12:43 p. m. | Comentarios (2)

Pablo Moro en el Jovellanos

~ martes, enero 25, 2011 ~

El jueves Pablo Moro va a dar un concierto en el Jovellanos. Tengo muchas ganas de verle: han pasado siglos desde que lo vi de telonero de Quique en la Santa Sebe. Espero que lleve a la banda con la que grabó el disco, que suena de lujo.

Tiene también nuevo videoclip:



Lo que más me gusta de sus canciones es el intento de capturar la épica pequeñoburguesa, las historias de la gente que tiene que bajar la basura, hacer viajes de trabajo en Madrid... Gente valiente que tiene miedo a morir... y que madrugar mañana.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:07 p. m. | Comentarios (7)

Discos del 2009

~ viernes, enero 15, 2010 ~

No me gustan las listas de "Lo mejor de...": me parece presuntuoso que alguien determine qué es lo mejor (¿quién ha escuchado todo?, ¿quién sabe de todo?, ¿quién tiene la verdad?) y, además, me parece que los discos no se pueden ordenar como si fuesen caballos al final de una carrera. Aún así, muchas veces acabo mirándolas, en parte por morbo, en parte por ver si descubro algo interesante.

Con este último afán, compartir descubrimientos y tratar de transmitir las reflexiones o sentimientos que me producen la música (irrelevantes, pero este blog nace de una necesidad irracional), voy a comentar los discos que más me han gustado en 2009, aunque puede que no sean de este año.

Dramas y Caballeros. Luis Ramiro

Amenacé con dedicarle una entrada y no lo hice. Para mí ha sido un descubrimiento. Sigo sin verle nada muy original, pero me gusta la perfección clásica de sus formas. Hay tópicos, pero detrás de los tópicos hay algo que (me) llega. Su voz y una mirada a ras de tierra le dan el carácter personal necesario para escapar del plagio y el aburrimiento. Y además tiene el toque para se te queden los estribillos. Todavía recuerdo una noche de insomnio en Madrid, repitiendo una y otra vez en mi cabeza: "Tonterías / para no dormir, / qué agonía / es tener que decidir / entre el agua y la comida".

Dudas y precipicios. Alfredo González

En los años 90 hubo una generación de cantautores con cierto éxito: Pedro Guerra, Ismael Serrano y Javier Álvarez. Eran herederos de Serrat, Sabina y la Nueva Trova (sobre todo los dos primeros). Ahora mismo está habiendo otra generación de cantautores con unas señas de identidad muy distintas que yo diría que vienen de Quique González: los referentes son americanos, el rock. En esta generación están Manolo Tarancón, Pablo Valdés, Fabián, Pablo Moro y Alfredo González. Curiosamente, escuchando el otro día el primer disco de Alfredo, La vida de alquiler, me parecía como un compendio de la generación anterior: un tema casi de política panfletaria, una canción con querencias argentinas, otra sobre la República y algunos cuantos tópicos más.

Pero en Dudas y precipicios cambió los referentes a los americanos del rock. Las minas porteñas dejaron paso a las camareras que se enrollan con los músicos y la República, a las drogas.

Yo deploro esos tópicos (más el de las drogas que el de las camareras). Pero Alfredo ofrece algo más: voz propia, textos bien hilvanados, con un léxico que evita el aburrimiento, cierta visión social mucho más sutil que antes y arreglos no tan convencionales, escapando de la guitarra acústica a través del piano. La parte final del disco, con menos rock, es la que más me gusta. Pero toda la producción me parece muy buena, con detalles arriesgados, como las distintas distorsiones de la voz en "Golfo" y "Piernas de marioneta" que, a pesar de que hubieran podido resultar efectistas, funcionan. Y también tiene el toque para hacer canciones que se te quedan pegadas.

Adiós Tormenta. Fabián

Otro de la Generación Quique González que destaca por sus notas personales, en especial su voz como un suspiro. Tanto Luis Ramiro como Alfredo González tienen mucha variedad en sus composiciones; Fabián, sin embargo, insiste con metódica obstinación en su estilo de acústica usando acordes en do abierto, tirando de cejilla si es necesario. Al final no sé distinguir muy bien sus canciones, pero eso no me impide utilizar el disco como un refugio, un lugar donde la belleza es segura en este mundo que sólo parece asegurar lo feo.

Pequeños placeres domésticos. Pablo Moro

El título lo anuncia: aquí va a haber más historias de "gente que baja la basura los día impares" que de camareras. Eso es lo que más me gusta de este disco, unas letras que hablan de esa épica pequeño-burguesa que me parece más interesante que la épica del rock. La producción es también notable, muy clásica pero muy bien hecha. Como en casos anteriores, no hay nada demasiado original en la música, lo que a veces se puede convertir en un lastre, pero, por otra parte, sé que a mí no me entran cosas novedosas en exceso. Tal vez ese sea uno de mis problemas para apreciar nuevos estilos. En cualquier caso, la clave está en fijarse en las letras, en el esfuerzo por expresar los problemas de los que lo tenemos todo, de los que somos desconocidos, de esta vida de misterio muy bien hecho...

El género bobo. Nacho Vegas

Otro cantautor, pero uno que no bebe de la fuente de Quique González, aunque comparte con el madrileño ciertas influencias de la generación beat. A mí ha tardado años en gustarme. De hecho, muchas cosas suyas me siguen desagradando. Su voz me parece horripilante, aunque me haya acostumbrado, y los tópicos sobre drogas que en otros sólo me aburren, en él me repugnan: hay algo sucio en su cinismo... Por supuesto, los cínicos no son más que animales heridos dignos de compasión.

Poco a poco voy apreciando todos sus discos. Su EP El género bobo no necesitó ni el "poco a poco": me entró a la primera, porque vi en él algo mucho más limpio. Sí, desde el poema inicial de César Vallejo hay también ese humor cínico y puede que hasta una tristeza más seria que nunca, pero también se atisba cierta felicidad.

Por lo demás, todas las canciones me parecen buenas y tienen un sentido de unidad, como si fuese un disco conceptual, pero sin el coñazo que ese concepto presupone.

Tu labio superior. Christina Rosenvinge

Mi lado morboso me hace preguntarme si las características luminosas que le atribuyo al EP de Nacho Vegas tendrán su origen en su relación con Christina Rosenvinge.

Debo confesar que no puedo ser objetivo con la madrileña... En fin, ¡vaya chorrada que acabo de soltar! No puedo ser objetivo con nada. Lo que quiero decir es que con ella tengo un sesgo particular: formó parte de mi educación sentimental presentando aquel programa de televisión con Diego Antonio Manrique, FM2. Luego, me parece que consiguió la mejor aproximación a Dylan en español de todos los que lo hemos intentado con su Que me parta un rayo, aunque la producción se ha quedado algo vieja. Pero después descubrí que no sabía cantar y, cuando finalmente cayó en las manos ruidistas de Sonic Youth en su etapa americana, no tuve el más mínimo interés en escucharla.

Tras toda esta trayectoria, su trabajo de 2009 me ha enganchado por muchos frentes: las melodías, a veces casi infantiles, a veces desagradablemente chirriantes, se funden con unos textos que hablan de relaciones del siglo XXI de manera certera. Tal vez si lo hiciera otra, no me acabaría de gustar, pero cuando pienso en su boca y en sus ojos mientras suena su voz, me parece una obra maestra. Ante bellezas así, uno se pregunta: "¿Cómo es posible que sufran?".

La hora de los gigantes. Coque Malla

Coque no tiene una gran voz, pero es un gran cantante, creo que de los pocos en España que consigue capturar las raíces negras del rock y hacerlo de una forma natural. Cuando tira hacia la caña, me aburre un poco, pero la última parte del disco, incluyendo los más de ocho minutos de la última canción, es enorme: tienen la morosidad de la luz en una tarde de verano, la vida cuando bajas a la calle y cuando estás solo en casa. Tiene magia.

Daiquiri Blues. Quique González

Me he pensado si poner este disco aquí. No es que no me parezca bueno, pero los discos de Quique son algo tan conocido que, incluso a pesar de su valiosa intención de no repetirse, resulta muy difícil que sorprendan. Y el caso es que, aunque he hablado más arriba de varios discos con una producción muy buena, este va más allá de la perfección formal: consigue una atmósfera única, que no hay en ningún otro disco. Tiene también versos geniales y soluciones armónicas inesperadas, pero tal vez falten más letras de esas que se te quedan entera de arriba a abajo, con su melodía. O tal vez, más probablemente, la falta esté en mí: ya no escucho música como hace años, cuando descubrí los primeros discos de Quique. Ya nada se me puede clavar así: soy otro.

Otras historias

Pensar sobre los discos que he escuchado este año ha sido un ejercicio curioso. Me he dado cuenta de que no hay nada extranjero. Lo único que he escuchado en ese apartado ha sido a Dylan, en concreto el Modern Times y el The Times They're a-Changin', y un poco de A.A. Bonty, al que le tengo que dar más tiempo, y Kings of Convenience. No hay nada más: ni siquiera música argentina o brasileña, es como si me hubiese quedado estancado en los cantautores españoles. He intentado otras cosas, como por ejemplo el de Love of Lesbian y el de La Bien Querida. El primero no me pareció del todo mal, pero no me enganchó. El segundo, me horrorizó; y resulta extraño, porque por lo que había leído pensaba que me iba a gustar, y luego la voz se convirtió en una barrera insalvable. Quién sabe, igual dentro de diez años me acaba gustando, como me pasó con Nacho Vegas.

También es curioso constatar cómo, a pesar de que no escucho la radio ni veo la tele y la única revista que ojeo de vez en cuando es el Mondosonoro, mi selección es muy similar a algunas que he visto en otros blogs. Se suponía que con esto de Internet se iban a fragmentar las audiencias, pero está claro que siguen formándose clusters. En los discos que he citado se puede ver que sigo lo que hay alrededor de Quique González, el mundo Vegas-Rosenvinge y luego Luis Ramiro, que está un poco al margen, a medio camino de muchas cosas, un poco solo.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
5:32 a. m. | Comentarios (13)

La Asociación

~ jueves, diciembre 10, 2009 ~

Vuelvo andando del trabajo y casi todas las noches voy escuchando a Alfredo González o Pablo Moro. Pienso que es curioso que sean de al lado de Gijón pero nunca los haya visto en mi ciudad. Sigo pensando (es lo malo de caminar, que me da por pensar y luego pasa lo que pasa) y se me ocurre que en Gijón hay muchos sitios que programan bandas de rock todos los fines de semana, pero no hay una programación habitual de tíos solos con una guitarra o un piano. Pienso que se podría coger una noche, por ejemplo un jueves, a una hora temprana (ante todo el egoísmo y yo paso de trasnochar), en el Dom Pedro y hacer un concierto con un tipo de estos.

Y a pesar de que voy caminando, pensando y hablando solo, no me doy la razón a mí mismo, sino que pienso que es lógico no exista algo así porque probablemente no habría público. Y entonces ya empiezo a desvariar y se me ocurre crear una asociación que asegure que un número de personas mínimo en los conciertos, para que le salga rentable a la sala y a los músicos, y decido que se debería llamar "Asociación en defensa de los cantautores y otras fieras"...

Afortunadamente, llego a casa antes de pensar más tonterías.

PS: Esto lo escribí ayer por la noche. Ahora me entero que esta noche (hoy jueves, que con tanta diferencia horaria ya no sé bien dónde vivo) toca Alfredo González con Manolo Tarancón en el Savoy a las 21:30. Si estuviera en Gijón, iría sin dudarlo.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
8:16 a. m. | Comentarios (6)

No voy a ser breve

~ miércoles, octubre 03, 2007 ~

Y tampoco voy a hacer una crítica de "Avería y Redención #7".

Este texto es una continuación del de ayer. Sirva de contestación a los que habéis comentado.

Estoy pensando mucho sobre el último disco de Quique, aunque todavía no lo he escuchado entero. Técnicamente sí lo he escuchado: ha pasado por mis orejas, pero, excepto las seis canciones que escuché ayer por la noche, ha sido mientras iba en autobús o andaba por la calle, no con el silencio y la concentración necesarios para apreciar de verdad la música. Y así todo tengo mucho que decir.

En las críticas en el foro oficial de Quique he visto reflejados en lula y nando algunas de las cosas que me pasan a mí. Por ejemplo, me parece el disco más innovador de Quique. Una de las grandes virtudes del madrileño es variar bastante el sonido en los discos, en especial en "Kamikazes Enamorados", pero en esta ocasión va más allá del asunto de la producción o los arreglos: ha cambiado la forma de cantar. Tan pronto intenta registros más agudos de lo habitual como más graves. También ha evolucionado en los temas con piano con respecto a los de "Kamikazes", todos muy similares.

Creo que en las letras ha tenido algunos grandes aciertos. Ya cuando las leí en la web sentí que eran muy crudas. Frases como el comienzo de "Trabajan en escenas de acción" ("Sólo llamas para saber cómo estoy / y tal vez estaría mejor / si no lo preguntaras tantas veces) o "La casa está vacía" ("¿Qué hacer con toda la ira que tenemos guardada? [...] ¿Qué voy a hacer con todos los cadáveres fríos, los amigos a los que fallé?") o "Trucos fáciles para días duros" ("Ahora todos estarán pensando mal") o "Número 7" ("Esta vez entrégate, pero hazlo de verdad") o "Avería y redención" ("Ya sé que lo intentaste todo y yo no")... Frases muy potentes y cargadas de una tristeza distinta a la que había en sus primeros discos.

Me parecen muy, muy buenas, pero no siento la conexión que podía sentir en tiempos pretéritos, tal vez porque ahora estoy en otra fase, tal vez porque habla de una rabia que yo no quiero sentir, pero también me he planteado que tiene algo que ver con que si en el primer disco de Quique podía identificarme con un tipo que se despertaba con las noticias de la radio, me cuesta más hacerlo con uno que en las primeras horas del día se cae con todo el equipo con una mujer que estaba de bajada de pastilla (estoy citando la letra de la versión single de "Pequeñas monedas y grandes mentiras"). E igual no tiene nada que ver con esto, porque ya he dicho que no estoy haciendo una crítica del disco, sino que quiero volcar aquí pensamientos que surgen a partir de no haberlo escuchado, mis reflexiones sin buscar la verdad; y esto que quiero decir y no acabo de hacerlo es que a veces pienso que no es bueno que los músicos sean sólo músicos, músicos profesionales, porque sólo acaban hablando de las cosas que les pasan a los músicos, que tienen mucho en común con las del resto de los mortales, pero hay algo fundamental que no. Eso mismo me pasa muchas veces con los escritores, que al final parece que sólo saben hablar de escritores, como en tantas novelas de Stephen King. Porque si se quiere ser sincero, sólo se puede hablar de uno mismo.

Ya he dejado de pensar. Ahora los dedos van disparados y que salga lo que salga. Este soy yo. O uno de mis yo.

Vuelvo al asunto del esfuerzo obvio y manifiesto de intentar hacer algo distinto. Me parece loable. No lo digo como frase hecha: de verdad que es una cosa que admiro y que creo necesario en cualquier artista serio. Pero siempre he estado en contra de la "estética de la originalidad". (Nota al margen: Mientras escribo esto, escucho por primera vez "Dos ladridos" y nando pone un comentario hablando de esa canción.) La originalidad me parece un valor muy importante en el arte. Pero no el único valor. La mierda original no deja de ser mierda. José Antonio Marina lo explica muy bien en su "Elogio y refutación del ingenio", incluso aludiendo a ese ejemplo exacto: los artistas rompedores que se creen muy originales utilizando su propia mierda en las obras... sin saber que ya lo han hecho muchos antes.

Por supuesto, no estoy diciendo que Quique haya hecho mierda, ni muchísimo menos. Sólo digo que no vale cualquier originalidad. Y hay una que me quema mucho: lo de la batería. Porque además es exactamente lo mismo que critiqué en su momento de Calamaro (por aquí, en el fragmento titulado "Sincero pero ingenuo"): parar de tocar de repente como efecto innovador. Lo siento, pero no: a mí eso me recuerda a los ensayos cuando alguien para porque está perdido. Hacer un ritmo nuevo que no puedas quitarte de la cabeza, un break diferente, sí es crear algo original. Parar sin más es lo más fácil del mundo.

Yo es que con las baterías soy muy maniático. Creo que todo un disco de Sade, "Lovers Rock", está estropeado por el sonido de la batería, y que la moda que se implantó en los años 90 del siglo pasado de cortar en seco los sonidos, a lo Fugees, es una cagada.

Cuando ayer hablaba de los "ruiditos" ya no sé a qué me refería en concreto. Hay una cosa curiosa: en "Kamikazes enamorados" se oye por ejemplo el ruido de la silla y, en una producción para mí original y bellísima, consigue que se sienta el aire que hay alrededor de los músicos. A mí en su momento me sorprendió (si hubiera conocido a Damien Rice o a Ryan Adams, hubiera tenido al menos alguna otra referencia similar) y me parece maravilloso. Sin embargo, estos días escuchando los singles que están grabados a pelo, hay alguno, ahora no recuerdo cuál, en el que tuve que quitarme los cascos porque no me quedaba claro si el ruido fastidioso que estaba oyendo era de la calle o de la grabación. Era lo segundo. Y molestaba. Vale, se olvidaba que es una especie de maqueta.

Y otra cosa que he pensado que tampoco tiene que ver con el disco: el uso de la dinámica el rock. Es bien sabido, y últimamente ha habido varios artículos sobre el tema, que en el rock y el pop ha habido un movimiento hacia la música cada vez con menos dinámica, aumentando la compresión todo lo posible, lo que tiene como resultado un sonido muy plano. Alguna vez he dicho que no me gusta la música clásica precisamente por lo contrario, porque hay muchas diferencias de volumen. Sin embargo, cuando empecé a tocar en un grupo de jazz, empecé a apreciar el volumen como un matiz más con el que se puede crear música. Por supuesto, también puede ser un efecto del que abusar, pasando a ser efectista, como nosotros lo éramos muchas veces: en cuántas canciones, cuando no se nos ocurría que hacer, acabábamos metiendo una bajada de volumen. En estas nuevas canciones de Quique hay varios sitios donde juega a lo mismo. Todavía no sé si con acierto o no.

También critiqué en el escrito contra Calamaro las canciones demasiado cortas. La primera vez que escuché "Pequeñas monedas y grandes mentiras", cuando acabó pegué un respingo: ¿cómo se había acabado ya? Yo necesito los tres minutos para meterme en la canción, para llegar a sentir, que es para lo que escucho música. Hay otras canciones en el disco demasiado cortas. Por supuesto que alargar por alargar es absurdo; lo que hay que hacer es alargar con algo que no sea un alargamiento: completar la canción.

Y después de hacer estas dos críticas, sobre las paradas en las canciones y la duración, tengo que decir que la canción mía en la que más he trabajado en años y de las que más me gustan dura dos minutos y tiene una parada similar a las que hace Quique. Pero de verdad desde mi punto de vista es mejor así que de otra forma. Quique creerá lo mismo de las suyas. Pero yo no.

Otra cosa que no me gusta (¡viva lo positivo!), es el sonido de guitarra. Mi perverso gusto para las producciones del que hablaba ayer es el gusto del clásico "muro de sonido": capas y capas de instrumentos que llenan la canción. Ese es el tipo de producción sobre el que está construido "Personal" y, desde mi punto de vista, es un muro de una solidez, y una belleza, increíble. Carlos Raya se lució juntando líneas de guitarra. Es un maestro en eso. "Salitre 48" es diferente por las condiciones en las que se grabó y tiene un sonido particular y mágico. "Pájaros mojados" es un intento de muro de sonido distinto, basado en el piano, los metales y guitarras menos distorsionadas... que a mí no me gusta. "Kamikazes" crea un muro de aire, sin baterías ni bajos, trenzado con mandolinas y mantos de guitarras slide. En "La noche americana" ya no hay muro: el sonido de la batería, las pocas guitarras y su distorsión cruda, el bajo de líneas más destacadas, todo hace que suene distinto, camino de este "Avería y redención #7" donde Pedreira utiliza su propio sonido y sus propios trucos, muy distintos de los de Carlos. Aunque el sonido me resultó muy parecido a "La noche americana" cuando escuché "Hay partida", ahora aprecio que es muy distinto. El tipo de reverb por ejemplo que mete en "Backliners" hace que la guitarra suene lejana. Esa sola guitarra, excepto cuando mete ruiditos, deja un vacío que no me gusta.

Podría ser "horror vacui" por mi parte, pero es más bien no desear esa distancia. Una distancia cruda, ruda... no me salen los adjetivos, algo que no me gusta. El guitarrista acaricia cicatrices. Pero con una cuchilla oxidada.

No me gustan las cuchillas oxidadas, la suciedad, la estética de la maldad, la de las drogas, el "Bone Machine" de Tom Waits... Es curioso, en diseño de páginas web me gusta that wicked worn look, pero como ya dije en el texto de Calamaro, una cosa es la distorsión de AC/DC y otra cosa son otras distorsiones.

Ya no sé por dónde iba...

Quería hablar del indie. 7 puso un comentario a la entrada anterior que me dejó acojonado: ¿cómo ese desconocido me había entendido perfectamente? Lo único en lo que pensé que no acertaba era en lo de que a mí no me guste porque los mercenarios sean indies: yo toco en un grupo indie. Luego me di cuenta de que él, 7, lo sabía mejor que nadie y que me conoce como poca gente puede conocerme. El caso es que Quique habló de eso en esta entrevista:

Entrevistador: Sí, no se si estarás de acuerdo conmigo pero creo que es tu disco más alternativo, menos clásico, incluso un poco indie.

Quique: No, para mi no es en absoluto indie, eso para mí es algo peyorativo


¡A Quique sí que no le gusta el indie! Yo creo que él rechaza tanto como yo los músicos sin recursos, que a veces eso es lo que parece el indie, aunque imagino que podrá apreciar, como yo, los músicos que a pesar de la falta de recursos tienen algo especial. En cualquier caso, le guste o no, el disco suena más indie que un disco producido por Carlos Raya.

Y vuelvo al asunto de mis perversos gustos en las producciones: yo escuchaba las canciones de Vega, la artista de Operación Triunfo, y me gustaba el sonido, aunque era de sota, caballo y rey, lo más convencional del mundo, pero bien hecho. El problema es que las canciones no iban a ningún lado. Y hay casos contrarios: hace poco estuve escuchando el disco de Pablo Moro, al que descubrí en un concierto de Quique hace muchos años, y quedé sorprendido del gran error (como siempre que hago juicios, estoy hablando desde mi estúpido punto de vista) que habían cometido: en directo sonaba en una línea como Quique o como Revolver, pero la producción tipo "Operación Triunfo" de saldo que le pusieron eliminó lo que hubiese de bueno en sus canciones.

Y es que el artista camina por una cuerda floja, tanto en esto como en lo de la originalidad...

Hoy no me pienso cortar... ¿Qué más quería decir...?

Ah, otra de las cosas que dice 7: lo de que los músicos pueden aportar o estropear las canciones. Yo tengo la sensación de que las canciones de Quique de este disco son netamente superiores a las de "La noche americana", pero que el conjunto de los arreglos, hechos democráticamente, las han rebajado. Muchas canciones serían mejor él solo con guitarra o piano, como dice muy bien nando.

Y más: el Quique de ahora me recuerda al Drexler de "Sea" o "Frontera". Entonces el uruguayo estaba buscando un sonido nuevo y estropeó algunas buenas canciones con arreglos que se perdían en la búsqueda de la originalidad sin encontrar la belleza. Pero tuvo que hacerlo para llegar a las obras maestras que son "Eco" y "12 segundos de oscuridad". Ahí encontró (no, no encontró, creó con su esfuerzo) algo totalmente nuevo y bello, con el equilibrio justo. Creo que ese es el camino que lleva Quique. Y me encanta que lo siga intentando.

Y ahora voy a escuchar un poco el disco, aunque a estas horas no aguantaré mucho...

Hoy va el texto sin revisar y que sea lo que dios quiera...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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