Escritos sobre música





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Kozmics en el Antiguo Instituto

~ domingo, enero 25, 2009 ~

El concierto del otro día de Kozmics en la Rockpública fue apoteósico. Aquí dejo un testimonio del bis:



Es un placer ver al público tan entregado que la banda no desentona cuando se pone a botar al final...

El próximo martes vamos a presentar en el Antiguo Instituto la maqueta que grabamos en el Taller de Músicos. Aquí está el cartel correspondiente:

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Serán sólo veinte minutos y compartiremos escenario con otros grupos de la ciudad, como Doble-T y Electric Alligators.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:28 p. m. | Comentarios (1) | Referencias

A veces

~ miércoles, enero 21, 2009 ~

Después de La fiesta del fin del mundo, Marienbad ha sacado un segundo EP virtual, A veces (Menuda estupidez) como anticipo al nuevo disco de larga duración. Se puede descargar de Megaupolad. Próximamente también en el eMule.



El EP consta de tres canciones. La que le da título es una de las más cañeras que hemos hecho nunca. «Curioso mecanismo» es una rareza basada en un riff de bajo y una letra plagada de ripios. Por último, «Autorretrato dominical» surgió como un juego a partir de una frase que solté en un ensayo: «Demasiado viejo para el heavy»; a partir de tan pobre material Isma construyó una canción que incluye momentos que no sé si le retratan a él, a mí o a ninguno, pero que tienen un punto muy original como retratos: «Demasiado tosco para Marcel Proust» no es una frase nada típica de una canción pop.

Este es un EP lleno de ironía, desde los paralelismos antitéticos de «A veces» a las refinadas descripciones de «Autorretrato dominical», pasando por las referencias a la cultura pop de «Curioso mecanismo». Un estupidez, tal vez, pero que se puede disfrutar con una sonrisa.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:06 p. m. | Comentarios (0) | Referencias

Seems like the spirit is pushing me onwards

~ lunes, enero 19, 2009 ~

Voy perdiendo la costumbre. El diablo, en forma de ordenadores conectados a otros ordenadores —tal vez sin personas detrás, quién sabe—, me tienta y gana demasiado a menudo. Pero es domingo y tengo que invocar al sueño, así que recurro al viejo conjuro: la voz del brujo apartado de la tribu, el alquimista obsesivo que intenta convertir todo en blues, y ha conseguido lograrlo casi siempre.

Así me mezo, encerrado en mis auriculares, y empiezo a respirar un aire que tampoco sé si existe: el que intuyo entre el sonido metálico de las guitarras acústicas, la madera de los saxofones de garganta negra, las cuerdas para ahorcarse del bajo, el aullido de elefante del hammond y el golpe monótono sobre el parche del bombo. Y Van Morrison recita para sí mismo, piensa en alto, ajeno al hecho de que yo le estoy escuchando.

La felicidad y la belleza absolutas tienen el más contradictorio de los efectos en mí: me provocan ganas de morir. «Es duro imaginar que nada pueda ser mejor», decían unos esclarecidos hace tiempo; tal vez sea eso. O el anhelo de trascender justo cuando mejor me siento, un impulso religioso, el producto de un defecto de fabricación del ser humano.

O tal vez no sea un defecto sino una característica positiva: el mismo espíritu inexistente es el que nos empuja a seguir, dando un rodeo para llegar a donde no vamos a dejar de llegar tarde o temprano; es sólo un paseo, pero pasear es una de esas cosas para las que estamos hechos esta especie bípeda, la estirpe de los mortales.

No resbala la lluvia por estos cristales, pero la voz de Van Morrison me dice que está lloviendo. Julio Cortázar también escribía escuchando música. Yo lo he leído en silencio. ¿Tal vez por eso no me llega tan hondo la mayor parte de las veces? ¿Alguien podrá escuchar la música que yo escucho mientras escribo en mi cabeza esto que ya no sé por qué empecé a teclear? Ah, debe de ser ese otro efecto de la felicidad y la belleza: me empujan a compartirlas. Una lástima que no sepa transformar unas sinapsis en bits que se conviertan otra vez en sinapsis para reporducir la misma felicidad y exactamente la misma belleza...

He llamado al sueño y ahora la cama me llama. Amén.

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12:32 a. m. | Comentarios (0) | Referencias

Cantar

~ domingo, enero 18, 2009 ~


[...] quienes no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar.

Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes


Incluso aunque no sepas cantar...

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9:18 p. m. | Comentarios (1) | Referencias

Conciertos de año nuevo de Kozmics

~ martes, enero 13, 2009 ~

En 2008, Kozmics tocamos 20 veces. No está mal. Creo que ha sido con el grupo que más he tocado en un año, aunque igual con el cuarteto de jazz dimos más conciertos. Este 2009 empezamos fuerte, con dos conciertos esta semana en Gijón. El jueves tocamos en el Baruku y el sábado, en la Rockpública. Dejo aquí los correspondientes carteles:

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10:15 p. m. | Comentarios (1) | Referencias

High and Dry

~ domingo, enero 11, 2009 ~

El otro día Nathaiel pidió en el foro de WikiTabBook ayuda para sacar el "High and Dry" según lo hace Drexler. Yo había hecho un vídeo hace un año, a petición de mi hermana, con explicaciones y gran despliegue de medios... Y después de pasarme una tarde haciéndolo, me dio vergüenza publicar el resultado.

Publiqué la tablatura en WikiTabBook, pero como parecía que no quedaba claro, al final hice un nuevo vídeo más simple:



Y después de hacerlo... ¡me encontré con que ya había otro mucho mejor! Este:



¡Qué gran cosa es YouTube!

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
5:02 p. m. | Comentarios (0) | Referencias

«Joy» significa «Dicha» (y II)

~ sábado, enero 03, 2009 ~

En episodios anteriores, habíamos quedado comprando las entradas para el concierto del martes. Eran distintas a las del sábado: en vez de la foto de La Aristocracia del Barrio, un fondo negro. Tampoco estaban anunciados los Chicktones esta vez, pero la hora de apertura de puertas era la misma. Cuando llegamos, la sala estaba como el otro día, con ya unas cuantas filas ocupadas. Decidimos intentar subir al piso superior. Sólo encontramos un hueco en la esquina a la izquierda: un buen lugar para observar el escenario y estudiar el equipo, algo que me llevaba intrigando un tiempo.

La disposición del escenario era cuanto menos muy estudiada:



Pedreira tenía el cabezal (no fui capaz de ver la marca) a su derecha (se supone que para poder cambiar algo, aunque no lo hizo) y la pantalla detrás a su izquierda, pero en lugar de estar apuntando hacia el público, estaba girada, de tal manera que su sonido no llegaría a Quique y probablemente se evitaría que otros micros capturasen su sonido.

Usó sólo dos guitarras. La mayor parte del tiempo estuvo con la Gretsch verde:



La otra fue esa tipo Telecaster pero que debe de ser de lutier y que empleó, por ejemplo, en el solo de «Nos invaden los rusos»:



Karlos usaba una batería Pearl, con una caja extra o un timbal —no sé— a su izquierda. Delante de la batería, estaban dos amplis de guitarra para Quique puestos en cuña: uno es un Vox (imagino que un AC30) y otro, un Fender. Eso explica otro detalle que me llamó la atención y que se ve mejor en esta foto:



¡Quique llevaba un montón de pedales! Se pueden identificar los dos blancos como los clásicos afinadores Boss, lo que unido a los dos amplis hace pensar que tenía dos líneas distintas para las guitarras. Otros pedales pueden ser de cambio del ampli y alguna caja de inyección para las acústicas. Es curioso que tenga un monitor delante, porque lleva pinganillo; a lo mejor no va todo por ahí y es sólo para escuchar mejor las voces. Y se debía de escuchar muy bien, porque cantó de lujo.

Siempre hay alguien que pregunta por las guitarras de Quique. Empezó con una acústica que creo que es un Martin:



(La cejilla en el segundo traste es para tocar «Pájaros Mojados»)

Luego sacó la Gibson ES que no le había visto hasta este concierto:



Más adelante sacó otra acústica distinta, creo que una Gibson:



De esta Rickenbaker estoy enamorado (y me he fijado que ya sale en "Ajuste de cuentas", tocándola Carlos):



Y también sacó para «Cuando éramos reyes» la Fender Telecaster de la portada de «Personal», aunque no le saqué ninguna foto decente y sólo se ve en esta en medio de la presentación de todo el equipo de gente que le acompañaba:



La verdad es que hizo un despliegue importante: cinco guitarras distintas. Y, al final, era lo que menos se oía.

En esta otra foto general se puede apreciar el piano-capri y el gran ambiente que creaban los juegos de luces:



Quique tenía dos micros (uno para las guitarras y otro para los teclados) y Pedreira uno para los coros que usó poco.

Intenté capturar también el equipo de Jacob:



El bajo es un Jazz Bass y el ampli está claro que es un Ampeg, pero no sé identificar los dos elementos que lleva encima.

Me llamó la atención lo cuidado que estaba todo: había hasta una luz para que Quique pudiese ver bien el repertorio:



Y el grueso del repertorio fue similar al del día anterior. Sin embargo, ya desde los primeros momentos se podía percibir una mayor intensidad, como si esa noche las bebidas estuvieran más cargadas. Pero no era eso: fotos anteriores permiten ver las botellas de agua para Quique. Atrás quedaron los tiempos de los gin-tonic. Desde nuestra esquina, recordaba aquel concierto en la Santa Sebe, en la gira de «Peleando a la contra», Quique sólo con Rebeca, mucho antes del piano-capri, cuando estaba aprendiendo a tocar aquel teclado recién comprado, y el equipo de sonido era lo que hubiese esa noche en el bar, y el técnico de sonido cualquiera que pusiese la sala... Recuerdo sus preocupaciones por sonar bien y está claro que en esta gira ha invertido mucho en ello: aparte de los detalles ya comentados, se nota que quiere estar en posesión de sus facultades y, además, tiene un despliegue humano en el equipo de apoyo muy importante. Pero de eso hablaré más adelante, porque los presentó al final.

Estaba contando, cuando me perdí en una de mis típicas digresiones, que era una noche de emoción especial. El propio Quique lo comentó, diciendo algo así como: «Perdonad que no hable mucho, pero estoy muy emocionado».

También el público estaba más volcado todavía que el sábado. Desde arriba se veía muy bien. Quise hacer fotos para capturar algo que me emocionaba mucho: ver a gente por ahí perdida, en medio de cualquier canción, incluso las más antiguas, o en medio de cualquier parte de la sala, incluso atrás, cantando, muchos como para sí, aunque las fotos tuve que hacerlas cuando las luces iluminaban al público, que solía coincidir con los momentos más animados:





Tampoco las fotos reflejan a la gente bailando, no sólo las chicas de las primeras filas, sino también grupos perdidos por cualquier lugar.

Esta vez Quique animó a cantar especialmente en dos sitios: al final de «Hay partida» y el «na-na-ná» de «Pequeño rock'n'roll». No he conseguido ver «Paloma» en ninguno de los tres conciertos de esta gira, pero ese pequeño momento de «Pequeño rock'n'roll» mereció la pena.

Me gusta fijarme en los pequeños cambios que mete en las letras. Algunos que más o menos recuerdo: en «Nos invaden los rusos» ha cambiado el «queriéndonos lamernos las heridas» por «tratando de lamernos...», tal vez para evitar la redundancia en el pronombre encíclico (qué bonito meter estos términos en una crónica musical). En «Rompeolas» cambió el «viento que rompe las olas» por «viento que muerde...». En «Calles de Madrid» cambió Chamberí por Vallecas y en la siguiente frase dijo algo de sobre su hermano Jacob. En «Te lo dije» hace tiempo que dice «Siete disparos al corazón». En alguna canción que no recuerdo metió una referencia a «La Aristocracia del Barrio». En «Cuando éramos reyes» dice algo de unas coordenadas...

Tal vez sean las fotos, pero veo que esta crónica me está saliendo a perdigonadas, que diría la Sofía Montalvo de Carmen Martín Gaite. Así que ahora van unos cuantos disparos sobre los protagonistas de la noche.

Jacob se mantuvo en su esquina casi todo el concierto, mascando chicle, como un boxeador, moviendo el mástil del bajo a derecha e izquierda, derecha, izquierda, uno, dos, uno, dos..., llevando el ritmo pero haciendo algo atípico en los bajistas: melodía. Porque Jacob canta con el bajo, con unos dedos libres que pueden en cualquier momento subir por el mástil sin perder presencia ni compás. Cada día me gusta más. En estas dos noches me llamó la atención el walking bass que hace en la estrofa de «Palomas en la quinta».



A veces se da la vuelta para dialogar a través de miradas con Karlos:



Y esta vez pudo hacer algo que la presencia de Leiva y Juancho le impidió el otro día: cantar en «Hotel Los Ángeles». Intenté capturarlo pero salió desenfocado porque, como todo el tiempo, no dejó de moverse:





La otra parte de la sección rítmica, Karlos Arancegui, estuvo en su línea. Quique lo definió durante las presentaciones como un poeta. No me parece una mala definición: intenta crear un lenguaje nuevo con su forma de tocar la batería, experimentando y, en lugar de utilizar siempre dos baquetas, a veces llevaba en una mano una escobilla o una maza, y en vez de emplear la caja normal como alternativa al bombo, a veces le quitaba el bordón o empleaba la otra caja que tenía a la izquierda. La poesía es algo muy personal y a mí no me llega el lenguaje de Karlos, pero le reconozco el mérito.

Javi Pedreira, en cambio, me gustó mucho, sin ninguna pega. Ayer, buscando a qué conciertos había ido, vi que ya empezó a tocar con Quique en una etapa intermedia entre los Taxidrivers y la Aristocracia, con Tony a la batería y Joserra Senperena a los teclados. En aquella época la banda sonaba muchísimo peor que ahora, y parte de la culpa era del sonido desmesurado de Pedreira. Ahora, en cambio, ya es parte del sonido de Quique: incluso en las canciones viejas está perfectamente integrado, con su estilo, sin intentar imitar a Carlos Raya. Me parece un mérito formidable. Y creo que la conexión con Quique es tremenda, como demuestran estas fotos de la fase final del concierto:





Por no hablar del abrazo que le dio un poco antes durante la presentación:



¿Qué decir del propio Quique? Me viene a la cabeza aquella letra de Sabina:


¿Qué decir del crítico que indignado me acusa
de jugar demasiado a la ruleta rusa?
Si no hubiera arriesgado tal vez me acusaría
de quedarme colgado en «Calle melancolía»
y eso sí que no...


Quique ha arriesgado mucho con estos cambios, todos los que ha hecho a lo largo de estos diez años. En un primer momento muchos parecieron extraños, casi errores, pero el tiempo (y el esfuerzo) le han dado la razón. En este concierto se le notaba cómodo, disfrutando de las cosas como a él le gustan. Fue muy divertido el momento en el que una chica desde el público le gritó algo así como: «No me conoces, pero eres el hombre de mi vida» y, socarrón, le contestó: «No, no soy el hombre de tu vida, lo que pasa es que tú no me conoces a mí». Se le notaba suelto incluso cuando dejaba la guitarra y agarraba el micro como un remedo de Rod Stewart:















Frente al derrotismo generalizado, ese que repite que da igual lo que hagas, que todo es una mierda, Quique se ha colocado en un lugar propio donde el éxito se mide por hacer lo que quiere y que llegue a un número suficiente de personas para seguir haciéndolo. Da esperanza saber que no todos los esfuerzos caen en saco roto.

Y es que los comienzos no fueron fáciles, pero al final consiguió un gran sonido para la Aristocracia del Barrio. Es curioso que justo ahora quiera empezar otra nueva etapa. ¿Cómo será? Para mí el momento más emocionante de la noche fue a la vuelta de un bis: Quique tocó «Avión en tierra» (creo) en solitario y el resto de la banda volvió al escenario, pero les pidió que le dejasen tocar otra canción sin acompañamiento, diciendo: «Tengo que acostumbrarme a estar solo otra vez para lo que va a venir». Entonces dedicó la canción a alguien que había abierto un albergue para niños conflictivos o algo similar y empezó a tocar «Reloj de plata», consiguiendo el silencio de una sala llena de gente con ganas de bailar y gritar...

Otro momento histórico ocurrió durante los bises: invitó al escenario a Tony Jurado, que se sentó a la batería en lugar de Karlos para interpretar «Te lo dije».







Tony hizo una interpretación ejemplar y, como contagiado con el espíritu de Jacob, más jazzie de lo habitual. Me llamó la atención su aspecto: con gafas y ciertas pintas de profesor chiflado a lo Frank Zappa. Viendo a Tony, pensé en que faltaba Carlos Raya porque no se puede hacer un resumen de estos diez años sin él; pero, por otra parte, es cierto que ya tiene un gran homenaje: «Ajuste de cuentas».

Con Tony se despidieron antes de otro de los bises:



Ya no sé cuánto tiempo llevo escribiendo, ordenando esta crónica de fotos desordenadas y sin línea argumental, pero todavía me quedan unas cuantas cosas que quiero decir...

En el mismo concierto ya era consciente de que quería aprovechar este rincón para rendir homenaje a esa Aristocracia del Barrio en la sombra: los pipas y técnicos que han hecho toda esta gira con Quique. Son más que la gente que hay bajo las luces del escenario. A los mandos de todo está Ángel Medina, retratado aquí en la mesa de sonido durante la presentación:



Intenté tomar fotos y acordarme del resto de gente que presentó Quique, pero mi memoria es peor que mi cámara. Estaba el técnico de guitarras de Quique, que creo que se llamaba Marc:



Creo que el técnico de monitores era el que Quique presentó como su tocayo y al que no pude capturar en foto porque no se veía desde donde estaba. Otros cuatro miembros del equipo se pueden ver en esta instantánea:



En la presentación creo que los mencionó a todos y alguno hasta salió a saludar. Y es que las presentaciones eran como los créditos finales de una película: una despedida. Jacob y Karlos chocaron las manos:



Como también hicieron Karlos y Quique:



El último miembro de la banda en ser presentado fue Pedreira:



Quique anunció antes de tocar «Y los conserjes de noche» que la sala les obligaba a acabar ya. Empezaron la canción y hubo otro momento gracioso: desde mucho antes me habían llamado la atención un par de tipos con unos brazos enormes, como pinzas de bogavante (discúlpeseme la comparación, es lo que tienen los menús de estas fechas). Eran de los que estaban bailando más o menos en la zona en la que estábamos nosotros el sábado. Ella me dijo que eran jugadores de baloncesto. Quique los debió de identificar ya pronto porque cambió «Jugadoras de hockey» por «Jugadores de basket». Pero en esos momentos finales habían conseguido avanzar hacia las primeras filas y estaban allí dando botes, y a Quique se le escapaba la risa al verles «totalmente enloquecidos». Algunas fotos:









Así acabó el concierto. Mientras La Aristocracia del Barrio se despedía sonaba el «Back in Black» de AC/DC. Poco a poco la gente se fue marchando. Nosotros bajamos cuando nos obligaron los machacas de la sala. Me encontré, casualidades de la vida, con un amigo de Gijón que participó en el mítico concierto de los Hoarding Bros. como uno de los Emtusa Drivers. También viví un momento David Lynch: una mujer a la que no conocía de nada me dijo: «No me tiraste la púa que te pedí». Yo, sin entender nada, le dije: «¿Quién, yo?», y ella: «Sí, tú». Se perdió luego entre la gente y nunca sabré con quién me habría confundido...

Todo esto pasó a la salida del backstage, cuando estábamos al lado de la hermana de Quique. Nos habíamos acercado a ver si era posible saludar, porque aunque soy muy tímido y llevo muy mal este tipo de encuentros, me apetecía decir un par de palabras de agradecimiento a Quique y el resto de la banda. Pero salieron disparados y no hubo manera.

Nosotros también nos fuimos. Era la media noche y Sol estaba al lado, lleno de gente que había ido al simulacro de fin de año. Como dos botarates enamorados, nos metimos en la multitud, intoxicados de felicidad, de muchas felicidades mezcladas...

***

Me da rabia esta crónica más larga que el propio concierto. La escribo para que, en el futuro, sirva de anzuelo de recuerdos mejor que las magadalenas de Proust, pero entre tantos detalles se pierde la intensa unidad que tuvo la noche, la sensación de estar asistiendo a un concierto sólo para nosotros. Porque nunca dejó de soplar la emoción a toda vela...

***

Hay más fotos en este álbum.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:58 p. m. | Comentarios (12) | Referencias

«Joy» significa «Dicha» (I)

~ jueves, enero 01, 2009 ~

Me levanto en la mañana de Año Nuevo e intento utilizar el método proustiano de empapar una magdalena para recuperar los recuerdos. No funciona. Y seguro que no es por utilizar Nesquik en vez de té: el gesto que repito todas las mañanas en casa no puede servir de anzuelo para recuerdos de días en los que dormí en el Hotel Pirámides y desayuné croissants a la plancha, churros con chocolate o incluso nada porque me levanté demasiado tarde para desayunar.

Llevo muchos años siguiendo las crónicas de los conciertos en Madrid, compartiendo admiración y envidia al leer el recuento de los hechos por parte de Vega o Carlos, y a pesar de que doce conciertos de Quique desde 2001 (llevo tres horas para hacer la cuenta) y una página dedicada a sacar todas sus canciones me otorguen el título superior de quiqui-friki para bien o para mal, nunca hasta ahora había ido a verle a Madrid porque, aunque no lo parezca, tengo vida fuera de Quique González y de Internet. Los astros esta vez se confabularon a mi favor e hicieron que coincidiera el fin de gira con mi visita a la capital por motivos mucho más importantes: quien sepa de luces azuladas que curan las heridas sabe de qué estoy hablando…

Teníamos entrada compradas para el 26 desde antes de que se anunciasen nuevas fechas. Yo llegaba ese día y, ante el lío con la limitación de aforo, decidimos ir el 27. Llegamos a la Joy Eslava sobre las siete y media, 30 minutos antes de la apertura de puertas. Me esperaba colas; a fin de cuentas, parece que es una tradición de Madrid por estas fechas: en Doña Manolita, en una tienda que anuncia rebajas de bolsos en la Gran Vía, en todos los Gino's... Pero no a esas horas en la Joy. Había una puerta distinta para los que teníamos entradas del 26 y otra para los del 27. Realmente, parecía muy bien organizado.

Pasamos y ya había unas cuantas filas ocupadas, así que decidimos sentarnos atrás a la derecha: ya estamos mayores para estar de pies durante horas después de pasar el día de arriba abajo. Este es el aspecto que presentaba la sala desde donde nos encontrábamos:



(Me disculpo por la calidad de muchas fotos: con una compacta sin que llegue el flash y en un sitio con poca luz, poco se puede hacer. Sin embargo, más adelante hay algunas que me gustan mucho.)

Con una puntualidad inusual en el rock, a las 8 y media aparecieron los Chicktones con Mac a la cabeza. El sonido era muy bueno, excepto por el contrabajo, que no tenía presencia. Mac es un monstruo con la guitarra y eso ya lo sabía (lo había visto hace unos años con los Del Tonos), pero me sorprendió con la voz: también me gustó mucho. El único problema es que no me suelen atraer los grupos demasiado restringidos al blues o el rockabilly.

A mitad de su actuación, nos levantamos: la sala se iba llenando y queríamos ponernos en un sitio con buena vista, sobre el escalón detrás de las vallas de la derecha. Desde ahí está hecha esta foto a los Chicktones:



Hicieron un repertorio de una media hora, con canciones de sus dos discos, incluida el «Espérame» que les escribió Quique. Creo que con la que acabaron fue con la que dijeron que pertenecía a Autopista. A ver si sale pronto ese disco.

Si la puntualidad de los Chicktones fue inusitada, la impuntualidad de Quique fue todavía más sorprendente: ¡salieron cinco minutos antes de lo anunciado! Más tarde comprenderíamos muy bien por qué…

Empezaron con «Pájaros Mojados» (el repertorio entero se puede encontrar en este mensaje del foro) y otra vez me volvió a sorprender el buen sonido que al que ha llegado Quique. Pero de eso, también más adelante entraré en más detalles...

Después de unos cuantos temas, Quique se dirigió al público por primera vez y fue para agradecer a los que habíamos cambiado la entrada del día anterior. Dijo algo así como: «Teníamos un problema y gracias a vosotros se ha solucionado». Creo que ese tipo de pequeños gestos le honra y sirven para mostrar que sigue, como siempre, muy pendiente de su público.

Quise capturar algunos momentos con la cámara, con malos resultados. Dejaré un par de fotos. En la primera, se ve a Quique concentrado al piano-capri:



En la segunda, se le ve con una guitarra que no recordaba de conciertos anteriores, una Gibson ES:



Al fondo también se puede ver a dos de sus técnicos. Me gustó ver a uno de ellos cantar desde su puesto las canciones de Quique...

El concierto siguió los derroteros habituales de esta gira, y yo lo iba disfrutando como disfruto últimamente los conciertos de Quique. El resto del público también parecía estar pasándolo muy bien. Recuerdo que en un momento dado me golpeó el hombro el chico de detrás sólo para decirme: «¡Qué bueno está siendo!».

Lo estaba siendo. Quique no hablaba mucho, pero en algún momento comentó que sólo quedaban dos conciertos para acabar la gira. Yo estaba allí, tan feliz, pensando que el martes todavía estaba en Madrid y preguntándome por qué no había comprado entrada para ese concierto. ¿Sólo porque el miércoles tenía que madrugar y porque parece absurdo ver tres conciertos de la misma gira de un artista, dos con pocos días de diferencia, en la misma sala y con el mismo formato? ¿Es eso razón suficiente? ¿Sirve la razón para todo...?

Entre los momentos especiales, la interpretación de «Frío» de Alarma!!! Ya había visto cómo hacían un fragmento al final de «Cuando éramos reyes» en el concierto de Gijón, pero esta vez la hicieron casi entera.

Otro momento para recordar fue cuando presentó a dos hermanos: Leiva de «Pereza» y Juancho de «Sidecars», que armados con sendas guitarras de Quique acompañaron a La Aristocracia del Barrio en «Hotel Los Ángeles» («Hotel Pirámides» para un servidor desde este fin de semana) y «Avería y redención». Intenté hacer fotos, pero salieron totalmente movidas, tal vez porque lo que me apetecía era bailar como un loco:





Volví a comprobar que Leiva tiene un magnetismo especial. A veces se acerca al borde del escenario, se inclina, y parece que es capaz de flotar sobre la gente; cuando se retira, el público sigue unido a su presencia y es como si diese un paso más hacia el escenario. Así, provoca una subida de intensidad automática con su sola presencia.

Y eso que el público en general estaba animado y participaba, pero tal vez un poco menos de lo esperado en algunos momentos especiales. Por ejemplo, cuando presentó «Y los conserjes de noche», Quique dijo que era la canción más votada y que, por lo tanto, nos tocaba cantarla a nosotros... Se cantó, pero yo esperaba más volumen. No me pareció que fuese por falta de ganas; en absoluto, lo achaco más a cierta timidez: no todos los fans de Quique son expansivos como quinceañeras seguidoras de Rebeldes; eso sólo lo somos algunos... También en el primer bis casi no hubo peticiones. Sí, ya se sabe que van a salir, que es todo parte del ritual, pero he estado encima de un escenario y sé que se agradece mucho el ruido reclamando más…

Con mucho rock y momentos íntimos (nunca sentí tan intensamente «Calles de Madrid»), se llegó al final del concierto. Aquí una instantánea de la despedida:



Los músicos se fueron definitivamente y los pipas saltaron a desmontar. Los machacas de la sala, con cara de pocos amigos, nos conminaban a salir de allí. Esa era la razón para la impuntualidad por delante: que había que acabar a la hora estipulada para que volvieran a abrir la sala como discoteca. Entendible (es un negocio), pero una pena.

Antes de coger nuestras cosas del guardarropa, me compré una camiseta que no había visto en el concierto de Gijón: verde, con la serigrafía de esta foto de Quique apoyado en una barra que se ha visto durante la promoción de «Avería y redención», sólo que con la barra sustituida por un diez en perspectiva. Por la parte de atrás pone la lista de discos con su año de edición.

De la que salíamos me presentaron a uno de los mayores fans de Quique. Nos comentó que había ido el día anterior y que había sido bueno, pero con menos emoción. Nos dijo que iba a ir al del martes.

Salimos a la noche cargados de energía, con la misma sensación de placer que producen los mejores momentos de tu vida. Ella, que es doctora en quiqui-frikismo, había pensado lo mismo que yo: ¿por qué no ir al concierto del martes?

A la mañana siguiente ya no brillaban las luces de navidad en los árboles de las plazas madrileñas, pero seguía brillando esa luz dentro de nosotros. Casi sin esperanza, nos acercamos a la Fnac y, como un regalo (a 24 euros, eso sí), nos encontramos con entradas todavía disponibles para nosotros.

Seguimos corriendo por Madrid, sintiéndonos reyes sin necesidad de hacer mensajes de Navidad, hasta el día del segundo concierto...

***

Mi intención era hacer la crónica de los dos conciertos de una vez, pero esto ya es muy largo y el día se acaba, así que es una buena ocasión para hacer una pausa. Mañana, la segunda parte.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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