Escritos sobre música




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Sonorama 2023. Día 3

~ sábado, agosto 26, 2023 ~

Empezamos el tercer día del Sonorama Ribera 2023 viendo a Morgan en primera fila. Nunca olvidaré el concierto que les vimos dar en ese mismo escenario hace unos años con lluvia y frío. El de esta vez fue mucho más cómodo, y la música fue igual de buena. Empezaron con una canción de larga introducción, creo que "River", que me recordaba al "Brother in Arms" de Dire Straits: Paco López tiene algo de esa forma de arrastrar las notas que tiene Mark Knofler. Luego hicieron canciones más animadas, como "Thank You". En algunas, Nina se atrevió a ponerse en el centro del escenario, sin parapetarse tras el piano. David "Chuches" hizo algunos solos maravillosos. Creo que es la primera vez que les veo con el nuevo bajista y también con un músico extra con percusiones, teclado y guitarra, según la canción. Me gustó especialmente "Sargento de Hierro": me gustaría que hiciesen más letras en castellano.

Morgan en el Sonorama 2023

A continuación vimos a Ginebras desde lejos, porque queríamos coger sitio para el siguiente concierto. El suyo estaba a tope y el público lo pasó muy bien con su desparpajo, aunque yo me quedo con un momento en el que la cantante se sentó al piano y se la vio llorar de la emoción.

Ginebras en el Sonorama 2023

El siguiente concierto era el de Jorge Drexler. Era uno de los platos fuertes del festival, porque no es habitual ver al uruguayo tocando en este tipo de recintos. Adaptó su espectáculo a la situación y fue algo impresionante: recuerdo estar viéndolo y pensando qué distinta era la forma de disfrutar de la música que estaba sintiendo con respecto a El Drogas el día anterior. Con Drexler, disfruto de las reflexiones que hay en sus canciones, de su intentar ir por caminos no antes transitados por otros, pero sin dejar de lado la tradición. Empezó con "El plan maestro", la canción en la que metió "Mesoproterozoico" como un reto. Pero la que más me emocionó fue "Bolivia", ese homenaje a la gente que acoge refugiados. También me gustó, pero por razones distintas, "Algoritmo": una canción tan cerebral, hablando de temas que son poco tratados en el rock, e interpretada de manera muy divertida, con Drexler y el guitarrista poniéndose de rodillas ante el Algoritmo...

Otra de las cosas que me emociona de ver a Drexler es que se rodea de músicos excepcionales, empezando por Borja Barrueta, el único batería que hizo llorar. Cada uno tuvo su momento de lucimiento y fueron cambiando de posición y hasta de instrumento. En resumen, que la emoción en Drexler surge también de asistir a una demostración de lo que los humanos pueden alcanzar.

Jorge Drexler en el Sonorama 2023

Los siguientes fueron Viva Suecia. Los vimos muy ladeados porque estaba lleno. Hicieron un concierto de éxitos. Para uno de ellos, contaron con la colaboración de Ginebras.

Viva Suecia en el Sonorama 2023

Luego Javier Asenjo presentó uno de los momentos históricos del festival: la despedida de Second. Fue un concierto muy emotivo.

Second en el Sonorama 2023


Después, descansamos un poco y volvimos a meternos en el meollo para ver a otro clásico del festival: Sidonie. Hicieron un concierto muy divertido, con todo el mundo bailando y coreando sus canciones. Tuvieron además la colaboración de Ladilla Rusa en "No salgo más" y de una charanga de Aranda en "Carreteras infinitas".

Sidonie con Ladilla Rusa en el Sonorama 2023

Con eso, nos fuimos al hotel (por cierto, donde se alojaban los de Second), después de un día de ver muchos artistas increíbles uno detrás de otro: ¡vaya cartel!

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
10:28 p. m. | Comentarios (0)

El único batería que me hizo llorar

~ domingo, mayo 23, 2010 ~

No es el título de un dramón romántico-roquero. Es una verdad: hubo un momento de emoción viendo a Borja Barrueta que se me humedecieron los ojos. Debo de estar convirtiéndome en un viejo sensiblero.

De verdad que las emociones del concierto del otro día fueron brutales. Estoy muy cansado y no me quiero enrollar como suelo, sólo quiero dejar aquí constancia de que el concierto de Jorge Drexler en el Teatro Jovellanos de Gijón el sábado pasado fue brutal. Salí cargado de emoción, y no me estoy refiriendo a algo abstracto: lo notaba en el cuerpo, seguro que había por ahí unas hormonas en una concentración no habitual. Increíble. Increíble.

Todos geniales, los vientos, las percusiones (la marimba a seis manos), el bajista-productor, el Theremin, el propio Drexler... Pero para mí lo mejor fue Borja Barrueta. A veces daba golpes al aire que no sonaban y así todo eran música.

Ale, ya he cumplido el objetivo: dejar aquí constancia de lo loco que me vuelven los conciertos de Drexler para poder seguir la cadena de enlaces en el futuro. Previo.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:44 p. m. | Comentarios (0)

La trama circular

~ domingo, marzo 14, 2010 ~

Ayer echaron en La 2 La trama circular, un documental sobre la grabación del nuevo disco de Drexler, que ya se puede escuchar completo en su web. Impresionante. Jorge sigue intentando lo que muy, muy pocos intentan: encontrar un camino nuevo en la música.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:19 a. m. | Comentarios (0)

Una canción me trajo hasta aquí

~ jueves, febrero 04, 2010 ~

Y en la penúltima mañana de mi destierro, El País me trae otra alegría: el vídeo de lo nuevo de Jorge Drexler (eso sí, El País no me deja insertarlo). Líricamente no me gusta demasiado, aunque sea una celebración del acto de componer. Pero me gusta mucho el ritmo vivo que da ganas de ir haciendo el gilipollas por la calle (si no fuese una trampa de hielo y nieve), la forma de tocar la guitarra de Drexler (qué gusto tiene el cabrón) y la banda que lleva, con especial atención a la sección de metales. Parece que vamos a tener el placer de tenerlo en DVD.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
1:27 p. m. | Comentarios (5)

High and Dry

~ domingo, enero 11, 2009 ~

El otro día Nathaiel pidió en el foro de WikiTabBook ayuda para sacar el "High and Dry" según lo hace Drexler. Yo había hecho un vídeo hace un año, a petición de mi hermana, con explicaciones y gran despliegue de medios... Y después de pasarme una tarde haciéndolo, me dio vergüenza publicar el resultado.

Publiqué la tablatura en WikiTabBook, pero como parecía que no quedaba claro, al final hice un nuevo vídeo más simple:



Y después de hacerlo... ¡me encontré con que ya había otro mucho mejor! Este:



¡Qué gran cosa es YouTube!

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
5:02 p. m. | Comentarios (0)

Drexler en Avilés

~ viernes, marzo 07, 2008 ~

No tengo tiempo para elaborar, pero quiero dejar aquí las impresiones antes de que se borren (¿era "toda arena busca su huella" o "toda huella busca su arena"?).

Ayer vi a Jorge Drexler en la Casa de la Cultura de Avilés. Es la tercera vez que lo veo. Sigue siendo un monstruo. Él solo con su guitarra. Quisiera ser él.

Estábamos allí como si nos estuviese cantando canciones en el salón de su casa. Jugó, como Quique González en tiempos, a que el público pidiese canciones, pero con una salvedad: él se reservaba el derecho de escoger también sus caprichos. Creo que fue una forma inteligente de tocar lo que el público quiere oír y las canciones raras que a él le apetece tocar.

Fue un repertorio extraño. Faltaron singles como "Transporte", no hubo ninguna canción de su primer disco en España, pero hubo una, "Equipaje", de uno de sus discos anteriores en Uruguay, y una canción nueva, "Gracias", e introdujo "Don de fluir" con una versión de una canción de Caetano Veloso, "Dom de iludir", y ya no recuerdo cuál con "Stay (Just a Little Bit Longer)".

Jugó con maestría con los pedales y desde la mesa de sonido hubo pequeños detalles electrónicos.

A pesar de que me pareció buenísimo, ha sido el concierto que menos me ha gustado de los tres que he visto, tal vez porque le falta el factor sorpresa. En cualquier caso, ¡qué grande!

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
8:17 a. m. | Comentarios (0)

No voy a ser breve

~ miércoles, octubre 03, 2007 ~

Y tampoco voy a hacer una crítica de "Avería y Redención #7".

Este texto es una continuación del de ayer. Sirva de contestación a los que habéis comentado.

Estoy pensando mucho sobre el último disco de Quique, aunque todavía no lo he escuchado entero. Técnicamente sí lo he escuchado: ha pasado por mis orejas, pero, excepto las seis canciones que escuché ayer por la noche, ha sido mientras iba en autobús o andaba por la calle, no con el silencio y la concentración necesarios para apreciar de verdad la música. Y así todo tengo mucho que decir.

En las críticas en el foro oficial de Quique he visto reflejados en lula y nando algunas de las cosas que me pasan a mí. Por ejemplo, me parece el disco más innovador de Quique. Una de las grandes virtudes del madrileño es variar bastante el sonido en los discos, en especial en "Kamikazes Enamorados", pero en esta ocasión va más allá del asunto de la producción o los arreglos: ha cambiado la forma de cantar. Tan pronto intenta registros más agudos de lo habitual como más graves. También ha evolucionado en los temas con piano con respecto a los de "Kamikazes", todos muy similares.

Creo que en las letras ha tenido algunos grandes aciertos. Ya cuando las leí en la web sentí que eran muy crudas. Frases como el comienzo de "Trabajan en escenas de acción" ("Sólo llamas para saber cómo estoy / y tal vez estaría mejor / si no lo preguntaras tantas veces) o "La casa está vacía" ("¿Qué hacer con toda la ira que tenemos guardada? [...] ¿Qué voy a hacer con todos los cadáveres fríos, los amigos a los que fallé?") o "Trucos fáciles para días duros" ("Ahora todos estarán pensando mal") o "Número 7" ("Esta vez entrégate, pero hazlo de verdad") o "Avería y redención" ("Ya sé que lo intentaste todo y yo no")... Frases muy potentes y cargadas de una tristeza distinta a la que había en sus primeros discos.

Me parecen muy, muy buenas, pero no siento la conexión que podía sentir en tiempos pretéritos, tal vez porque ahora estoy en otra fase, tal vez porque habla de una rabia que yo no quiero sentir, pero también me he planteado que tiene algo que ver con que si en el primer disco de Quique podía identificarme con un tipo que se despertaba con las noticias de la radio, me cuesta más hacerlo con uno que en las primeras horas del día se cae con todo el equipo con una mujer que estaba de bajada de pastilla (estoy citando la letra de la versión single de "Pequeñas monedas y grandes mentiras"). E igual no tiene nada que ver con esto, porque ya he dicho que no estoy haciendo una crítica del disco, sino que quiero volcar aquí pensamientos que surgen a partir de no haberlo escuchado, mis reflexiones sin buscar la verdad; y esto que quiero decir y no acabo de hacerlo es que a veces pienso que no es bueno que los músicos sean sólo músicos, músicos profesionales, porque sólo acaban hablando de las cosas que les pasan a los músicos, que tienen mucho en común con las del resto de los mortales, pero hay algo fundamental que no. Eso mismo me pasa muchas veces con los escritores, que al final parece que sólo saben hablar de escritores, como en tantas novelas de Stephen King. Porque si se quiere ser sincero, sólo se puede hablar de uno mismo.

Ya he dejado de pensar. Ahora los dedos van disparados y que salga lo que salga. Este soy yo. O uno de mis yo.

Vuelvo al asunto del esfuerzo obvio y manifiesto de intentar hacer algo distinto. Me parece loable. No lo digo como frase hecha: de verdad que es una cosa que admiro y que creo necesario en cualquier artista serio. Pero siempre he estado en contra de la "estética de la originalidad". (Nota al margen: Mientras escribo esto, escucho por primera vez "Dos ladridos" y nando pone un comentario hablando de esa canción.) La originalidad me parece un valor muy importante en el arte. Pero no el único valor. La mierda original no deja de ser mierda. José Antonio Marina lo explica muy bien en su "Elogio y refutación del ingenio", incluso aludiendo a ese ejemplo exacto: los artistas rompedores que se creen muy originales utilizando su propia mierda en las obras... sin saber que ya lo han hecho muchos antes.

Por supuesto, no estoy diciendo que Quique haya hecho mierda, ni muchísimo menos. Sólo digo que no vale cualquier originalidad. Y hay una que me quema mucho: lo de la batería. Porque además es exactamente lo mismo que critiqué en su momento de Calamaro (por aquí, en el fragmento titulado "Sincero pero ingenuo"): parar de tocar de repente como efecto innovador. Lo siento, pero no: a mí eso me recuerda a los ensayos cuando alguien para porque está perdido. Hacer un ritmo nuevo que no puedas quitarte de la cabeza, un break diferente, sí es crear algo original. Parar sin más es lo más fácil del mundo.

Yo es que con las baterías soy muy maniático. Creo que todo un disco de Sade, "Lovers Rock", está estropeado por el sonido de la batería, y que la moda que se implantó en los años 90 del siglo pasado de cortar en seco los sonidos, a lo Fugees, es una cagada.

Cuando ayer hablaba de los "ruiditos" ya no sé a qué me refería en concreto. Hay una cosa curiosa: en "Kamikazes enamorados" se oye por ejemplo el ruido de la silla y, en una producción para mí original y bellísima, consigue que se sienta el aire que hay alrededor de los músicos. A mí en su momento me sorprendió (si hubiera conocido a Damien Rice o a Ryan Adams, hubiera tenido al menos alguna otra referencia similar) y me parece maravilloso. Sin embargo, estos días escuchando los singles que están grabados a pelo, hay alguno, ahora no recuerdo cuál, en el que tuve que quitarme los cascos porque no me quedaba claro si el ruido fastidioso que estaba oyendo era de la calle o de la grabación. Era lo segundo. Y molestaba. Vale, se olvidaba que es una especie de maqueta.

Y otra cosa que he pensado que tampoco tiene que ver con el disco: el uso de la dinámica el rock. Es bien sabido, y últimamente ha habido varios artículos sobre el tema, que en el rock y el pop ha habido un movimiento hacia la música cada vez con menos dinámica, aumentando la compresión todo lo posible, lo que tiene como resultado un sonido muy plano. Alguna vez he dicho que no me gusta la música clásica precisamente por lo contrario, porque hay muchas diferencias de volumen. Sin embargo, cuando empecé a tocar en un grupo de jazz, empecé a apreciar el volumen como un matiz más con el que se puede crear música. Por supuesto, también puede ser un efecto del que abusar, pasando a ser efectista, como nosotros lo éramos muchas veces: en cuántas canciones, cuando no se nos ocurría que hacer, acabábamos metiendo una bajada de volumen. En estas nuevas canciones de Quique hay varios sitios donde juega a lo mismo. Todavía no sé si con acierto o no.

También critiqué en el escrito contra Calamaro las canciones demasiado cortas. La primera vez que escuché "Pequeñas monedas y grandes mentiras", cuando acabó pegué un respingo: ¿cómo se había acabado ya? Yo necesito los tres minutos para meterme en la canción, para llegar a sentir, que es para lo que escucho música. Hay otras canciones en el disco demasiado cortas. Por supuesto que alargar por alargar es absurdo; lo que hay que hacer es alargar con algo que no sea un alargamiento: completar la canción.

Y después de hacer estas dos críticas, sobre las paradas en las canciones y la duración, tengo que decir que la canción mía en la que más he trabajado en años y de las que más me gustan dura dos minutos y tiene una parada similar a las que hace Quique. Pero de verdad desde mi punto de vista es mejor así que de otra forma. Quique creerá lo mismo de las suyas. Pero yo no.

Otra cosa que no me gusta (¡viva lo positivo!), es el sonido de guitarra. Mi perverso gusto para las producciones del que hablaba ayer es el gusto del clásico "muro de sonido": capas y capas de instrumentos que llenan la canción. Ese es el tipo de producción sobre el que está construido "Personal" y, desde mi punto de vista, es un muro de una solidez, y una belleza, increíble. Carlos Raya se lució juntando líneas de guitarra. Es un maestro en eso. "Salitre 48" es diferente por las condiciones en las que se grabó y tiene un sonido particular y mágico. "Pájaros mojados" es un intento de muro de sonido distinto, basado en el piano, los metales y guitarras menos distorsionadas... que a mí no me gusta. "Kamikazes" crea un muro de aire, sin baterías ni bajos, trenzado con mandolinas y mantos de guitarras slide. En "La noche americana" ya no hay muro: el sonido de la batería, las pocas guitarras y su distorsión cruda, el bajo de líneas más destacadas, todo hace que suene distinto, camino de este "Avería y redención #7" donde Pedreira utiliza su propio sonido y sus propios trucos, muy distintos de los de Carlos. Aunque el sonido me resultó muy parecido a "La noche americana" cuando escuché "Hay partida", ahora aprecio que es muy distinto. El tipo de reverb por ejemplo que mete en "Backliners" hace que la guitarra suene lejana. Esa sola guitarra, excepto cuando mete ruiditos, deja un vacío que no me gusta.

Podría ser "horror vacui" por mi parte, pero es más bien no desear esa distancia. Una distancia cruda, ruda... no me salen los adjetivos, algo que no me gusta. El guitarrista acaricia cicatrices. Pero con una cuchilla oxidada.

No me gustan las cuchillas oxidadas, la suciedad, la estética de la maldad, la de las drogas, el "Bone Machine" de Tom Waits... Es curioso, en diseño de páginas web me gusta that wicked worn look, pero como ya dije en el texto de Calamaro, una cosa es la distorsión de AC/DC y otra cosa son otras distorsiones.

Ya no sé por dónde iba...

Quería hablar del indie. 7 puso un comentario a la entrada anterior que me dejó acojonado: ¿cómo ese desconocido me había entendido perfectamente? Lo único en lo que pensé que no acertaba era en lo de que a mí no me guste porque los mercenarios sean indies: yo toco en un grupo indie. Luego me di cuenta de que él, 7, lo sabía mejor que nadie y que me conoce como poca gente puede conocerme. El caso es que Quique habló de eso en esta entrevista:

Entrevistador: Sí, no se si estarás de acuerdo conmigo pero creo que es tu disco más alternativo, menos clásico, incluso un poco indie.

Quique: No, para mi no es en absoluto indie, eso para mí es algo peyorativo


¡A Quique sí que no le gusta el indie! Yo creo que él rechaza tanto como yo los músicos sin recursos, que a veces eso es lo que parece el indie, aunque imagino que podrá apreciar, como yo, los músicos que a pesar de la falta de recursos tienen algo especial. En cualquier caso, le guste o no, el disco suena más indie que un disco producido por Carlos Raya.

Y vuelvo al asunto de mis perversos gustos en las producciones: yo escuchaba las canciones de Vega, la artista de Operación Triunfo, y me gustaba el sonido, aunque era de sota, caballo y rey, lo más convencional del mundo, pero bien hecho. El problema es que las canciones no iban a ningún lado. Y hay casos contrarios: hace poco estuve escuchando el disco de Pablo Moro, al que descubrí en un concierto de Quique hace muchos años, y quedé sorprendido del gran error (como siempre que hago juicios, estoy hablando desde mi estúpido punto de vista) que habían cometido: en directo sonaba en una línea como Quique o como Revolver, pero la producción tipo "Operación Triunfo" de saldo que le pusieron eliminó lo que hubiese de bueno en sus canciones.

Y es que el artista camina por una cuerda floja, tanto en esto como en lo de la originalidad...

Hoy no me pienso cortar... ¿Qué más quería decir...?

Ah, otra de las cosas que dice 7: lo de que los músicos pueden aportar o estropear las canciones. Yo tengo la sensación de que las canciones de Quique de este disco son netamente superiores a las de "La noche americana", pero que el conjunto de los arreglos, hechos democráticamente, las han rebajado. Muchas canciones serían mejor él solo con guitarra o piano, como dice muy bien nando.

Y más: el Quique de ahora me recuerda al Drexler de "Sea" o "Frontera". Entonces el uruguayo estaba buscando un sonido nuevo y estropeó algunas buenas canciones con arreglos que se perdían en la búsqueda de la originalidad sin encontrar la belleza. Pero tuvo que hacerlo para llegar a las obras maestras que son "Eco" y "12 segundos de oscuridad". Ahí encontró (no, no encontró, creó con su esfuerzo) algo totalmente nuevo y bello, con el equilibrio justo. Creo que ese es el camino que lleva Quique. Y me encanta que lo siga intentando.

Y ahora voy a escuchar un poco el disco, aunque a estas horas no aguantaré mucho...

Hoy va el texto sin revisar y que sea lo que dios quiera...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
9:29 p. m. | Comentarios (14)

Drexler again

~ domingo, junio 17, 2007 ~

No suelo escribir dos días seguidos, pero tengo que poner esto: Drexler tocando sus canciones sólo con una guitarra:











Me lo ha pasado Dani —gracias, gracias— y me han dejado alucinado. Especialmente el primer fragmento: cómo explica tan bien ese "faro sonoro" que sentí sin explicaciones, como conté aquí. Volví a sentir lo mismo que en el concierto: ese asombro que nos abre la boca y nos impide cerrarla, más allá de nuestra voluntad, los sentimientos tirando de los músculos de la cara. Y cómo cuenta eso de la información transmitida mediante la oscuridad... No pude evitar acordarme de los unos y los ceros, del teorema de Shannon, de eso que les intento enseñar el primer día de clase a mis alumnos de primero.

Los de "El álbum de la semana" deberían publicar esa grabación de Drexler a solas con su guitarra. ¡Es acojonante qué distinto suena del disco y qué bien suena así! ¡Qué bueno con toda la electrónica y qué bueno desnudo!

No pude evitar coger la guitarra e intentar sacar esos acordes tan extraños que hace en "12 segundos de oscuridad". Luego me quedé jugando y surgieron unos sonidos que me gustaron. Los grabé con mis pobres medios y salió esto:



Cuidado si lo escucháis: aunque lo traté para quitarle el ruido tremendo que tenía, quedaron unos graves demasiado fuertes. Ponedlo bajito.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
4:17 p. m. | Comentarios (3)

La música en la era de la informática

~ domingo, enero 28, 2007 ~


En mi vida habitual soy circunspecto, aburrido, desapasionado, hasta soso. Madrugo para ir a trabajar, hablo poco, soy muy discreto en la cola de supermercado y pago mis impuestos con cívica religiosidad de ateo que cree en la necesidad del estado. Pero hoy voy a escribir como si estuviese borracho. Aunque lleve muchos años sin beber. Mañana volveré a ser el que soy siempre, pero hoy necesito esta licencia.



Vengo de ver el mejor concierto de mi vida.

Me he pensado mucho cómo empezar. Buscando como siempre la verdad, me he preguntado si es cierta la frase de arriba. He visto muchos conciertos, de AC/DC a Iron Maiden, de Ray Charles a Maceo Parker, de Barón Rojo a Burning, de Irakere a Omara Portuondo, de Quique González a Kevin Johansen... Pero ahora, al menos en este momento la frase es totalmente cierta: vengo de ver el mejor concierto de mi vida.

Todo empezó a la luz de un faro. Como en el disco. Sí, ese disco que a Vega no le convenció, que yo me bajé y fui escuchando de fondo —como no se debe escuchar la música— mientras programaba, hasta que de repente me llegaba un destello de una frase, o se destacaba una canción y tenía que volver a ponerla y escucharla sin teclear. Ese disco que acabé comprando hoy, en el Carrefour —como no se debe comprar la música— de la que compraba paté, detergente y unas pilas. Ese disco en el que Jorge Drexler se ha rebelado contra sí mismo, ese disco que es como el reverso tenebroso del hombre que cantaba que todo es muy simple y ahora afirma que la vida es más compleja de lo que parece, el eco de «Eco», un eco respondón... Y no, no estoy cayendo en la trampa de creer que de los buenos sentimientos no se puede hacer arte, y tampoco comparto —de hecho, me rebelo contra— esa creencia tan extendida de que la tristeza o lo negativo sea más profundo que la alegría, y sigue emocionándome un verso de «Madre Tierra», y las décimas del moro judío, y «La luna de espejos» sigue siendo mi canción favorita suya. Pero «12 segundos de oscuridad» es también una obra maestra, la continuación más inverosímil de «Eco» y, sin embargo, claramente hija de él.

Uno de esos días programando me preguntaba qué pasaba, porque le daba al play en la primera canción y el disco no empezaba. Tuve que subir el volumen para apreciarlo: el disco comienza con un sonido que va creciendo y se va cada 12 segundos. Eso es Arte: hacer visible con sonido la silenciosa luz de un faro. Y justo así comenzó el concierto, pero allí con un haz de luz acompañando al sonido. Hay mucho en esa canción, en ese canto de marinero perdido en la noche cerrada que apenas se abre se vuelve a cerrar. Cuando empezó a tocar toda la banda, supe el significado exacto de la expresión «quitar el aliento»: no podía cerrar la boca pero tampoco podía respirar. Podría decir que era como un niño descubriendo cualquiera de esas maravillas que tópicamente pasman a los niños, pero yo nunca me sentí así de niño, nunca fui tan niño como asistiendo al espectáculo que Drexler y los suyos desplegaban en el Jovellanos.

Todo era perfecto: el sonido, la música y el aspecto visual. A mí «el aspecto visual» de los conciertos me la suda, por decirlo mal pero claro. En cualquier otra ocasión, que estuviera hablando de ello significaría que el concierto cojeaba por donde no puede cojear nunca un concierto: por la música. Este no es el caso, y así todo tengo que destacar los juegos de luces y las imágenes sobre las cuatro pantallas del escenario, lanzadas por Nacho Benedetti, quien se encargaba también de las programaciones de audio.

Yo no quería que fuese así, pero el texto manda sobre mí: debería seguir hablando del éxtasis en el que me encontraba, pero he mencionado las programaciones y tengo que hablar de ellas. A mí me pasa con la música electrónica lo que le pasaba a Jorge «Ilegal» con los pasodobles: que la odio y cuando la escucho me salen granos y lo paso fatal. Y, sin embargo, aquí consiguieron que la amase. Y no es que sea el primer concierto con ruiditos al que asisto: he visto, por ejemplo, a Yann Tiersen o a Gotan Project, pero la banda de Jorge Drexler está a años luz de ellos. Mucho más adelante en el concierto, todavía sin salir de mi asombro pero habiendo recuperado un mínimo de capacidad de raciocinio para intentar entender a lo que estaba asistiendo y no ser sólo puro sentimiento, me llegó la idea como un relámpago de clarividencia: es música ciborg, mitad persona, mitad máquina, tan perfectamente imbricadas ambas partes que forman un solo ser vivo. Dice Drexler en una de sus canciones que la máquina la hace el hombre y es lo que el hombre hace con ella, y aquellos hombres demostraron que se puede transmitir el alma a una máquina, que se puede transmitir el alma a través de una máquina para que llegue a otras almas de complicados simples mortales. Para mí, que amo mi profesión, la Ingeniería Informática (aunque algunos no quieren que sea una profesión, podéis encontrar más información aquí), no porque sea un inadaptado social que encuentra los ceros y los unos más atractivos que las personas, sino porque me asombra lo que se puede hacer con los ordenadores, es un placer ver empleadas las máquinas de esta manera, para llegar más adentro y no para aturdirse, como tanta música de baile que parece sólo compatible con las sustancias psicoactivas, o que parece encorsetada en una rígida estructura repetitiva. En el escenario del Jovellanos, en cambio, Drexler y sus músicos estaban haciendo jazz, el estilo más libre de música, con la informática.

Y eso que tuvieron sus problemas. Primero, a Huma, el guitarrista de los efectos raros, se le estropeó el amplificador. Luego no sé que le pasó a Drexler: un ruido extraño apareció por los altavoces y acabaron apagándolos. Él se sentó al borde del escenario e interpretó «Eco». Fue maravilloso: sólo él y su guitarra, sin micrófonos, en un teatro demasiado grande para que la música llegase a todos los rincones: había que inclinarse, acercarse para recoger las notas, que llegaban como ecos de melodías lejanas... Luego lo intentó también con «Guitarra y voz», pero aquí llegó a ser tan bajo el volumen que la gente empezó a quejarse y volvió a utilizar la amplificación. Más tarde se disculpó, de una manera muy humilde, por haber cometido ese error. A mí me sorprendió: desde mi punto de vista, la gente que se quejó no estaba sabiendo apreciar el momento mágico; Drexler, sin embargo, asumió el error como propio, algo impensable en esta sociedad donde nadie reconoce errores propios ni aún cuando sean flagrantes. No me gustan los héroes, pero es imposible no admirarlo...

Como regalo de disculpa, pidió al público que escogiese una canción. Empezaron a sonar las peticiones, hasta que en un momento de silencio sonó una muy clara: «Algo de los Beatles», y Jorge se marcó, solo y de memoria, un «When I'm Sixty-Four» que demostró que domina el cancionero del pop, igual que domina el brasileño de la bossa y el tropicalismo, e incluso el rock del gran país de habla portuguesa (interpretó más tarde la versión de «Disneylandia» de Arnaldo Antunes), así como el rock de toda la vida cuando dejaba la española y cogía una guitarra de semicaja tipo Epiphone en la que a veces utilizaba efectos psicodélicos. También domina el jazz y emplea técnica de guitarra clásica: tiene toda la música que se ha hecho hasta ahora dentro, y sabe sacarla haciendo algo nuevo, que la lleva más allá, sin que la originalidad esté supeditada a la belleza, ese error tan común.

Volvió toda la banda y siguieron recorriendo un repertorio que constó casi en exclusiva de canciones de los dos últimos discos. Si mi memoria no me falla, lo único que tocaron de entregas anteriores fue «Era», esa canción que durante años me fascinó con su ritmo imposible y al mismo tiempo tan fácil y que está en uno de los discos uruguayos y en el primer disco publicado en España; el candombe «Memoria del cuero», que contó con la participación del técnico de sonido en la percusión, al igual que ocurrió en «Tamborero»; y «El pianista del gueto de Varsovia». Esta canción fue tremenda. Empezó utilizando su pedal de grabación, creando sobre la marcha unos loops con voces que sonaban a grito de sufrimiento, y acompañado sólo por ellas y por el tremendo contrabajo, a veces tocado percutivamente a veces tocado con arco pero siempre de manera magistral, de Miguel Rodrigáñez. Nuevamente llegó la emoción, el Arte, esa cosa tan elusiva.

Es una pena no tener la lista de canciones y poder ir recorriendo el concierto de nuevo paso a paso. Eso también lo pensé nada más acabar: que podría verse entero otra vez, otras veces, fijándose en los miles de detalles perfectamente engranados que ponían en movimiento aquellos músicos. Además de los ya nombrados, estaba el que probablemente más me impresionó: Borja Barrueta a la batería. Era increíble. Manejaba las baquetas, las escobillas, las mazas, incluso los dedos, pero con las baquetas, con las escobillas y con las mazas también conseguía tocar de esa manera que sólo pueden tocar unas manos. Era como si hubiera convertido la batería en una guitarra. O en un cuerpo de mujer: cada vez que entraba en contacto con su superficie, le arrancaba un sonido, muchos que yo nunca había escuchado en una batería. Se me caía tanto la baba que al final la agoté: ya no me podía creer aquello.

Y es que el sonido, aparte de los incidentes indicados al principio, fue perfecto: se oía todo con una nitidez asombrosa, cada detalle de cada instrumento, los matices y los silencios, las programaciones y las cuerdas de tripa, la voz perfecta de Drexler y el sonido grave del bombo reforzado por un bombo exterior.

¡Ah, ya se me va olvidando lo que acabo de vivir! ¡Se me escapa y no quiero que lo haga! ¡Rápido, todavía las canciones que recuerdo! La «Milonga del moro judío», que tocó sin amplificación en el concierto de Oviedo de hace un par de años, como conté aquí, esta vez fue con banda; en el «High and Dry» de Radio Head se quedó solo con las programaciones y volvió la luz del faro, con sus doce segundos de oscuridad, justo cuando yo quería ver los acordes de esa guitarra afinada en re, para comprobar si eran los que había sacado por la tarde, deslumbrado por cómo podía coger una canción ajena y cambiarla y hacerla suya y, al mismo tiempo, no destrozarla y sí dejarla totalmente reconocible; y la «Hermana duda», esa hermana que nos hace medio hermanos a él y a mí; y «Transoceánica» sonando mejor que en el disco; y las gafas que utilizaba para ver la letra sobre el atril y que sacó por primera vez en «La infidelidad en la era de la informática», esa canción donde consigue el más difícil todavía de meter sonidos habituales de los ordenadores dentro de una partitura, mérito por el que creo que también hay que felicitar a Juan Campodónico, el productor y responsable junto con Drexler de ese sonido tan personal que es, para mí, la mejor vanguardia del arte actual, tremendamente complicada desde el punto de vista técnico, que introduce la tecnología en el arte más antiguo que llega desde los mismos negros que fueron llevados a América, un arte, el de Drexler y los suyos, que está al máximo nivel mundial, porque al lado de todo el sonido, están unas letras en las que por fin ha pulido algunos defectos que se notaban en sus primeros discos y ya son perfectas, y consiguen reflejar todas las caras de la realidad, no sólo una como hacía en anteriores entregas.

Hubo dos bises. En el primero acabó con tal vez su canción más conocida y una de las más rítmicas que interpretó, «Todo se transforma». En el segundo tocó «Salvapantallas» (nuevamente, ¡cómo es capaz de hacer poesía con la informática!) y acabaron con «Tamborero», una canción que no me gusta en su versión disco pero que en directo sonó tremenda.

Hace mucho sueño. Llevo dos horas escribiendo. Se me está borrando el recuerdo. Es triste perder la memoria exacta de algo tan hermoso. Es triste saber que hay cosas que tan buenas y que sólo pueden durar un tiempo finito. Ahora volvemos a los 12 segundos de oscuridad. Otro día nos volverá a alumbrar la luz del faro y entonces volverá la magia. Son necesarios esos 12 segundos de oscuridad para apreciar toda su deslumbrante presencia, para que sirva de referencia y nos guíe al buen puerto de la felicidad.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
2:08 a. m. | Comentarios (12)