Escritos sobre música




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Estética de un inepto

~ domingo, noviembre 25, 2007 ~

Me han escrito un mensaje para decirme que me dedique a sacar canciones, que lo hago muy bien, y no a escribir, para lo que soy un inepto. Lo decían por mi crítica al Calamaro de "El salmón" (crítica a la que critiqué yo mismo al publicarla, por cierto). Por supuesto, eso ha tenido como consecuencia que me apetezca todavía más escribir. (Ahora entiendo por qué dicen que hay que educar con refuerzos positivos y no con negativos: tal vez si sólo me hubieran felicitado por sacar canciones ahora mismo estuviera sacando más, en lugar de persistir en esto que me gusta tanto de juntar palabras...)

Curiosamente ayer estuve escribiendo otro texto que incide en alguna de las posiciones estéticas que estaban en aquel escrito sobre Calamaro. Y voy a aprovechar para sacar de la nevera otro texto sobre Tom Waits en la misma línea. Tengo que decir, sin embargo, en esta autocrítica que tanto me gusta hacer, que el texto de ayer está escrito bajo un ataque pasional -esa necesidad urgente de comunicar algo-, como el de Tom Waits, pero pasado por el tamiz de la razón, siendo el resultado de muchos años de pensar sobre lo mismo, mientras que el texto antiguo no pasó el corte de la razón ya casi nada más escribirlo: no creo en lo que pone, o más bien creo que no conozco lo suficiente la obra de Tom Waits para realizar ningún juicio. Sin embargo, disfruté escribiéndolo y me hace gracia leerlo.

Pero antes de publicarlos, voy a perseverar un poco más en esto que se me da tan mal, reflexionando al hilo de lo que sentí al recibir el mensaje y lo que pensé después. Al principio, me dolió. Que alguien te escriba un mensaje para decirte que eres muy malo haciendo algo no creo que sea buena señal. Por lo menos, has herido de alguna manera a alguien. Más tarde entendí la situación: el mensaje "contra" mí surgió del mismo impulso que me movió a mí a escribir el texto "contra" Calamaro, el no estar de acuerdo con algo y necesitar comunicarlo.

Suelo afirmar que lo que más me gusta en el mundo -puede que incluso más que el sexo y el Nesquik- es la verdad, buscar la verdad. Por eso no me gusta escribir lo primero que siento. Por eso me pregunto por el valor de mis escritos. Y por el valor del arte en general. La estética como parte de la filosofía siempre me ha atraído, aunque creo que no he leído nada directamente sobre ello. Por eso ni siquiera estoy seguro de si la estética, como creo, trata de encontrar los criterios para determinar lo que es bello y lo que no.

Me conozco y sé también que tengo una vocación universalista, que podría considerarse también una vocación totalitarista: si me dejo llevar por mis sentimientos, creo que sólo existe una verdad; por supuesto, la que yo veo. Afortunadamente, la mayor parte de las veces le doy una oportunidad a mi razón y filtro los sentimientos. Para mejorarlos. En contra de la posición rousseauniana de que lo mejor es seguir al corazón, que somos buenos por naturaleza y es la sociedad la que nos pervierte, yo creo que la sociedad muchas veces nos hace mejores -nos hace humanos, en el sentido aristotélico de que somos animales políticos, y se sabe que un niño aislado no aprende ni a hablar- y que la razón es una de las mejores facultades de los humanos. Lo siento por los Románticos, lo siento por los Existencialistas, yo me quedé en la Ilustración.

Puff, ya veo que me estoy metiendo en berenjenales que no vienen a cuento. Lo que quería decir es que no tengo claro si cabe la posibilidad de unos criterios estéticos absolutos, aunque sean mínimos (bueno, unos mínimos sí creo que los hay: lo que destruye a otras personas no puede ser bueno). Mientras tanto, intento razonar mis criterios estéticos subjetivos, e intento ser tolerante con los de los demás.

Pero hay dos tipos de tolerancia: una es tolerar que a alguien no le guste lo que a ti te parece maravilloso; otra es tolerar que a alguien le guste lo que a ti te parece basura. La primera la llevo bastante bien. Justifico que haya gente que no encuentre bello lo que yo porque tengo la sensación de que hay tanta belleza en el mundo que es normal que no puedas apreciarla toda. Por eso no me siento mal por que no me guste la música clásica, por ejemplo. Ni me parece mal que a mis amigo no les guste Quique González. Ellos se lo pierden. Ya disfrutarán de otras cosas.

El segundo tipo de tolerancia lo llevo peor. Cuando sientes que algo es una mierda, cuesta trabajo apreciar a quien le gusta eso. O al menos a mí me cuesta. Lo que no quiere decir que muchas veces lo consiga a pesar de todo.

Y por acabar esta digresión absurda y sin embargo necesaria -para mí-, tengo que añadir que tiendo a hacer juicios morales. En el fondo, creo que hay una relación entre la estética y la ética (y de verdad que me gustaría evitar el juego de palabras, porque me parece que está muy gastado, pero no se me ocurre otra forma de decirlo) y, por ejemplo, en mi rechazo del Calamaro de "El salmón" hay, además del rechazo a la estética, el rechazo a la posición ética de aceptación de las drogas, de enfrentamiento a la sociedad, de abandono a la violencia, a las pasiones, a la espontaneidad como autenticidad que creo que subyace en la obra.

Acabo de verdad. Me releo. No sé si se entiende. No sé si me entiendo. No sé si es cierto lo que digo. Sólo sé que lo he intentado. Y que seguiré intentándolo. Porque lo necesito.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
8:22 p. m. | Comentarios (9)

No voy a ser breve

~ miércoles, octubre 03, 2007 ~

Y tampoco voy a hacer una crítica de "Avería y Redención #7".

Este texto es una continuación del de ayer. Sirva de contestación a los que habéis comentado.

Estoy pensando mucho sobre el último disco de Quique, aunque todavía no lo he escuchado entero. Técnicamente sí lo he escuchado: ha pasado por mis orejas, pero, excepto las seis canciones que escuché ayer por la noche, ha sido mientras iba en autobús o andaba por la calle, no con el silencio y la concentración necesarios para apreciar de verdad la música. Y así todo tengo mucho que decir.

En las críticas en el foro oficial de Quique he visto reflejados en lula y nando algunas de las cosas que me pasan a mí. Por ejemplo, me parece el disco más innovador de Quique. Una de las grandes virtudes del madrileño es variar bastante el sonido en los discos, en especial en "Kamikazes Enamorados", pero en esta ocasión va más allá del asunto de la producción o los arreglos: ha cambiado la forma de cantar. Tan pronto intenta registros más agudos de lo habitual como más graves. También ha evolucionado en los temas con piano con respecto a los de "Kamikazes", todos muy similares.

Creo que en las letras ha tenido algunos grandes aciertos. Ya cuando las leí en la web sentí que eran muy crudas. Frases como el comienzo de "Trabajan en escenas de acción" ("Sólo llamas para saber cómo estoy / y tal vez estaría mejor / si no lo preguntaras tantas veces) o "La casa está vacía" ("¿Qué hacer con toda la ira que tenemos guardada? [...] ¿Qué voy a hacer con todos los cadáveres fríos, los amigos a los que fallé?") o "Trucos fáciles para días duros" ("Ahora todos estarán pensando mal") o "Número 7" ("Esta vez entrégate, pero hazlo de verdad") o "Avería y redención" ("Ya sé que lo intentaste todo y yo no")... Frases muy potentes y cargadas de una tristeza distinta a la que había en sus primeros discos.

Me parecen muy, muy buenas, pero no siento la conexión que podía sentir en tiempos pretéritos, tal vez porque ahora estoy en otra fase, tal vez porque habla de una rabia que yo no quiero sentir, pero también me he planteado que tiene algo que ver con que si en el primer disco de Quique podía identificarme con un tipo que se despertaba con las noticias de la radio, me cuesta más hacerlo con uno que en las primeras horas del día se cae con todo el equipo con una mujer que estaba de bajada de pastilla (estoy citando la letra de la versión single de "Pequeñas monedas y grandes mentiras"). E igual no tiene nada que ver con esto, porque ya he dicho que no estoy haciendo una crítica del disco, sino que quiero volcar aquí pensamientos que surgen a partir de no haberlo escuchado, mis reflexiones sin buscar la verdad; y esto que quiero decir y no acabo de hacerlo es que a veces pienso que no es bueno que los músicos sean sólo músicos, músicos profesionales, porque sólo acaban hablando de las cosas que les pasan a los músicos, que tienen mucho en común con las del resto de los mortales, pero hay algo fundamental que no. Eso mismo me pasa muchas veces con los escritores, que al final parece que sólo saben hablar de escritores, como en tantas novelas de Stephen King. Porque si se quiere ser sincero, sólo se puede hablar de uno mismo.

Ya he dejado de pensar. Ahora los dedos van disparados y que salga lo que salga. Este soy yo. O uno de mis yo.

Vuelvo al asunto del esfuerzo obvio y manifiesto de intentar hacer algo distinto. Me parece loable. No lo digo como frase hecha: de verdad que es una cosa que admiro y que creo necesario en cualquier artista serio. Pero siempre he estado en contra de la "estética de la originalidad". (Nota al margen: Mientras escribo esto, escucho por primera vez "Dos ladridos" y nando pone un comentario hablando de esa canción.) La originalidad me parece un valor muy importante en el arte. Pero no el único valor. La mierda original no deja de ser mierda. José Antonio Marina lo explica muy bien en su "Elogio y refutación del ingenio", incluso aludiendo a ese ejemplo exacto: los artistas rompedores que se creen muy originales utilizando su propia mierda en las obras... sin saber que ya lo han hecho muchos antes.

Por supuesto, no estoy diciendo que Quique haya hecho mierda, ni muchísimo menos. Sólo digo que no vale cualquier originalidad. Y hay una que me quema mucho: lo de la batería. Porque además es exactamente lo mismo que critiqué en su momento de Calamaro (por aquí, en el fragmento titulado "Sincero pero ingenuo"): parar de tocar de repente como efecto innovador. Lo siento, pero no: a mí eso me recuerda a los ensayos cuando alguien para porque está perdido. Hacer un ritmo nuevo que no puedas quitarte de la cabeza, un break diferente, sí es crear algo original. Parar sin más es lo más fácil del mundo.

Yo es que con las baterías soy muy maniático. Creo que todo un disco de Sade, "Lovers Rock", está estropeado por el sonido de la batería, y que la moda que se implantó en los años 90 del siglo pasado de cortar en seco los sonidos, a lo Fugees, es una cagada.

Cuando ayer hablaba de los "ruiditos" ya no sé a qué me refería en concreto. Hay una cosa curiosa: en "Kamikazes enamorados" se oye por ejemplo el ruido de la silla y, en una producción para mí original y bellísima, consigue que se sienta el aire que hay alrededor de los músicos. A mí en su momento me sorprendió (si hubiera conocido a Damien Rice o a Ryan Adams, hubiera tenido al menos alguna otra referencia similar) y me parece maravilloso. Sin embargo, estos días escuchando los singles que están grabados a pelo, hay alguno, ahora no recuerdo cuál, en el que tuve que quitarme los cascos porque no me quedaba claro si el ruido fastidioso que estaba oyendo era de la calle o de la grabación. Era lo segundo. Y molestaba. Vale, se olvidaba que es una especie de maqueta.

Y otra cosa que he pensado que tampoco tiene que ver con el disco: el uso de la dinámica el rock. Es bien sabido, y últimamente ha habido varios artículos sobre el tema, que en el rock y el pop ha habido un movimiento hacia la música cada vez con menos dinámica, aumentando la compresión todo lo posible, lo que tiene como resultado un sonido muy plano. Alguna vez he dicho que no me gusta la música clásica precisamente por lo contrario, porque hay muchas diferencias de volumen. Sin embargo, cuando empecé a tocar en un grupo de jazz, empecé a apreciar el volumen como un matiz más con el que se puede crear música. Por supuesto, también puede ser un efecto del que abusar, pasando a ser efectista, como nosotros lo éramos muchas veces: en cuántas canciones, cuando no se nos ocurría que hacer, acabábamos metiendo una bajada de volumen. En estas nuevas canciones de Quique hay varios sitios donde juega a lo mismo. Todavía no sé si con acierto o no.

También critiqué en el escrito contra Calamaro las canciones demasiado cortas. La primera vez que escuché "Pequeñas monedas y grandes mentiras", cuando acabó pegué un respingo: ¿cómo se había acabado ya? Yo necesito los tres minutos para meterme en la canción, para llegar a sentir, que es para lo que escucho música. Hay otras canciones en el disco demasiado cortas. Por supuesto que alargar por alargar es absurdo; lo que hay que hacer es alargar con algo que no sea un alargamiento: completar la canción.

Y después de hacer estas dos críticas, sobre las paradas en las canciones y la duración, tengo que decir que la canción mía en la que más he trabajado en años y de las que más me gustan dura dos minutos y tiene una parada similar a las que hace Quique. Pero de verdad desde mi punto de vista es mejor así que de otra forma. Quique creerá lo mismo de las suyas. Pero yo no.

Otra cosa que no me gusta (¡viva lo positivo!), es el sonido de guitarra. Mi perverso gusto para las producciones del que hablaba ayer es el gusto del clásico "muro de sonido": capas y capas de instrumentos que llenan la canción. Ese es el tipo de producción sobre el que está construido "Personal" y, desde mi punto de vista, es un muro de una solidez, y una belleza, increíble. Carlos Raya se lució juntando líneas de guitarra. Es un maestro en eso. "Salitre 48" es diferente por las condiciones en las que se grabó y tiene un sonido particular y mágico. "Pájaros mojados" es un intento de muro de sonido distinto, basado en el piano, los metales y guitarras menos distorsionadas... que a mí no me gusta. "Kamikazes" crea un muro de aire, sin baterías ni bajos, trenzado con mandolinas y mantos de guitarras slide. En "La noche americana" ya no hay muro: el sonido de la batería, las pocas guitarras y su distorsión cruda, el bajo de líneas más destacadas, todo hace que suene distinto, camino de este "Avería y redención #7" donde Pedreira utiliza su propio sonido y sus propios trucos, muy distintos de los de Carlos. Aunque el sonido me resultó muy parecido a "La noche americana" cuando escuché "Hay partida", ahora aprecio que es muy distinto. El tipo de reverb por ejemplo que mete en "Backliners" hace que la guitarra suene lejana. Esa sola guitarra, excepto cuando mete ruiditos, deja un vacío que no me gusta.

Podría ser "horror vacui" por mi parte, pero es más bien no desear esa distancia. Una distancia cruda, ruda... no me salen los adjetivos, algo que no me gusta. El guitarrista acaricia cicatrices. Pero con una cuchilla oxidada.

No me gustan las cuchillas oxidadas, la suciedad, la estética de la maldad, la de las drogas, el "Bone Machine" de Tom Waits... Es curioso, en diseño de páginas web me gusta that wicked worn look, pero como ya dije en el texto de Calamaro, una cosa es la distorsión de AC/DC y otra cosa son otras distorsiones.

Ya no sé por dónde iba...

Quería hablar del indie. 7 puso un comentario a la entrada anterior que me dejó acojonado: ¿cómo ese desconocido me había entendido perfectamente? Lo único en lo que pensé que no acertaba era en lo de que a mí no me guste porque los mercenarios sean indies: yo toco en un grupo indie. Luego me di cuenta de que él, 7, lo sabía mejor que nadie y que me conoce como poca gente puede conocerme. El caso es que Quique habló de eso en esta entrevista:

Entrevistador: Sí, no se si estarás de acuerdo conmigo pero creo que es tu disco más alternativo, menos clásico, incluso un poco indie.

Quique: No, para mi no es en absoluto indie, eso para mí es algo peyorativo


¡A Quique sí que no le gusta el indie! Yo creo que él rechaza tanto como yo los músicos sin recursos, que a veces eso es lo que parece el indie, aunque imagino que podrá apreciar, como yo, los músicos que a pesar de la falta de recursos tienen algo especial. En cualquier caso, le guste o no, el disco suena más indie que un disco producido por Carlos Raya.

Y vuelvo al asunto de mis perversos gustos en las producciones: yo escuchaba las canciones de Vega, la artista de Operación Triunfo, y me gustaba el sonido, aunque era de sota, caballo y rey, lo más convencional del mundo, pero bien hecho. El problema es que las canciones no iban a ningún lado. Y hay casos contrarios: hace poco estuve escuchando el disco de Pablo Moro, al que descubrí en un concierto de Quique hace muchos años, y quedé sorprendido del gran error (como siempre que hago juicios, estoy hablando desde mi estúpido punto de vista) que habían cometido: en directo sonaba en una línea como Quique o como Revolver, pero la producción tipo "Operación Triunfo" de saldo que le pusieron eliminó lo que hubiese de bueno en sus canciones.

Y es que el artista camina por una cuerda floja, tanto en esto como en lo de la originalidad...

Hoy no me pienso cortar... ¿Qué más quería decir...?

Ah, otra de las cosas que dice 7: lo de que los músicos pueden aportar o estropear las canciones. Yo tengo la sensación de que las canciones de Quique de este disco son netamente superiores a las de "La noche americana", pero que el conjunto de los arreglos, hechos democráticamente, las han rebajado. Muchas canciones serían mejor él solo con guitarra o piano, como dice muy bien nando.

Y más: el Quique de ahora me recuerda al Drexler de "Sea" o "Frontera". Entonces el uruguayo estaba buscando un sonido nuevo y estropeó algunas buenas canciones con arreglos que se perdían en la búsqueda de la originalidad sin encontrar la belleza. Pero tuvo que hacerlo para llegar a las obras maestras que son "Eco" y "12 segundos de oscuridad". Ahí encontró (no, no encontró, creó con su esfuerzo) algo totalmente nuevo y bello, con el equilibrio justo. Creo que ese es el camino que lleva Quique. Y me encanta que lo siga intentando.

Y ahora voy a escuchar un poco el disco, aunque a estas horas no aguantaré mucho...

Hoy va el texto sin revisar y que sea lo que dios quiera...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
9:29 p. m. | Comentarios (14)

Calamaro: te odio y te amo

~ jueves, julio 26, 2007 ~

Hoy he descubierto «5 minutos más (Minibar)», el single de adelanto del nuevo disco de Calamaro: Cuando lo puse no sabía que iba a encontrarme, pero con el primer segundo de la canción ya me cabreé: ¡Mierda de sonido! Odio esas baterías. Me revientan. Me salen granos y me siento fatal, me dan ganas de vomitar, como decían de los pasodobles los Ilegales. Yo soy uno de esos fan esquizofrénicos de Calamaro. Este mismo fin de semana estuve disfrutando de una de esas obras de arte que para mí no desmerecen a la Gioconda, la capilla Sixtina, un poema de Homero o un aria de Verdi: la versión que hizo de «El trovador». Es impresionante desde la introducción de armónica hasta la voz con que se dobla en ese verso maravilloso que dice: «Y si en esta andanza un día me espera la vejez / ya mi niñez le hará la segunda voz». Esa voz que es un prodigio: hace dos fines de semana estuve sacando la melodía de mi canción favorita de Los Rodríguez, «Engánchate conmigo», y quedé alucinado de las notas que empleaba, esos deslices cromáticos por la escala menor que luego también borda en el solo Ariel. Pero luego hace cagadas, sin carcajadas ni arcadas, cuando las canciones son pura fórmula y la producción es mala. En «El salmón» demostró con creces cómo se pueden desaprovechar buenas ideas y este nuevo single me parece un nuevo ejemplo. Así que aprovecho para dejar constancia aquí de mi amor esquizofrénico y pongo dos textos que escribí sobre él. Los releo ahora y me dan ganas de abofetearme: cómo puedo ser tan payaso de pretender hacer un juicio final sobre una obra, cómo puedo hablar en plural cuando hablo sólo de mí, cómo puedo utilizar esas palabras raras por el mero gusto de exhibirme... Si un crítico es un músico frustrado, yo soy un crítico frustrado: la segunda derivada de la frustración. ¿Y ahora que estoy haciendo autocrítica estoy ya en la tercera derivada...? ***

Como sólo un argentino

[4 de noviembre de 2000]
Y esas crisis que la mayoría de la gente considera como escandalosas, como absurdas, yo personalmente tengo la impresión de que sirven para mostrar el verdadero absurdo, el de un mundo ordenado y en calma, con una pieza donde diversos tipos toman café a las dos de la mañana, sin que realmente nada de eso tenga el menor sentido como no sea el hedónico, lo bien que estamos al lado de esta estufita que tira tan meritoriamente. Los milagros nuca me han parecido absurdos; lo absurdo es lo que los precede y los sigue. «Rayuela». Julio Cortázar
Hay muchas Argentinas dentro de la Argentina. Y muchos argentinos. Como en cualquier país, hay muchas personas y cada uno lleva una patria dentro y se cree que pertenece a esa patria supuestamente compartida, que sin embargo es distinta. No existe la patria común, aunque se obstinen en creerlo. Existe el país o el estado compartido, una simple conveniencia burocrática, nada más. Sin embargo, hay ciertas características que se atribuyen a un lugar, algunas veces por parte de los propios habitantes, otras por parte de los extranjeros. A menudo acaban apareciendo patriotas que se las creen firmemente y serían capaces de morir por esas ideas absurdas y fatuas. Así que hay muchos argentinos en la Argentina y hay al mismo tiempo muchas ideas preconcebidas sobre ellos. En el país en el que yo vivo, la más común es que la mayor parte de la población es psicoanalista o aspira a serlo. Y es que da la sensación de que allí hay una asignatura en el colegio en la que se estudia exclusivamente a Freud y Jung. Y el resto deben estar dedicadas a la lengua, tan asombroso es el dominio de las palabras que parecen tener todos los procedentes del país plateado. Juntando estos dos tópicos resulta la imagen arquetípica de los argentinos: personas de una facundia algo hermética. Y es que da igual que sean entrenadores de fútbol, escritores, profesores de baile de salón, mediums o verdaderos psicoanalistas: se lanzan con virtuosismo a que su lengua moldee frases intrincadas a la menor oportunidad. No sé si será ese acento tan particular, pero suelen conseguir una cierta impresión de solvencia. Y parece que en Buenos Aires desde los matones más rastreros hasta los mejores situados son, en el fondo, filósofos, escrutadores del alma humana y de la mente del mundo. "Sabihondos y suicidas", que decía el tango. Dejando de lado profesiones alejadas del entorno de la música, los dos escritores argentinos más conocidos son un claro ejemplo de ese modo especial de decir. Borges se consagró en cuentos cargados de cultura y misteriosos mundos y frases. Cortázar creó cuentos no menos audaces y dio forma a la novela más extravagante que se ha publicado con cierto éxito, "Rayuela", y a otra aún más ajena a la lógica del común de los mortales: "62/Modelo para a(r)mar". La obra sobre la que voy a divagar y que merece esta larga introducción es una extravagancia en la que se mezclan ideas, músicas y textos como sólo un argentino en ejercicio podría mezclarlas. La "Honestidad brutal" de Andrés Calamaro le ha llevado a dejarse llevar, a poner en canciones grabadas con premura las ideas alucinadas que tomaron su cabeza, a seleccionar menos de lo que se debe seleccionar, a encontrar diamantes y no perder el tiempo en pulirlos. *** [Lo siguiente lo debí de escribir en julio de 2006] Esta larga y pedante introducción la escribí en el año 2000. Y ahí me quedé. Tenía la intención de comentar todas las canciones de "Honestidad brutal" y, al final, no hablé de ninguna. Pero el final todavía no está escrito: hoy me apetece volver a divagar sobre ellas. "Honestidad brutal" es uno de mis discos favoritos y, sin embargo, no lo tengo. Me pilló en la época en la que creía que era mejor no guardar nada, ni quiera copia de los CDs que me gustaban. Tuve en préstamo de un amigo el disco durante una temporada y escuché muchas canciones. Tiempo después volví a pedírselo y copié, como relleno del "Raíces al viento" de Juan Perro, algunas canciones del disco 2. Y las escuché mucho. Pero no estoy empezando por el principio. En realidad el disco llegó a mí de una manera mágica. Estaba en Madrid. Había tenido la peregrina idea de ir a visitar museos y conocer la ciudad en pleno agosto. El 11/08/1999, después de visitar el Thyssen Bornemisza, fui a la plaza de Santa Ana, donde había estado el día anterior y había escuchado unos boleros de La Lupe. Tenía calor y quería probar algo nuevo. Me acerqué a una terraza y pedí "Una chufa"... El cachondeo del camarero fue grande. Son malos tiempos para lírica: nadie entiende ya las metonimias. Luego me senté con mi horchata y me puse a escuchar lo que sonaba por los altavoces. No tardé mucho en identificar la voz: a Calamaro no hay quien lo confunda. Eran canciones que no conocía. Y parecía que estaban escritas justo para mí: "Me voy a sentar en un bar / a ver a la gente pasar". O esa otra:
A las heridas hay que dejarlas sangrar, mientras siguen abiertas solamente hay veneno en las venas. A las heridas mejor dejarlas ahí, ahí donde están si están abiertas por algo será que venga alguien a cerrar a las heridas dejarlas vivir a las amigas tenerlas ahí si las puertas siguen abiertas (mucho tiempo) alguien podría venir
¿Y qué decir de "sí te falta una imagen quiero que me recuerdes así con el viento en las velas"? Bajo la sombra y solo, con el viento en las velas en medio de la meseta, fui feliz. El disco completo lo escuché tiempo después. Hubo canciones que no me gustaron y canciones que todavía no me he cansado de escuchar: "Negrita", "Aquellos besos", "Mi propia trampa", "Naranjo en flor" (¿qué le habrán hecho mis manos, qué le habrán hecho...?, y la voz de anciano de uno de los hermanos Expósito, autores de uno de mis boleros favoritos, "Vete de mí"), "Me pierdo", "No tan Buenos Aires"... Esas son de las que copié del segundo disco. Hice otra selección del primero años después: "Cuando te conocí", "Te quiero igual", "Una bomba" (esa sonó otra noche que nunca olvidaré) y, sobre todo, "Jugar con fuego":
Es inmoral sentirse mal por haber querido tanto. Debería estar prohibido haber vivido y no haber amado.
Aquí estoy, años después, todavía disfrutándolas, y completando de mala manera aquel texto que empezó con tantas pretensiones. Sólo quería transmitir lo intransmisible, aquellas sensaciones que vuelven y revuelven todavía hoy, una luminosa mañana de fiesta.

Sincero pero ingenuo

[18 de febrero de 2001] Andrés es un ingenuo. Cree que es más sincero, más fresco, arte de mejor ley, dejar las canciones tal como salen. Pero el artista no es el que sirve la carne cruda: es el que elabora los platos y, de la materia prima que caza mediante su imaginación, hace piezas maestras. Es un ingenuo, Andrés, porque cree también que ir siempre contra corriente es siempre bueno. Pero ir contra corriente no es un valor en sí mismo. Si el río, por casualidad o destino, coincide que va en la dirección correcta, oponerse es simple y llanamente errar. Andrés es sincero, a pesar de su calculada frescura. En estas canciones de "El salmón" está lo que quiere hacer. Se olvida, sin embargo, de que la música no se hace sólo para uno mismo. Se puede hacer así, pero entonces, no debe grabarse ni debe venderse. De acuerdo, la frescura también tiene su valor. Pero no el suficiente. ¿Se escucha Andrés? Probablemente no. Probablemente esté haciendo nuevas canciones y no pierda el tiempo escuchando estas que ha dejado reflejadas en un disco. Pero los que nos hacemos con el disco queremos disfrutar y sentimos algo parecido a la decepción que nos asola cuando la vida no es tan buena como podría ser. Esa es la primera impresión. En algunas canciones hay disfrute en esa primera vez por descubrir algún ripio gracioso. Pero este tipo de canciones, como los chistes, pierde en seguida la gracia cuando se escucha más de una vez. Y las buenas canciones son las que se pueden escuchar durante muchos años, las que se pueden paladear en el recuerdo y tararear en la soledad. Las que nos hubiese gustado escribir. Hay en "El salmón" ideas para canciones muy buenas, ideas que trabajadas darían para canciones eternas, de esas que pasan a formar parte de tu vida. Pero están malgastadas. Por ejemplo, "Horizontes". Es una buena poesía, una melodía adecuada, un sentimiento desnudado, atrapado vivo en la melancólica melodía. Estos versos son enormes:
Soy un anciano sin reencarnaciones para ir buscando horizontes.
¿Pero por qué desperdiciarlos con ese tratamiento de la voz y esa guitarra que molesta? ¿Por qué no hacer que la canción dure lo que suelen durar las canciones? Los tres minutos y pico no son nada más que una exigencia comercial: son lo mínimo que necesitamos para vivir en una canción.
Hay canciones más desaprovechadas. Cerca de la anterior está "Un barco un poco". De nuevo versos magníficos: La canción de los puertos que no veremos nunca, donde no volveremos juntos los dos. [...] Para mí mirar un puerto es sentirme un barco un poco
Pero esa maldita guitarra con gua-gua y el bajo con timbre adulterado... ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Y de dónde sale ese gusto por las canciones a medio hacer? Encima, la supuesta originalidad y el ir en contra de la corriente desembocan muchas veces en un nuevo tópico. Verbigracia: esos finales en los que la batería para unos cuantos compases antes que el resto de los instrumentos, como si se hubiera cansado de tocar, mientras que las guitarras, el bajo, el piano siguen haciendo cosillas... Una vez está mal, pero tantas como lo emplea Calamaro es un crimen que se debería pagar con pena de cárcel. Entre las dos canciones que acabo de comentar hay una extraña para este disco: "Lorena". Es un pedazo de rock del de toda la vida, casi completamente finalizado. Tampoco es deslumbrante, pero es agradable escucharlo y eso se valora entre tanto boceto. En "Lorena" es de los pocos sitios donde las guitarras -y el resto de los instrumentos- suenan decentes. Otra guitarra casi completamente escuchable es el boogie-woogie festivamente llamado "Lámeme el orto" y que comienza con esta definición donde yo me reconozco:
Somos todos iguales, leímos Stephen King, "Cementerio de animales" como subnormales, hasta leímos "Christine", hasta leímos "It".
Sí, yo leí mucho a Stephen King y leí todos esos libros citados. Pero me cansé de sus historias y de sus personajes. Y tal vez Calamaro no ha caído en la cuenta de que tiene un punto muy en común con Stephen King... Y no es el orto, sino su fecundidad. Pero es raro que lo mucho sea todo bueno. Volviendo a "Lámeme el orto", tiene un gran ritmo, pero a mitad de la canción se detiene la batería como si fuese un fallo, como si el batería hubiese creído que era el momento de acabar la canción y luego, como vio que el resto seguían, volvió a tocar. Por supuesto, el final es nuevamente así: cuando le parece, el batería se detiene y los demás siguen un rato. Veredicto: Culpable. Condena: 666 años y un día de cárcel. Hay mucho blues y mucho rock'n'roll en este disco. No está mal. Cuando está bien hecho. Pero muchas veces parecen simplemente pareados puestos sobre estructuras gastadas e interpretadas sin verdadera convicción. Hay también mucha ranchera y mucho reggae. Las canciones de estos estilos de Calamaro adolecen todas del mismo defecto: un parecido muy grande entre ellas. Discúlpenme el atrevimiento, pero haciendo canciones así, también yo hago 103 canciones en un año. Y en menos. Y es que no basta una buena frase para hacer una buena canción. Hay todavía otro tipo de canciones "una frase, un estilo, una canción": las canciones funk. Unas palabras que se repiten, una batería funky, con un bajo funky, habitualmente sin modificar la armonía y con variaciones sobre el mismo dibujo durante toda la duración. Si a Calamaro le gusta, a mí no. Me aburre. Nos es fácil ser James Brown. En el apartado de las versiones, se agradece que no haya escogido las de siempre de los Beatles, aunque tampoco éstas me dan más. La de Bob Marley, con todo su mal gusto en la distorsión de la voz, es aún así buena. Las mejores: los tangos, los de los maestros Discépolo y Manzi, y ese bolerazo de Gardel y Le Pera, reconvertido en balada interpretada con maestría. He leído en una entrevista que Calamaro acusaba a muchos de sus compañeros autores de canciones de ser vagos. Creo que se equivoca. Si yo fuese su profesor y él fuese un alumno que me entrega una redacción, le mandaría que me la trajese al día siguiente bien hecha. Porque hay que perder tiempo eliminando defectos de las creaciones, no sólo creando. Tal vez ha incluido "Los ejes de mi carreta" como declaración de principios:
Porque no engraso los ejes me llaman abandonado. Si a mí me gustan que suenen ¿para qué los quiero engrasados? Es demasiado aburrido seguir y seguir la huella. He andado tantos caminos sin nadie que me entretenga.
¿Pero se ha parado realmente a escuchar los ejes de su carreta? ¿Y se ha parado a pensar qué piensan los que los escuchan y pagan por hacerlo? Este es un disco que no gustará a los diletantes amantes del arte elevado, pero tampoco al pueblo llano. No puedo acabar sin hablar de una canción interesante porque sigue un camino contrario al habitual y, en este caso, sí le doy la razón a Calamaro: también hay que hablar de política en el rock actual. Pero no estoy para nada de acuerdo con su tesis:
Vale la pena pensar que somos diferentes clase de animales y exterminar con seriedad, con frialdad
Dentro de todos hay bueno y malo, aunque todos no somos iguales y no peca en igual grado ni merece lo mismo quien desarrolla lo más oscuro de sí y derrama dolor y crueldad ardiente sobre los demás. Pero el "Diente por diente" nos iguala en lo peor. Es hacer un mundo peor. Esta canción de la que sólo iba a comentar su contenido me va a servir también para finalizar con un ejemplo del error que comete a lo largo de este disco -estos 5 CDs- Calamaro: la guitarra suena demasiado áspera, incluso para un tema tan duro como este. AC/DC en sus primeros discos hicieron canciones durísimas, pero nunca utilizaron un sonido tan desdentado. Andrés se confunde: no es lo mismo la sinceridad y la espontaneidad, y tampoco es lo mismo la dureza y la suciedad.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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