Escritos sobre música





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El repertorio de Wild Side

~ domingo, julio 10, 2016 ~

Hoy, ordenando unas cajas viejas, me he encontrado con un montón de recuerdos y, entre ellos, esta foto en la que, con letra de impresora matricial, está el repertorio de un concierto de Wild Side, mi primer grupo:



Puede que sea incluso el repertorio de mi primer concierto, del que también he encontrado el póster:



Fue en el Txoko-Txiki, un antro inmundo, el 27 de diciembre de 1991. También he encontrado la factura de mi primer bajo, que fue el 29 de junio de ese año, así que no llevaba ni seis meses tocando.

La verdad es que tuve mucha suerte: me compré el bajo como auto-regalo por aprobar selectividad y en primero de carrera coincidí con Emilio, un teclista increíble. Wild Side estaban buscando bajista y así tuve la fortuna de, en lo que ha sido una constante en mi vida, tocar con músicos mucho mejores que yo. En este caso, Eloy a la guitarra y voz (con el que estoy tocando ahora las canciones de la Creedence en Melomanía), otro Emilio a la guitarra y Fernando a la batería.

Emilio el teclista, con paciencia infinita, sacaba con el teclado los bajos de las canciones, me los grababa en una cinta TDK y yo, con ilusión y una tozudez que, por una vez, era un acerbo, me las aprendía nota a nota. El repertorio tenía mezcla de canciones propias y versiones:

  1. Out in the Cold (Judas Priest)
  2. Knocking on Your Back Door (Deep Purple)
  3. Liar (Yngwie Malmsteen)
  4. It's Over Now (Ace Frehley)
  5. Gold'n'Metal Sanctuary (propia)
  6. Perfect Strangers (Deep Purple)
  7. We're Stars (Dio)
  8. You Don't Remember, I'll Never Forget (Yngwie Malmsteen)
  9. Wild Side (propia)
  10. Liberty (Steve Vai)
  11. Dr. Leckter (propia)
  12. Runaway (Bon Jovi)
  13. Love Don't Lie (House of Lords)
  14. Jump (Van Halen)
Una combinación de heavy y AOR. A mí las que más me gustaban eran las de Judas Priest, Deep Purple, Bon Jovi y Van Halen. Por cierto, esa la he tocado también con otras formaciones y es probablemente la canción que más he tocado en directo en mi vida, pero eso es otra historia...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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El joven viejo loco

~ sábado, julio 02, 2016 ~

Crónica del Mad Cool Festival, 19 y 20 de julio, Caja Mágica, Madrid

Introducción innecesaria, como todo lo demás

Por alguna razón que no llego a entender, los festivales se han convertido en una de las formas más rentables de negocio musical. Tal vez sea precisamente por lo que no es la música: por la posibilidad de unir a las propias notas eso que llaman “una experiencia”, algo que compartir con otros, eso tan necesario para esta especie gregaria que somos los humanos.

En este ambiente burbujístico ha aparecido un nuevo contendiente: el Mad Cool Festival, en la capital de este todavía rancio Reino de España. No sé si este florecimiento festivalero se da al mismo nivel en otras partes de Europa; quizás tenga que ver con la única industria en la que somos punteros: el turismo. Y es que lo bueno de tener un festival en una localidad da una razón para visitarla a mucha gente, incluso a la que no suele ir a conciertos: en los festivales también se puede comer y beber, y a quién no le gusta lo uno o lo otro…

Pero a mí me gustan también los conciertos, esos rituales comunales donde mi misantropía cede, tal vez un eco en mis genes de esa costumbre atávica que hace tribu e hizo a mis antepasados sobrevivir en este mundo inhóspito donde los asociales estamos condenados a la extinción si no conseguimos vencer nuestras tendencias. A mí me gustan los conciertos y la posibilidad de ver a Kings of Convenience, 091 y Neil Young era muy atrayente, aunque tengo que confesar que su música no sería suficiente para romper mis resistencias si no se sumase un atractivo mayor: encontrarme con un ser mucho más loco por los conciertos que yo. Así acabé en el Mad Cool Festival.

Por motivos laborales, no pude ir el jueves, aunque me hubiese gustado ver a los Who, a quienes no he escuchado mucho hasta recientemente, que estuve adentrándome en algunas de sus canciones para tocarlas con Melomanía, y también ver a Morgan, la banda de la chica de delicada voz rasposa. Compré, así todo, el bono de tres días, extrañado de que saliese más barato que comprar entrada sólo para dos; luego lo comprendí: el negocio no es tanto la música como la comida y la bebida. Sólo así se explica que por el precio que se puede pagar por ver a un artista del caché de Neil Young puedas ver a otros 15; potencialmente, eso sí, porque es físicamente imposible verlos a todos a no ser que seas capaz de desdoblarte.

Como no fui el jueves, no sufrí los problemas de descoordinación y los fallos informáticos (que siempre son fallos humanos, de mala planificación, mal diseño o mala implementación). Así todo, como Ingeniero en Informática, me llama la atención ese uso combinado de móviles y tecnologías RFID para pagar. Lo hace más incómodo para los asistentes, pero, una vez que funciona, imagino que les hace la vida más fácil a los organizadores.

Viernes

Pero vayamos a la música: empezamos yendo a ver a Carmen Boza en uno de los pabellones cubiertos. No son los sitios con mejor acústica del mundo, pero se oía razonablemente bien. Me sorprendió lo que vi: por lo poco que había visto de Carmen Boza, me imaginaba que iba a ser un concierto con ella tocando una guitarra acústica en modo cantautoril; lo que me encontré fue con un power trio, con una muy solvente sección rítmica y con ella haciendo de maestra de las seis cuerdas, yendo más allá de los rasgeos tópicos, jugando con muteados, riffs y delays. Tengo que escuchar lo que ha grabado porque siempre hay que investigar a quien se sale de lo trillado: tal vez haya belleza nueva por disfrutar.



A continuación fuimos a ver a Kings of Convenience. Ellos saben mucho de belleza y utilizando unos recursos muy limitados: guitarras acústicas y armonías vocales. Pero a veces no hace falta más: su música me ha acompañado muchas noches y me ha ofrecido un placer de dioses. Nos dirigimos al pabellón correspondiente, que estaba muy cerca, nada más acabar el concierto de Boza, pero así y todo nos encontramos con uno de los problemas del festival: aunque se deben de vender más de 30000 entradas cada día, en esos pabellones no creo que entren más de 3000 personas, así que como muchos tengan la misma idea que tú, no vas a poder entrar.




Nos pusimos a hacer cola para acceder a pista hasta que nos dimos cuenta del problema es que el aforo estaba controlado y sólo dejaban entrar a alguien cuando una persona abandonaba el recinto. Decidimos entonces optar por ir a las gradas y menos mal que no tardamos demasiado: nada más atravesar la puerta, la cerraron y empezó también a estar racionado el acceso a las gradas. Tengo que decir que me parece en cierto modo un timo que te vendan una entrada diciéndote que puedes ver ciertas cosas pero luego todo dependa del albur, pero, por otra parte, agradezco que los aforos estén bien controlados y que se cumplan las medidas de seguridad.

Yo no me imaginaba cómo podía funciona Kings of Convenience en un festival: su música es para teatros, para escuchar con recogimiento fervoroso y no con el espíritu expansivo que suele acompañar al público que acude a este tipo de eventos multitudinarios. Y así fue cuando entramos: al principio el público estaba haciendo demasiado ruido para la música de los noruegos. Pero su música posee una belleza tan sobrecogedora que logró el milagro: poco a poco se fue apagando el ruido constante y sus dos voces casi susurradas se impusieron a la masa. No pude escuchar ni “Homesick” ni “Caiman Island”, dos de mis favoritas, pero sí “Love Is not Big thing” y otras cuantas maravillas, incluso algunas que no conocía.

Con el alma reconfortada por la dosis de siempre escasa belleza, nos fuimos a la siguiente parada: Michael Kiwanuka. Pero aquí ya había cola hasta para las gradas, así que decidimos ir a comer, porque todavía quedaba mucha noche por delante y había pocos huecos entre tanta música.


Una cosa que tengo que alabar del festival es que todos los horarios se cumplieron con precisión, excepto Neil Young que, tirando de bula papal, alargó su concierto con un bis que su grandeza histórica merece. Pero eso lo contaré más tarde.

Tras las hamburguesas, amenizadas (es un decir), por la salvaje pasión de Rick & Vera, conseguimos entrar a ver las dos últimas canciones de Kiwanuka, música tranquila, con puntos de soul y rock. Debería también echar una escucha a su disco.

A continuación fuimos a las gradas del pabellón más grande a ver a León Benavente. Tampoco los había escuchado nunca. Dieron un concierto muy intenso y que sí encajaba con la idea que yo tenía de un festival: jóvenes desatados botando al ritmo de los tambores de los chamanes.



Lo siguiente que queríamos ver era Band of Horses, pero aprovechamos que todavía no había acabado Jane’s Addiction en el escenario central para escucharles un rato. Yo recordaba de los noventa ver muchas veces el título de su disco en los letreros de la MTV, cuando la tenía sin sonido esperando que apareciese algún grupo de los que a mí interesaban: alguien más heavy. Así que no tenía ninguna de sus canciones en la cabeza. De lo poco que escuchamos, antes de irnos a coger sitio para los siguientes, me gustó la versión del “Rebel, Rebel” de Bowie. Por lo demás, me llamó la atención el atuendo cordobés del cantante. Creo que comparados con The Who y Neil Young, ni ellos ni Prodigy tenían la misma importancia histórica para encabezar una de las noches del festival, pero es que ya no quedan tantos de esa envergadura.



A Band of Horses sí los he escuchado, sobre todo su disco “Infinite Arms”, del que me gustan mucho sus bonitas armonías. Pero a pesar de haberlo escuchado bastantes veces, no soy capaz de recordar sus canciones. En directo me decepcionaron. Para empezar sufrieron un problema que me encontré en casi todos los conciertos del festival: el bajo, a veces junto con el bombo, tenía unos subgraves que distorsionaban y hacían que, en lugar de servir como cimiento de la armonía, se perdiese todo sentido armónico. Realmente no disfruté el concierto y nos fuimos a la mitad, al poco de escuchar “Laredo”, para no perder sitio en la pista del que para mí era el plato principal de ese día: 091.



Su disco “Tormentas imaginarias” me fascinó cuando salió, y también me gustó mucho el siguiente, con el que se despidieron: “Todo lo que vendrá después”. Creo que el primero mencionado es una obra maestra, con alguna de las canciones más grandes de la historia de la música española: “Otros como yo”, “Huellas”, “Mi sombra y yo”… Cuando Lapido, el autor de esas canciones, se lanzó en solitario sufrí una pequeña decepción: su voz no estaba a la altura y me costó trabajo acostumbrarme. Ciertamente, con los años lo he conseguido y creo que su proyecto en solitario ha alcanzado cimas tan altas como los Cero. Pero me hacía mucha ilusión escuchar al grupo original.


Y mereció la pena. Ahí estaban las canciones y ahí estaban ellos, en plena forma, no un mero ejercicio de nostalgia: la música estaba viva y sonaban engrasados como la gran banda de rock en español que son. Acabamos con la voz rota y destrozados, pero felices. Mientras abandonábamos el pabellón vimos a hordas de jóvenes correr para coger un buen sito para ver a Bastille.



Volver al hotel no fue demasiado complicado, aunque se agradecería que la organización del festival explicase mejor cuáles son las paradas de los autobuses más cercanas y los horarios y las frecuencias con las que pasan.

Sábado

El sábado era el día de Neil Young. Fuimos algo tarde y sólo pudimos escuchar los últimos compases de Gary Clark Jr  y me dio rabia no haber madrugado más porque la banda sonaba a soul (uno de los pocos bajos que estaban en su sitio en la mezcla en todo el festival) y su guitarra echaba fuego.

Mientras un grupo para jóvenes festivaleros que sonaba como un CD (Walk of the Earth veo que se llama en el programa) movía las masas, nosotros nos encontramos con unos amigos muy especiales llegados desde Gijón: Dani y Maite, con los que he compartido tanta música y que realmente son los culpables, gracias a su grupo tributo a Neil Young “Heart of Gold”, de gran parte de mi conocimiento de la música del canadiense. En la vida no hay tantas cosas buenas y encontrarse en esa situación con gente con la que compartes una de tus locuras más importantes reconforta, y más viéndolos allí con su retoño de apenas siete meses.

Conseguimos meternos no demasiado lejos del escenario, aunque bastante más de lo que nos gustaría, porque ya había mucha gente apostada, en su mayor parte veteranos: durante casi una hora llegaron hasta nosotros los ecos de la conversación de unos talluditos caballeros que estuvieron narrando conciertos anteriores del viejo Neil, de Springsteen o John Fogerty, otros locos de esos que se mueven por el mundo siguiendo el rastro de las guitarras americanas.

Todavía con luz natural -a pesar de los técnicos que, en algo que vi por primera vez en mi vida, estaban encaramados en los andamios manejando los focos-, salieron dos mujeres vestidas de granjeras a echar unas semillas sobre el escenario y, al poco, salió él, Neil Young, con un soporte para armónica con micros incorporados, para sentarse al piano e interpretar en solitario esa que le he visto a hacer muchas veces a Maite: “After the Gold Rush”. Hay cierta gente tocada por un algo superior y Neil es de esos.

Luego se fue a la acústica e hizo “Heart of Gold” y, después, “The Needle and the Damage Done”. Uff. También se sentó en un órgano, no un Hammond o similar, sino uno de esos de iglesia, e hizo una canción sobre la naturaleza, "Mother Earth".

Para marcar el corte con la parte en solitario, salieron unos seres vestidos con traje y máscara fumigando lo sembrado antes, y entonces apareció la banda, que no era Crazy Horse sino Promise of the Real, los hijos de Willie Nelson. Ahí empezó el rock and roll.

Resulta sencillamente increíble que Neil tenga 71 años: toca la guitarra con más fiereza e intensidad que casi todos los jóvenes. A veces, incluso, con demasiada para mi gusto: cuando atacó “Like a Hurricane”, canción que me sé literalmente de memoria porque la toco con Los Elepés, no la reconocí hasta que empezó a cantar. También influyeron, otra vez, los problemas con el sonido del bajo.

Hace un par de semanas actuó Springsteen en Madrid y hubo críticas a sus demasiadas concesiones al espectáculo de masas. Esa crítica –tal vez injusta-- no podrá hacerse de Young: no se dirigió al respetable hasta casi pasadas las dos horas de concierto y sólo para decirle algo así como “How are you doing?” o “Are you doing fine?”, no recuerdo ahora, y se le vio en todo momento concentrado en hacer música con la solvente, aunque no especialmente espectacular, banda que le acompañaba. De hecho, el concierto derivó en muchos momentos en jam, con sus cosas buenas y sus cosas malas: los cambios de intensidad lograban instantes apoteósicos, pero también hubo fragmentos excesivos, por ejemplo en algunos de los más de quince minutos de “Down by the River”.

Pero el abuelo Young –vaya apellido más premonitorio–, que ni siquiera bebió un trago de agua en todo el concierto, estaba disfrutando de hacer música, entregando todo de manera natural porque ha nacido para eso, para ser un chamán que encanta a la tribu a través de las notas.

Acabaron con una versión apabullante (y larga) de “Rockin’ in the Free World” y su rostro, en casi todo momento airado, se curvó en una sonrisa mientras botaba abrazado a sus jóvenes compañeros de banda al son del oé-oé-oé del público.


Parecía que eso era todo y eso anunciaba el programa, cumplidas las dos horas asignadas, pero, como comenté antes, tuvieron el descaro de volver y regalar un bis, uno que no sonó a compromiso sino a ganas de seguir disfrutando de la música.

Agotados (ese es otro problema de los festivales, especialmente para los que no estamos agraciados con los genes de Neil Young, que el cuerpo nos impide disfrutar de los conciertos al 100%) fuimos a cenar, sufriendo largas pero soportables colas y con sitio para sentarse.

El remate del festival para nosotros era Xoel López. Fuimos a la gradas para descansar nuestros huesos vapuleados y pudimos asistir a un despliegue de maestría: Xoel y su banda no tienen nada que envidiar a ninguna estrella internacional. Las canciones se sucedían perfectamente interpretadas una tras otra y los que llenaban la pista bailaban con esa mezcla curiosa de indie patrio y ritmos de origen latino e incluso directamente africano con los que se ha enganchado últimamente el gallego.


Y así, derrengados pero con una sonrisa en la boca, abandonamos la Caja Mágica, que tuvo a bien hacer a su nombre y ofrecernos algunos momentos para recordar toda la vida.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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Contra los domingos

~ domingo, junio 26, 2016 ~

Crónica del concierto de Caballo Loco y Rafael Berrio en La Salvaje de Oviedo el domingo 5 de junio de 2016

Las tardes de domingo son un lugar extraño: para la mayoría, momento de descanso y, sin embargo, no es infrecuente que surja cierto desasosiego, a veces, como muy bien describe la canción de Marienbad, en forma de spleen, ese mal que está también en la base de una de las obras maestras del último disco de Rafael Berrio: Niente mi piace. Probablemente por eso muy poca gente se podría imaginar que un antídoto a esos males del espíritu pueda ser un concierto Berrio.

No voy a decir que sólo así se explica que en la sala hubiese menos público del que esperaba: creo que el problema va más allá, empezando por la promoción escasa, por la poca costumbre de los conciertos en ese día de la semana, por la dificultad que entraña que alguien de cierta edad encuentre eso que llaman “una escena” en un mundo de la música donde parece que sólo se puede despuntar con espinillas y porque hay ciertos bocados que no son aptos para todos los públicos. Con todo, creo que mucha gente más podría haber encontrado en el concierto un refugio tan insólito como puede ser “leer al azar una línea del apocalipsis”. Yo tuve suerte. Me enteré por las redes sociales y no lo dudé ni un segundo, aunque el día anterior también tuviese concierto.

Además, se sumaba otra curiosidad: abría Caballo Loco. La primera vez que lo escuché fue a través de un enlace que publicó Miguel Herrero, que le ha grabado en su estudio. Me sorprendió cuando los escuché: yo, que sigo con cierta atención lo que se cuece en la música asturiana, y más desde que escucho religiosamente todas las semanas el programa de Pablo Moro en la TPA, no conocía de nada a Caballo Loco y lo que se escuchaba en esas grabaciones no eran los balbuceos de un neonato aprendiendo a hacer canciones sino algo más elaborado, con una voz propia ya desarrollada.

Abrió Caballo Loco el concierto acompañado sólo de su guitarra. Alguien que escribe sus canciones y las toca acompañado de una acústica rápidamente puede traer a la cabeza la idea de un cantautor, bien al estilo tradicional español o al que yo llamo “los hijos de Quique González”, pero no es esa línea la que sigue el avilesino. Para empezar, su domino de la guitarra le lleva más allá de las clásicas canciones en sol rasgueadas. Para continuar, ni habla de amor ni de camareras y autopistas americanas. Su línea está más cercana a Robe Iniesta, pero desde un punto de vista distinto. No hay en sus canciones una visión amable de la vida y, por ahí, congenian bien con las de Berrio.

A este último ya le he visto un par de veces en la tesitura de defender su obra en solitario, y no lo hace mal. Pero este concierto tenía el aliciente de contar el acompañamiento de la banda que le ha ayudado a grabar su último disco, “Paradoja”, con el que por una vez coincido con Mondo Sonoro en señalar como de lo mejor de lo publicado el año pasado o, al menos, el que me ha gustado de los que yo he escuchado: Fernando Lutxo Neira al bajo, Joseba B. Lenoir a la guitarra y Felix Buff a la batería.

Las canciones de Berrio tienden a la repetición de ruedas de acordes; rara vez hay en la armonía tres partes, una clásica forma estrofa-puente-estribillo, y menos intros, outros, cambios de tonalidad e interludios basados en la armonía; con esos mimbres repetidos en tantos temas y sin posibilidad de jugar con la armonía o con recursos socorridos como los turnaround en blues o el jazz, hay trabajo extra para los instrumentistas y ciertamente la banda que acompaña a Berrio deslumbra con su maestría: los cambios de intensidad logradas por la sección rítmica y los sonidos nada tópicos que salen de la guitarra de Joseba son dignos de admiración, algo de lo que podrían aprender muchos músicos.

“Paradoja” fue la viga maestra del repertorio escuchado, pero aparecieron canciones de los dos discos anteriores de Berrio, “1971” y “Diarios”, esos que están vestidos por una también muy original mano y que parecen en las antípodas de la banda que grabó el último: frente al sonido eléctrico de raigambre ruidosa del disco de 2015, Joserra Semperena preparó unos arreglos de música clásica para esas letras cultas y casi arcaizantes como “Ya no es tu alma cera blanda / donde el mundo marca impronta / sino lacre endurecido y quebradizo. / Te veo ya cantando en lo profundo el “ubi sunt” / pues ya vas despertando del hechizo”. Otro de los lujos del concierto fue contemplar como al traspasar esas canciones de los timbres pre-eléctricos a la distorsión de las válvulas siguen funcionando igual de bien, una doble demostración: de que las canciones son excelsas y la banda, sublime.

También hubo algún hueco para aventuras anteriores. Está claro que a Berrio no le ha sonreído nunca la suerte que se merece porque los discos de Amor a traición y Deriva son obras sobresalientes que muy pocos han escuchado. Cuando las descubrí me fascinaron, una vez más sorprendido de que existan cosas así y tan pocos les presten atención.

Yo me lamento, por que Berrio no tenga la suerte que se merece y por que tampoco la tengan tantos que se lo pierden, pero me regocijo recordando que una tarde de domingo tuve la inmensa fortuna de encontrar felicidad en el “encanto inefable” de un concierto casi secreto.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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Los ocho de la Laboral

~ sábado, junio 18, 2016 ~


Crónica del concierto de Quique González y los Detectives en la Laboral de Gijón el 4 de junio de 2016

Ver a un artista varias veces en poco tiempo lleva en ocasiones al aburrimiento, en especial cuando es un grupo que lleva una gira organizada con un repertorio casi totalmente cerrado: si es una persona sola lo tiene más fácil para hacer cosas distintas en cada concierto.

Yo, con gran dolor de mi corazón, me perdí la gira de Carta Blanca que hizo en solitario Quique González el año pasado (tuve concierto con Kozmics el mismo día que él tocaba en Asturias y no se me arregló otra fecha), así que me perdí la oportunidad de verle como más me gusta: él solo con una guitarra y haciendo un repertorio variado. En esta gira con los Detectives he tenido la oportunidad de verle dos veces: en Leganés (crónica), cuando era el segundo concierto de la gira, y luego en Gijón. A pesar de tener mucho en común, por lo explicado  al principio, hubo un cambio muy significativo: en Leganés eran 7, pero  en Gijón, con la incorporación de la detective Nina (también con chaleco, cómo no), pasaron a ser 8.

No es una cuestión meramente numérica: la prodigiosa y personal voz de Nina (Carolina de Juan) dio vida nueva a algunas canciones. Se notaba en los coros, pero, sobre todo, cuando adelantaba su micrófono al frente del escenario y compartía con Quique el protagonismo en la voz. Por supuesto, eso pasó en Charo, la canción que canta en el disco, pero alcanzó la cumbre cuando su voz protagonizó en solitario De haberlo sabido: la versión más hermosa que nunca he escuchado de esa canción, esa voz que rasga las entretelas del corazón, acompañada de la acústica de Quique y el violín de Edu.

Esa fue otra diferencia entre este concierto y el de Leganés: en general, desde donde yo estaba (tercera fila a la izquierda, aunque estaba numerada como fila 1 porque luego estaban por delante las filas del foso), se escucharon mucho mejor las mandolinas y violines de Edu Ortega.

El sonido fue en general mejor que en el auditorio de Leganés. El teatro de la Laboral tiene muy buena acústica; pero no deja de ser un teatro y, durante los primeros compases, cuando la banda subía de intensidad (por ejemplo, en Sangre en el marcador), me surgía una sensación de alienación: aquello era rock y yo estaba sentado en una butaca, como si fuera un burgués del siglo XIX viendo una zarzuela o El sí de las niñas. La sensación se mitigó parcialmente más tarde porque en varias canciones el público, que casi llenaba el aforo y claramente estaba disfrutando el concierto, se levantó para bailar en el constreñido espacio del patio de butacas.

Otra de las canciones donde Nina marcó la diferencia fue en No es lo que habíamos hablado: Quique cantó la primera parte y cuando ella entró en la segunda fue como si cambiasen de canción, aportando un matiz de blues, de soul, negro, que viene de serie en su voz.

He escuchado poco a su grupo, Morgan, porque cantan en inglés y tengo un prejuicio contra los españoles que cantan en la lengua de Dylan; sé también que hay un peligro para voces que logran tan bien ese sonido de tradición negra norteamericana al pasarse a la lengua de Camarón, un peligro que consiste en que se pierden algunos giros que la melismas en inglés permiten y en que hay que conseguir que suenen naturales ciertos fraseos al mismo tiempo que las letras aporten algo, pero creo que ahí está el mérito y lo que puede hacer que un artista tenga calado: que arriesgue y que, al menos, intente llegar a un lugar aún no transitado, para compartirlo con el resto de nosotros, los mortales que no poseemos ese don y que nunca podremos llegar ahí solos ni acompañados por alguien de Alabama, porque su lengua es otra.

Volviendo al concierto, el repertorio fue muy similar al de Leganés, con las mismas partes (cara A de Me mata si me necesitas, canciones de detectives, homenaje a Salitre 48, cara B de Me mata si me necesitas, canciones variadas para rematar con Su día libre). Entre los cambios, no sonó Crece la hierba y sí Conserjes de noche.

También hubo otra colaboración que no estaba en Leganés: en dos canciones a mitad del concierto y en la última, se subió Alex “Nashville”, con pinta de haber salido de un western. Además de la guitarra eléctrica, tocó el pedal steel en una canción.

Por cierto, hablando de gente que toca con Quique, repite mucho en las entrevistas últimamente que esta es la mejor banda con la que ha tocado. No me gustan esas declaraciones: creo que es hacer de menos a gente como Jacob Regullón, Tony Jurado, Carlos Raya o David Gwynn. Como escribió el propio Quique en la mítica carta de Peleando a la contra: “la música no es una carrea de caballos”; no se trata de ganadores y de perdedores, de unos mejores que otros, sino de formas distintas de expresión que no hace falta ordenar.

En resumen, por fortuna para mí, un concierto distinto al de Leganés y, para los que no le han visto otras veces, dos horas de muy buena música.

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La brigada del chaleco

~ lunes, mayo 30, 2016 ~

Crónica del concierto de Quique González y los Detectives en Leganés el 2 de abril de 2016

Segundo concierto de la gira de presentación de Me mata si me necesitas, en un auditorio de la Universidad Carlos III en Leganés. Lío en las colas: separados los que habían comprado en Ticketea de los que habían comprado directamente en la web del auditorio, gente que llegando antes entra después, reflejo del lío al comprar: las entradas aparecían agotadas en Ticketea y algunos sólo por casualidad nos enteramos de que todavía era posible comprarlas en la del auditorio. Y todo con entradas sin numerar en un teatro con butacas con número.

Conseguimos sentarnos en segunda fila a la derecha mirando al escenario. Hacemos tiempo contando batallitas de conciertos anteriores y mirando la escenografía: una cabina que me parece londinense pero no es roja, farolas, un letrero marcando la dirección a Asturiana de Zinc y una ventana tras la que se veían las siluetas de una mujer y dos hombres.

Unos cinco minutos después de la hora anunciada suena una música orquestal que imagino extraída de alguna serie de detectives que no identifiqué y salen los Detectives y su jefe, Quique González, con los chalecos dominando el vestuario. Me gustaría ser Eugenia de la Torriente para encuadrar el estilo con más acierto, pero no llego a la altura de esa periodista que hace que un texto sobre moda me parezca interesante.

La guitarra de Pepo interpreta la intro de “Los detectives” y comienza el concierto. Hay ganas en el aire: silencio cuando la canción lo requiere, palmas y cánticos cuando toca. Quique explica que el repertorio va a tener varias partes: por un lado, las canciones del disco nuevo, por otro, canciones que tienen que ver en cierto modo con los detectives, otra tercera parte con canciones de “Salitre48”, disco del que se cumplen quince años que se han celebrado con una reedición y con un libro de Chema Domenech, y luego otras canciones más.

En la primera parte, suenan en el mismo orden que en el disco la mencionada, “Se estrechan en el corazón”, “Sangre en el marcador” y “Charo”. En ésta, Quique anuncia que no va a estar la chica que la canta en el disco hoy,  aunque sí mañana; como sustituto, propone un experimento que ya han probado en el primer concierto, en Pamplona: que sólo las chicas canten esa parte. Lo hacen, y funciona muy bien, demostrando que es una de las canciones más pegadizas del disco. Más tarde, en el merchadising, mientras esperábamos para comprar el libro, estuve un rato intentando adivinar qué ponía una camiseta que utilizaba una tipografía no muy legible y al final lo conseguí: Charistas. En fin, que parece que todo el mundo tiene claro que es una de las canciones significadas de este disco.

Creo que todavía tocaron “Cerdeña” antes de pasar a la segunda parte del repertorio, las canciones de detectives.

Sonó, por supuesto, la que habla de los detectives que sufren desamor, “Por caminos estrechos”. Esa canción no es de mis favoritas del repertorio del madrileño y aún así me gusta mucho, pero es que hay otras que me gustan más que mucho. En cualquier caso, lo que me parece mejor de la canción (que he tocado bastante con mi hermano Dani Hoardings y en la época de formación de Los Elepés), es la letra y las guitarra de Calos Raya y tuve un problema con las guitarras durante todo el concierto: desde mi sitio no se oían lo suficiente. Sin embargo, al final del concierto, Vega me comentó que desde su sitio habían quedado saturadas por el sonido de las guitarras. Es curioso como el sitio en el que te sientas, el punto de vista, pueda cambiar por completo la apreciación del concierto, un recuerdo más de lo difícil que es la objetividad.

También sonó “Kid Chocolate”, demasiado lenta para mi gusto, y “Dónde está el dinero”, que más que de detectives va de ladrones de guante blanco.

De las primeras de “Salitre48” fue “Tarde de perros”. Quique la dedicó a Enrique Urquijo y explico que la compuso sobre un puente que cruza la M30, historia que acabo de ver contada con más detalle en el libro. Para mí esta parte del concierto fue la mejor porque esas canciones forman parte de mí desde que las escuché por primera vez en la gira de presentación de ese disco y quedé fascinado por aquellas canciones interpretadas sólo por el autor y por Carlos Raya.

Sonó también “Bajo la lluvia”. Después Quique dedicó “La ciudad del viento” al autor de la música, Paco Bastante, e hicieron “Salitre” en una versión cercana al modo “Sweet Jane” que inauguraron en la época de Pedreira y que, para mí, hace perder magia a la canción. En cualquier caso, agradecí que en general siguiendo los arreglos del disco, incluyendo esos solos que para mí son obras maestras de la música grabada en España, y que Pepo interpretó respetuosamente.

Luego volvieron con la segunda parte del disco y siguieron interpretando todas las canciones en el mismo orden y con arreglos muy similares, cosa lógica ya que son la banda que lo ha grabado, con excepción del teclista, David "Chuches" Schulthess, que estaba compartiendo escenario con ellos por segunda noche. También desde mi sitio se echó de menos más presencia de los teclados.

Después de la canción que cierra “Me mata si me necesitas”, “La casa de mis padres”, que sonó más emocionante en directo, Quique hizo en solitario con guitarra y armónica otra de “Saltire48”, “En el disparadero”, con un ritmo distinto al de la versión original, y me recordó que así, solo, me gusta mucho y que me duele no haber podido ver ni un concierto de la gira de Carta Blanca.

Luego llamó al teclista al escenario para que le acompañase en algo que, contó, se le había ocurrido en el camerino: hacer juntos una versión de “Polvo en el aire”. David salvó la encerrona con el Hammond sonando casi como un órgano de iglesia.

Volvieron los detectives e hicieron canciones variadas y algunas poco habituales de los directos del madrileño, como por ejemplo “Avenidas de tu corazón”. Hubo dos parones para los bises. En uno de ellos sonó “Pequeño Rock’n’roll”, única canción que Quique interpretó sin guitarra de ningún tipo. También sonaron “Tenía que decírtelo”, del disco anterior, y “Clase media”, que ha quedado sin entrar en ningún largo; Quique se la dedicó a su compañera de piso, para quien dijo que la había compuesto.

Rescató la canción que da la primera parte del título al álbum “Avería y redención #7”, un disco que a mí me parece que tiene algo que ver con este último, en el sentido de que hay un trabajo más comunal, de banda, que en otros. También recuperó “Dallas Memphis”, tal vez la mejor canción de “Delantera mítica” y que a mí me recordó el reciente viaje de Memphis a Dallas al lado de la quiquifriki que esta noche tenía también a mi lado.

Cerraron con un “Su día libre” en el que Quique cambió a la madre por el padre en una de las vueltas. Luego saludaron mientras bailaban al ritmo de una canción de soul.

Fueron unas generosas dos horas y cuarto de canciones y así todo no sonaron grandes clásicos como “Aunque tú no lo sepas”, “Pájaros mojados” o alguna de “Personal”. Es lo bueno de tener tantas canciones buenas: cada concierto puede ser distinto.

Mientras escribo esto, los Detectives estarán trabajando un nuevo caso. ¿Qué nos traerá el próximo capítulo?

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Unas fotos de móvil para el recuerdo:













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Aunque tú no lo sepas: las versiones

~ miércoles, enero 06, 2016 ~

Hace un año y pico publiqué un vídeo para hacer karaoke de Aunque tú no lo sepas. Es el vídeo que he hecho con más éxito hasta el momento: a día de hoy tiene casi 90000 reproducciones y se han perdido 226667 minutos de tiempo viéndolo. Una de las cosas más curiosas es que se ha utilizado muchas veces para hacer versiones.

Aquí una lista de las ¡40 versiones! utilizando mi vídeo que he encontrado:















































































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Homenaje a Salitre 48

~ martes, diciembre 29, 2015 ~

Este año se cumplen 15 otoños desde que se publicó Salitre 48, uno de los discos más importantes de mi vida: aparte de lo mucho que he disfrutado escuchándolo, me convirtió al quiquifrikismo y, gracias a eso, conocí personas fundamentales en mi vida.

Además, también me animó a recuperar la costumbre de hacer canciones: viendo en el concierto de presentación a Quique y Carlos Raya tocando las canciones con dos acústicas, me convencí de que con sólo una guitarra se puede construir una buena canción. Por aquel entonces yo sólo tenía una española, pero eso no evitó que lo intentase. Por supuesto, lo que parecía fácil no lo es: además de una guitarra, es necesario tener capacidad para hacer buenas melodías (y yo ni sé cantar aproximado) y hacer buenas letras. Eso sí: sigo divirtiéndome intentándolo.

Salitre 48 eran, en teoría, unas maquetas publicadas como disco, pero ahora al volver a escucharlo sigo maravillándome con los innumerables detalles en los arreglos, en especial en las guitarras, pequeñas gemas que demuestran la maestría de Carlos Raya sin necesidad de grandes presupuestos.

Para homenajear al disco, se me ha ocurrido una forma que va a batir récords de quiquifrikismo: tocarlo entero. Mi intención era grabarlo de una sentada, tocando a la vez que el disco como he hecho tantas veces. Al final, tuve que hacer dos tomas porque al móvil se le acabó la batería antes que a mí. Hay bastantes errores porque no hice ningún tipo de preparación y no era la intención hacer algo muy trabajado.

Igual lo que he hecho le sirve a alguien como base para un karaoke, o a otros para ver los acordes que reflejé en la web que hice poco después, Y sangrando los dedos, y que acabaron en WikiTabBook. Probablemente nadie sufra la hora y pico entera escuchando sólo una guitarra (no he puesto el disco de fondo para no tener líos de derechos de autor). En cualquier caso, creo que no hay mejor manera de celebrar un disco que escucharlo y tocarlo.


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