Escritos sobre música





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Pardao

~ sábado, septiembre 29, 2018 ~

Hoy me dio por escuchar "Parece que fue ayer" de Los Suaves. Me la puse en YouTube mientras la tocaba con la guitarra. Cuando acabó, el algoritmo me propuso escuchar "Pardao", así que la puse y, mientras tocaba, directamente de las manos, surgió un recuerdo: esa fue la primera canción que intenté aprender con la guitarra. Sí, sí, ese ligado con re suspendido, cuánto me costó...

Aquello fue hace 29 años. Empecé por "Pardao", aunque no era de las canciones de Yosi que más me gustaban (no estaba mal, pero era demasiado tópica), porque era acústica: yo soñaba con tocar la guitarra eléctrica, pero lo que tenía era una guitarra española que mi prima se había comprado para tocar en la iglesia, la misma guitarra que estaba tocando hoy... Como en esa guitarra las canciones con guitarras distorsionadas no sonaban, me pareció lo mejor intentar "Pardao", que era la primera canción acústica que grababan Los Suaves.

Me ha dado ahora por escuchar otras canciones suyas. Recuerdo también cómo los descubrí: un día en un programa de radio (cuál ya no me viene a la memoria) echaron un concierto en directo y, no sé por qué si no los conocía, lo grabé. Lo escuché mucho y eso que en algunas canciones no había voz: la cantaba entera el público.

Con el tiempo, conseguí los tres discos que tenían en aquel momento, "Esta vida me va a matar", "Frankestein" y "Ese día piensa en mí" y los escuché muchísimo. La desesperanza de las letras de Yosi era justo lo que yo sentía.

En aquella época no habían tocado nunca en Asturias, así que, con 17 años, nos fuimos en bus a verlos a Reinosa. Busco ahora en Internet y tuvo que ser el 29 de diciembre de 1990: nunca olvidaré que no íbamos con mucha ropa, simplemente una camiseta, una sudadera y una chupa, y además nos habíamos puesto en primera fila, mi primo había apoyado su cazadora en el escenario y Yosi la tiró al público: nunca volvimos a verla. Como pobres chavales que éramos, no teníamos donde dormir esa noche y el plan tras el concierto era esperar el primer tren, a las 6 de la mañana. Pasamos la noche rondando por Reinosa, sin ir siquiera a los bares, y acabamos metiéndonos en un portal para intentar echar una cabezada... Y pasamos mucho frío, porque era diciembre y, aunque no lo sabíamos, Reinosa estaba al lado de la estación de esquí de Alto Campoo.

Las cosas que se hacen cuando eres joven... y amas mucho la música. Eso también estaba en las canciones de Los Suaves: entre la desesperanza, sólo un asidero: la música. Recuerdo también que, en aquellos años de inconsciencia, solía escribir en los pupitres del instituto y me dio por escribir la letra de "Esta vida me va matar":

Llevamos un siglo tocando
y aun no vimos un duro,
descargando como locos,
canciones y el material,
discutiendo en los ensayos,
pagando letras con apuros.
Y es que vivir con el rock,
amigo, me va a matar.

Lo vio uno de mis compañeros, que tocaba la guitarra en un grupo que luego básico en Xixon Sound y, aunque él no iba de ese palo, le hizo gracia y me lo comentó.

Cuánto escuché aquellas canciones... Yosi tiene la capacidad de contar las pequeñas tristezas de la vida real sin artificios, como son. Ahí está "Siempre igual", ese sensación de bucle, de lluvia perpetua, de gris perenne de un currante más.

¿Y qué decir de "Frankestein (Todos somos el monstruo)"? Yo, de aquella, no había leído todavía el libro, pero la metáfora me llegaba igual.

Estoy escuchándolo ahora y sigue gustándome: da igual que todavía pueda apreciar más que antes el mal sonido y la ejecución deficiente,da igual que pueda identificar esa tópica angustia existencial adolescente, esas canciones son parte de mi vida, son parte de lo que soy.


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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:22 p. m. | Comentarios (0)

La música y lo desconocido

~ martes, agosto 28, 2018 ~

Recuerdo perfectamente la primera vez que fui a un concierto basado en canciones no publicadas: fue Juan Perro, en la Semana Negra, antes de que sacase su primer disco. Hacia el final dijo: "Gracias por escuchar estas canciones sin poder haberlas masticado primero"...

Simplemente, yo no sabía que se podía hacer eso: ya había ido a muchos conciertos antes, y los artistas tocaban canciones de sus discos. Eso me parecía lo normal: las canciones se grababan y luego se tocaban en directo, y el público ya se las sabía de memoria en los conciertos.

Ahora sé que no tiene que ser así; que, de hecho, lo normal es tocar las canciones en directo antes de grabarlas y sólo en la última centuria se produjo este proceso que yo consideraba normal.

Pero hoy pienso en eso y no puedo evitar reconocer que aunque a veces me sorprenda una canción a la primera y no haya nada como la sorpresa de encontrarse una liebre sin haber salido a cazar, querida Carmen Martín Gaite, en gran parte por lo que (me) acaban gustando las canciones es por haberlas escuchado muchas veces.

Y tal vez, como ahora casi no les doy ni segunda oportunidad, por eso no descubro nuevas canciones que añadir a mi banda sonora.

Una de las cosas que me ha hecho pensar en eso es que yendo dos veces al Sonorama y algunos otros conciertos de artistas que han tocado allí he escuchado algunas canciones repetidamente. Por ejemplo, "A cualquier otra parte" de Dorian, "Ayer" de La Habitación Roja, "Casa, ahora vivo aquí" de Iván Ferreiro o "Sí" de Bunbury . Y al final, he acabado escuchando los discos y me han gustado mucho.

"El cariño hace el roce", dicen... Pero por otra parte, cuando escucho discos y temas en directo por primera vez mucho de lo que me pasa es que me parecen todas las canciones conocidas: hay pocos recursos nuevos y, cuando los hay, me desagradan o no me enganchan. Es como si necesitase la obligación de escuchar las canciones varias veces para poder apreciarlas. Como ahora, gracias a Internet, sólo escucho lo que quiero, el milagro no se produce. Ya no escucho la radio, ya no voy a los bares.

Pienso también eso: que algunas canciones se han convertido en míticas porque se escucharon mucho. Otras no muy distintas podrían haber tenido ese privilegio y serían ellas las elegidas. No es lo único que importa, pero importa.

En fin, lo dejo porque me repito: creo que ya hace años hablé por aquí del frágil equilibrio entre la originalidad y la costumbre en la música.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
12:33 a. m. | Comentarios (0)

Canciones viejas y terremotos nuevos

~ sábado, junio 02, 2018 ~

Hoy me ha vuelto a estremecer la música. Hoy ha vuelto el pellizco. De la manera más inopinada: escuchando a Amaia, la ganadora de Operación Triunfo, esa de la que algunos no hablan más que para criticar su libertad de no depilarse o de leer libros tal vez estúpidos, pero tal vez menos estúpidos que esos que los critican sin conocerlos.

Estuve viendo esta actuación en el Primavera Sound:



Empieza con un clásico de Nueva Orleans, recordando a Diana Krall, pero luego pasa a "Alfonsina y el mar", y eso no lo puede hacer Diana Krall... Pero el pellizco llegó con el "Zorongo Gitano": ese punto flamenco, esos breves pasajes intensos de piano...

En algunos momentos después se ven primeros planos y lo que veo en su cara es concentración en la música: tiene un punto de locura por las canciones en el que me siento identificado.

Y hacía mucho que no escuchaba el "Zorongo Gitano", tanto que ni siquiera estaba seguro de si estaba en uno de mis discos favoritos pero olvidados desde hace mil cien años: las "Canciones populares antiguas" recogidas por Lorca y la Argentinita y cantadas por Carmen Linares. Rebusqué en mi disco duro y ahí y estaba, y era tan maravilloso como lo recordaba. ¿Cómo he podido pasar tanto tiempo sin disfrutar de esa belleza que estaba ahí a dos clics de distancia?

Alguien mencionaba en los comentarios del vídeo de Amaia la versión de Silvia Pérez Cruz de "Alfonsina y el mar". Me dio por buscarla. Me gustó, aunque a esa otra loca por la música que sin duda es Silvia (locura de genio) a veces me produce rechazo escucharla por cierta forma que tiene de pronunciar, no sé por qué: es instintivo. Pero entonces llegué a otra de sus versiones de otra de mis canciones favoritas: el "Cucurrucú Paloma":



La he escuchado tantas veces en la versión de Caetano Veloso, la he tocado tanto con la guitarra... Cuando escuchas tanto una canción en una forma particular (y la de Caetano es muy particular) es difícil que una versión distinta te guste. Pero ese vídeo suena como si su voz estuviese dentro de mi cabeza, como si la belleza se me hubiera metido dentro.

Entre medias de las dos, estuve tocando el piano, mal, pero de una forma que no lo había tocado nunca: con una libertad nueva, como si hubiera sido poseído por el mismo dios que las posee. Pero quién fuera ellas, quién tuviera su talento...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
1:06 a. m. | Comentarios (0)

Profesión: rockero

~ domingo, mayo 07, 2017 ~

Cuando era adolescente, soñaba con la épica del rock. Escuchaba a Barón Rojo, sus rockeros que van al infierno, sus canciones como rebelión; escuchaba a La Polla Records y a Megadeth; escuchaba guitarras y gritos... y nunca se me ocurrió que Angus Young o David Mustaine eran profesionales. Soñaba con ser estrella del rock, pero nunca pensé que alguien podría pensar en el rock como en una profesión. ¿Puede figurar en el epígrafe del IVA donde se pone la profesión "rockero" al lado de "contable", "abogado" o "ingeniero"?

Entiendo que los artistas tienen que comer. Proponer el arte por el arte en este mundo capitalista parece blasfemar. Ciertos despliegues (giras, discos de producción compleja) requieren infraestructura, industria. Y aún así: ¿cuando el creador tiene la obligación de crear para comer hasta qué punto puede aportar algo más que entretenimiento? ¿Hasta que punto el resultado no es espurio?

Mi otro yo me responde: "Y los contables, los abogados y los ingenieros, ¿qué?".

Ya, ya. También su "obra" está afectada por las relaciones comerciales. La diferencia es que no se espera otra cosa. En cambio, los artistas nos dicen que lo suyo es algo espiritual, que nos hablan de cosas íntimas; en definitiva, que el arte está fuera de la esfera comercio.

En fin... El mundo es demasiado complicado para mí y esto es sólo una chorrada en la que me dio por pensar.

Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
10:57 p. m. | Comentarios (0)

Laureles para Dylan

~ jueves, octubre 13, 2016 ~

Al final, no era un chiste: Dylan podía ganar el Nobel. Lo ha ganado. Hoy.

Voy a aprovechar para escribir sobre él; otra vez, porque ya lo he hecho muchas veces antes.

Me parece muy bien que le den el Nobel de literatura a un autor de canciones porque para mí no hay ninguna duda de que las canciones son literatura. Y música, claro. Pero la Ilíada probablemente fuese antes canción que texto y nadie discute su lugar prominente en la historia de la literatura.

Quizás está el matiz de canción de rock lo que lo hace noticioso, como si fuese transgresor poner en tan alto pedestal esa música moderna... Yo hace tiempo que vengo pensando que el rock es una música de viejos y los viejos tendemos a pensar que lo que nos gustó a nosotros en la juventud es lo mejor. El rock ya es música clásica, arte antiguo.

¿Pero se merece Dylan la más alta distinción de la literatura? Yo creo que sí. No cabe de duda de su influencia sobre la gente que se dedica a hacer canciones, es decir, sobre gran parte de la literatura. Y, por supuesto, mucha gente que le escuchamos con devoción.

Eso sí: con lo mucho que me gusta, no lo adoro y, de hecho, a veces encuentro incompresible mi atracción por sus canciones. ¿Por qué? Porque muchas no las entiendo, no sé de qué van. Y a veces pienso que Dylan es sobre todo un cómico, un bufón, pero no de esos que hacen grandes parodias para mostrarnos una cara de nosotros que desconocemos; no, no, algo más pequeño, de chistes casi infantiles.

Se me puede decir que es blasfemia decir eso de alguien que ha escrito "Blowin' in the Wind", "The Times They Are A-changin'" o "With God on Our Side", canciones que inspiran movimientos sociales o que desnudan hipocresías. Y es verdad: me parecen obras maestras. Sin embargo, desde hace tiempo dudo de su sinceridad: tengo la sensación de que Dylan escribió esos himnos visionarios no porque creyese en lo que contaban sino porque era lo que le iba a dar la fama en aquella coyuntura social. Y creo que ahora que se dedica a anunciar ropa interior femenina y coches americanos ha demostrado que aquello fueron como mucho inocentes pecados de juventud: él no es un profeta, sólo alguien que quiere hacer canciones para ser admirado como él admira a otros que hacen canciones. Eso sí: hay que tener algo especial para, tal vez siquiera sin creer de verdad, ser capaz de urdir esos himnos que capturan a la vez que configuran el espíritu de una época y puede que hasta de una forma del ser humano.

Luego está la etapa psicodélica, cuando se puso ciego de todo y escribió lo que se le pasó por la cabeza, imágenes sin sentido, bromas para colgados. ¿Qué nos enseña "Leopard Skin Pill-Box Hat"? Y, sin embargo, "Blonde on Blonde" es uno de mis discos favoritos.

Y después, la etapa de Nashville. El año pasado escuché bastante "Nashville Skylines" aprovechando que fui allí y que vi la exposición Dylan, Cash, and the Nashville Cats. Sin embargo, hoy no recuerdo más que una canción de ese disco: "Girl from the North Country", que es de su época de visionario, aunque esta versión con Cash es apoteósica.

Y luego, le época cristiana. Yo no puedo dejar de ver el cristianismo como un infantilismo. Y eso que no me considero nada maduro.

Y los 80, qué mal le sentaron. Es curioso: la producción de sus discos de los 60 y 70 es por momentos aberrante, con cosas como la guitarra chirriante y fuera de plano de la "Leopard Skin Pill-Box Hat" mencionada antes, la guitarra desafinada de "Queen Jane", la pandereta fuera de tiempo de "Rainy Day Woman #13 & #35", el bajo fallando notas en "Visions of Johanna" o los errores de tiempo en la por lo demás hipnotizante "Hurricane". Pero Dylan me enseñó eso: si hay fuerza, si hay inspiración, no hace falta perfección en la ejecución.

Y hablando de ejecución: lo he dicho antes, pero creo que lo mejor de Dylan es cómo dice las canciones. Las palabras, al salir de su boca, se convierten en algo más grande de lo que son. Incluso su voz cascada de viejo en "Modern Times", ese álbum que tardé mucho en escuchar y que me dejó tan fascinado que hace diez años me llevó a escribir esto en un bus. Menos mal que me lo descubrió Quique González.

He criticado a Dylan en lo escrito, pero sin dejar de reconocer que me tiene hechizado. Hay en parte de lo que rechazo un rechazo general a la literatura que me ha ido creciendo cual cáncer con los años: ya casi sólo la considero entretenimiento; la verdad, para la ciencia, y ni siquiera...

Pero me tiene fascinado y una de las locuras a las que he dedicado mi vida es a hacer adaptaciones de sus canciones en español, algo que probablemente hayamos hecho muchos. Y es que a mí lo que de verdad me gustaría es ser Dylan, haber escrito esas canciones y haberlas cantado así, como si estuviese en contacto con un ser superior.

Una pena que ya no crea en seres superiores.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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El repertorio de Wild Side

~ domingo, julio 10, 2016 ~

Hoy, ordenando unas cajas viejas, me he encontrado con un montón de recuerdos y, entre ellos, esta foto en la que, con letra de impresora matricial, está el repertorio de un concierto de Wild Side, mi primer grupo:



Puede que sea incluso el repertorio de mi primer concierto, del que también he encontrado el póster:



Fue en el Txoko-Txiki, un antro inmundo, el 27 de diciembre de 1991. También he encontrado la factura de mi primer bajo, que fue el 29 de junio de ese año, así que no llevaba ni seis meses tocando.

La verdad es que tuve mucha suerte: me compré el bajo como auto-regalo por aprobar selectividad y en primero de carrera coincidí con Emilio, un teclista increíble. Wild Side estaban buscando bajista y así tuve la fortuna de, en lo que ha sido una constante en mi vida, tocar con músicos mucho mejores que yo. En este caso, Eloy a la guitarra y voz (con el que estoy tocando ahora las canciones de la Creedence en Melomanía), otro Emilio a la guitarra y Fernando a la batería.

Emilio el teclista, con paciencia infinita, sacaba con el teclado los bajos de las canciones, me los grababa en una cinta TDK y yo, con ilusión y una tozudez que, por una vez, era un acerbo, me las aprendía nota a nota. El repertorio tenía mezcla de canciones propias y versiones:

  1. Out in the Cold (Judas Priest)
  2. Knocking on Your Back Door (Deep Purple)
  3. Liar (Yngwie Malmsteen)
  4. It's Over Now (Ace Frehley)
  5. Gold'n'Metal Sanctuary (propia)
  6. Perfect Strangers (Deep Purple)
  7. We're Stars (Dio)
  8. You Don't Remember, I'll Never Forget (Yngwie Malmsteen)
  9. Wild Side (propia)
  10. Liberty (Steve Vai)
  11. Dr. Leckter (propia)
  12. Runaway (Bon Jovi)
  13. Love Don't Lie (House of Lords)
  14. Jump (Van Halen)
Una combinación de heavy y AOR. A mí las que más me gustaban eran las de Judas Priest, Deep Purple, Bon Jovi y Van Halen. Por cierto, esa la he tocado también con otras formaciones y es probablemente la canción que más he tocado en directo en mi vida, pero eso es otra historia...

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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El joven viejo loco

~ sábado, julio 02, 2016 ~

Crónica del Mad Cool Festival, 19 y 20 de julio, Caja Mágica, Madrid

Introducción innecesaria, como todo lo demás

Por alguna razón que no llego a entender, los festivales se han convertido en una de las formas más rentables de negocio musical. Tal vez sea precisamente por lo que no es la música: por la posibilidad de unir a las propias notas eso que llaman “una experiencia”, algo que compartir con otros, eso tan necesario para esta especie gregaria que somos los humanos.

En este ambiente burbujístico ha aparecido un nuevo contendiente: el Mad Cool Festival, en la capital de este todavía rancio Reino de España. No sé si este florecimiento festivalero se da al mismo nivel en otras partes de Europa; quizás tenga que ver con la única industria en la que somos punteros: el turismo. Y es que lo bueno de tener un festival en una localidad da una razón para visitarla a mucha gente, incluso a la que no suele ir a conciertos: en los festivales también se puede comer y beber, y a quién no le gusta lo uno o lo otro…

Pero a mí me gustan también los conciertos, esos rituales comunales donde mi misantropía cede, tal vez un eco en mis genes de esa costumbre atávica que hace tribu e hizo a mis antepasados sobrevivir en este mundo inhóspito donde los asociales estamos condenados a la extinción si no conseguimos vencer nuestras tendencias. A mí me gustan los conciertos y la posibilidad de ver a Kings of Convenience, 091 y Neil Young era muy atrayente, aunque tengo que confesar que su música no sería suficiente para romper mis resistencias si no se sumase un atractivo mayor: encontrarme con un ser mucho más loco por los conciertos que yo. Así acabé en el Mad Cool Festival.

Por motivos laborales, no pude ir el jueves, aunque me hubiese gustado ver a los Who, a quienes no he escuchado mucho hasta recientemente, que estuve adentrándome en algunas de sus canciones para tocarlas con Melomanía, y también ver a Morgan, la banda de la chica de delicada voz rasposa. Compré, así todo, el bono de tres días, extrañado de que saliese más barato que comprar entrada sólo para dos; luego lo comprendí: el negocio no es tanto la música como la comida y la bebida. Sólo así se explica que por el precio que se puede pagar por ver a un artista del caché de Neil Young puedas ver a otros 15; potencialmente, eso sí, porque es físicamente imposible verlos a todos a no ser que seas capaz de desdoblarte.

Como no fui el jueves, no sufrí los problemas de descoordinación y los fallos informáticos (que siempre son fallos humanos, de mala planificación, mal diseño o mala implementación). Así todo, como Ingeniero en Informática, me llama la atención ese uso combinado de móviles y tecnologías RFID para pagar. Lo hace más incómodo para los asistentes, pero, una vez que funciona, imagino que les hace la vida más fácil a los organizadores.

Viernes

Pero vayamos a la música: empezamos yendo a ver a Carmen Boza en uno de los pabellones cubiertos. No son los sitios con mejor acústica del mundo, pero se oía razonablemente bien. Me sorprendió lo que vi: por lo poco que había visto de Carmen Boza, me imaginaba que iba a ser un concierto con ella tocando una guitarra acústica en modo cantautoril; lo que me encontré fue con un power trio, con una muy solvente sección rítmica y con ella haciendo de maestra de las seis cuerdas, yendo más allá de los rasgeos tópicos, jugando con muteados, riffs y delays. Tengo que escuchar lo que ha grabado porque siempre hay que investigar a quien se sale de lo trillado: tal vez haya belleza nueva por disfrutar.



A continuación fuimos a ver a Kings of Convenience. Ellos saben mucho de belleza y utilizando unos recursos muy limitados: guitarras acústicas y armonías vocales. Pero a veces no hace falta más: su música me ha acompañado muchas noches y me ha ofrecido un placer de dioses. Nos dirigimos al pabellón correspondiente, que estaba muy cerca, nada más acabar el concierto de Boza, pero así y todo nos encontramos con uno de los problemas del festival: aunque se deben de vender más de 30000 entradas cada día, en esos pabellones no creo que entren más de 3000 personas, así que como muchos tengan la misma idea que tú, no vas a poder entrar.




Nos pusimos a hacer cola para acceder a pista hasta que nos dimos cuenta del problema es que el aforo estaba controlado y sólo dejaban entrar a alguien cuando una persona abandonaba el recinto. Decidimos entonces optar por ir a las gradas y menos mal que no tardamos demasiado: nada más atravesar la puerta, la cerraron y empezó también a estar racionado el acceso a las gradas. Tengo que decir que me parece en cierto modo un timo que te vendan una entrada diciéndote que puedes ver ciertas cosas pero luego todo dependa del albur, pero, por otra parte, agradezco que los aforos estén bien controlados y que se cumplan las medidas de seguridad.

Yo no me imaginaba cómo podía funciona Kings of Convenience en un festival: su música es para teatros, para escuchar con recogimiento fervoroso y no con el espíritu expansivo que suele acompañar al público que acude a este tipo de eventos multitudinarios. Y así fue cuando entramos: al principio el público estaba haciendo demasiado ruido para la música de los noruegos. Pero su música posee una belleza tan sobrecogedora que logró el milagro: poco a poco se fue apagando el ruido constante y sus dos voces casi susurradas se impusieron a la masa. No pude escuchar ni “Homesick” ni “Caiman Island”, dos de mis favoritas, pero sí “Love Is not Big thing” y otras cuantas maravillas, incluso algunas que no conocía.

Con el alma reconfortada por la dosis de siempre escasa belleza, nos fuimos a la siguiente parada: Michael Kiwanuka. Pero aquí ya había cola hasta para las gradas, así que decidimos ir a comer, porque todavía quedaba mucha noche por delante y había pocos huecos entre tanta música.


Una cosa que tengo que alabar del festival es que todos los horarios se cumplieron con precisión, excepto Neil Young que, tirando de bula papal, alargó su concierto con un bis que su grandeza histórica merece. Pero eso lo contaré más tarde.

Tras las hamburguesas, amenizadas (es un decir), por la salvaje pasión de Rick & Vera, conseguimos entrar a ver las dos últimas canciones de Kiwanuka, música tranquila, con puntos de soul y rock. Debería también echar una escucha a su disco.

A continuación fuimos a las gradas del pabellón más grande a ver a León Benavente. Tampoco los había escuchado nunca. Dieron un concierto muy intenso y que sí encajaba con la idea que yo tenía de un festival: jóvenes desatados botando al ritmo de los tambores de los chamanes.



Lo siguiente que queríamos ver era Band of Horses, pero aprovechamos que todavía no había acabado Jane’s Addiction en el escenario central para escucharles un rato. Yo recordaba de los noventa ver muchas veces el título de su disco en los letreros de la MTV, cuando la tenía sin sonido esperando que apareciese algún grupo de los que a mí interesaban: alguien más heavy. Así que no tenía ninguna de sus canciones en la cabeza. De lo poco que escuchamos, antes de irnos a coger sitio para los siguientes, me gustó la versión del “Rebel, Rebel” de Bowie. Por lo demás, me llamó la atención el atuendo cordobés del cantante. Creo que comparados con The Who y Neil Young, ni ellos ni Prodigy tenían la misma importancia histórica para encabezar una de las noches del festival, pero es que ya no quedan tantos de esa envergadura.



A Band of Horses sí los he escuchado, sobre todo su disco “Infinite Arms”, del que me gustan mucho sus bonitas armonías. Pero a pesar de haberlo escuchado bastantes veces, no soy capaz de recordar sus canciones. En directo me decepcionaron. Para empezar sufrieron un problema que me encontré en casi todos los conciertos del festival: el bajo, a veces junto con el bombo, tenía unos subgraves que distorsionaban y hacían que, en lugar de servir como cimiento de la armonía, se perdiese todo sentido armónico. Realmente no disfruté el concierto y nos fuimos a la mitad, al poco de escuchar “Laredo”, para no perder sitio en la pista del que para mí era el plato principal de ese día: 091.



Su disco “Tormentas imaginarias” me fascinó cuando salió, y también me gustó mucho el siguiente, con el que se despidieron: “Todo lo que vendrá después”. Creo que el primero mencionado es una obra maestra, con alguna de las canciones más grandes de la historia de la música española: “Otros como yo”, “Huellas”, “Mi sombra y yo”… Cuando Lapido, el autor de esas canciones, se lanzó en solitario sufrí una pequeña decepción: su voz no estaba a la altura y me costó trabajo acostumbrarme. Ciertamente, con los años lo he conseguido y creo que su proyecto en solitario ha alcanzado cimas tan altas como los Cero. Pero me hacía mucha ilusión escuchar al grupo original.


Y mereció la pena. Ahí estaban las canciones y ahí estaban ellos, en plena forma, no un mero ejercicio de nostalgia: la música estaba viva y sonaban engrasados como la gran banda de rock en español que son. Acabamos con la voz rota y destrozados, pero felices. Mientras abandonábamos el pabellón vimos a hordas de jóvenes correr para coger un buen sito para ver a Bastille.



Volver al hotel no fue demasiado complicado, aunque se agradecería que la organización del festival explicase mejor cuáles son las paradas de los autobuses más cercanas y los horarios y las frecuencias con las que pasan.

Sábado

El sábado era el día de Neil Young. Fuimos algo tarde y sólo pudimos escuchar los últimos compases de Gary Clark Jr  y me dio rabia no haber madrugado más porque la banda sonaba a soul (uno de los pocos bajos que estaban en su sitio en la mezcla en todo el festival) y su guitarra echaba fuego.

Mientras un grupo para jóvenes festivaleros que sonaba como un CD (Walk of the Earth veo que se llama en el programa) movía las masas, nosotros nos encontramos con unos amigos muy especiales llegados desde Gijón: Dani y Maite, con los que he compartido tanta música y que realmente son los culpables, gracias a su grupo tributo a Neil Young “Heart of Gold”, de gran parte de mi conocimiento de la música del canadiense. En la vida no hay tantas cosas buenas y encontrarse en esa situación con gente con la que compartes una de tus locuras más importantes reconforta, y más viéndolos allí con su retoño de apenas siete meses.

Conseguimos meternos no demasiado lejos del escenario, aunque bastante más de lo que nos gustaría, porque ya había mucha gente apostada, en su mayor parte veteranos: durante casi una hora llegaron hasta nosotros los ecos de la conversación de unos talluditos caballeros que estuvieron narrando conciertos anteriores del viejo Neil, de Springsteen o John Fogerty, otros locos de esos que se mueven por el mundo siguiendo el rastro de las guitarras americanas.

Todavía con luz natural -a pesar de los técnicos que, en algo que vi por primera vez en mi vida, estaban encaramados en los andamios manejando los focos-, salieron dos mujeres vestidas de granjeras a echar unas semillas sobre el escenario y, al poco, salió él, Neil Young, con un soporte para armónica con micros incorporados, para sentarse al piano e interpretar en solitario esa que le he visto a hacer muchas veces a Maite: “After the Gold Rush”. Hay cierta gente tocada por un algo superior y Neil es de esos.

Luego se fue a la acústica e hizo “Heart of Gold” y, después, “The Needle and the Damage Done”. Uff. También se sentó en un órgano, no un Hammond o similar, sino uno de esos de iglesia, e hizo una canción sobre la naturaleza, "Mother Earth".

Para marcar el corte con la parte en solitario, salieron unos seres vestidos con traje y máscara fumigando lo sembrado antes, y entonces apareció la banda, que no era Crazy Horse sino Promise of the Real, los hijos de Willie Nelson. Ahí empezó el rock and roll.

Resulta sencillamente increíble que Neil tenga 71 años: toca la guitarra con más fiereza e intensidad que casi todos los jóvenes. A veces, incluso, con demasiada para mi gusto: cuando atacó “Like a Hurricane”, canción que me sé literalmente de memoria porque la toco con Los Elepés, no la reconocí hasta que empezó a cantar. También influyeron, otra vez, los problemas con el sonido del bajo.

Hace un par de semanas actuó Springsteen en Madrid y hubo críticas a sus demasiadas concesiones al espectáculo de masas. Esa crítica –tal vez injusta-- no podrá hacerse de Young: no se dirigió al respetable hasta casi pasadas las dos horas de concierto y sólo para decirle algo así como “How are you doing?” o “Are you doing fine?”, no recuerdo ahora, y se le vio en todo momento concentrado en hacer música con la solvente, aunque no especialmente espectacular, banda que le acompañaba. De hecho, el concierto derivó en muchos momentos en jam, con sus cosas buenas y sus cosas malas: los cambios de intensidad lograban instantes apoteósicos, pero también hubo fragmentos excesivos, por ejemplo en algunos de los más de quince minutos de “Down by the River”.

Pero el abuelo Young –vaya apellido más premonitorio–, que ni siquiera bebió un trago de agua en todo el concierto, estaba disfrutando de hacer música, entregando todo de manera natural porque ha nacido para eso, para ser un chamán que encanta a la tribu a través de las notas.

Acabaron con una versión apabullante (y larga) de “Rockin’ in the Free World” y su rostro, en casi todo momento airado, se curvó en una sonrisa mientras botaba abrazado a sus jóvenes compañeros de banda al son del oé-oé-oé del público.


Parecía que eso era todo y eso anunciaba el programa, cumplidas las dos horas asignadas, pero, como comenté antes, tuvieron el descaro de volver y regalar un bis, uno que no sonó a compromiso sino a ganas de seguir disfrutando de la música.

Agotados (ese es otro problema de los festivales, especialmente para los que no estamos agraciados con los genes de Neil Young, que el cuerpo nos impide disfrutar de los conciertos al 100%) fuimos a cenar, sufriendo largas pero soportables colas y con sitio para sentarse.

El remate del festival para nosotros era Xoel López. Fuimos a la gradas para descansar nuestros huesos vapuleados y pudimos asistir a un despliegue de maestría: Xoel y su banda no tienen nada que envidiar a ninguna estrella internacional. Las canciones se sucedían perfectamente interpretadas una tras otra y los que llenaban la pista bailaban con esa mezcla curiosa de indie patrio y ritmos de origen latino e incluso directamente africano con los que se ha enganchado últimamente el gallego.


Y así, derrengados pero con una sonrisa en la boca, abandonamos la Caja Mágica, que tuvo a bien hacer a su nombre y ofrecernos algunos momentos para recordar toda la vida.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
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