Escritos sobre música





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Quique González en la Feria

~ domingo, julio 06, 2014 ~


Crónica del concierto de Quique González en Gijón el 5 de junio de 2014


Los seres humanos, estos monos descendidos de los árboles de África que tuvimos que apañárnoslas mejorando el ingenio para que no nos comiesen las fieras, hacemos cosas increíbles, pero todavía no hemos dominado el arte de predecir el tiempo. Lo sabemos bien los de Gijón: cuántas veces el hombre del tiempo —bueno, la página web de la AEMET— anuncia lluvia y luego hace un sol de lujo. Así fue ayer: según la predicción, 100% de probabilidad de lluvias; la realidad, calor y buena música.

El concierto era en lo que los de la ciudad llamamos "la Feria", porque es el recinto donde se lleva haciendo desde hace más de 40 años la Feria Internacional de Muestras de Gijón, un lugar lleno de tradiciones: el bocata de calamares, el día de la Caja (¿será ahora de Liberbank?), ir a pedir pegatinas de guajes a todos los stands... Sin embargo, el evento que se celebraba era una novedad: el Festival Media de Cultura y Entretenimiento de Gijón Metropoli. El nombre me parece estúpido (o, más probablemente, el estúpido soy yo): ¿cómo se analiza sintácticamente eso de "Festival Media"? No me convence tampoco el que coincida en el tiempo con la Semana Negra. No me podía explicar por qué lo habían hecho así hasta que un amigo me lo contó: como la Semana Negra se asocia con el anterior partido político que gobernaba en Gijón, el de ahora ha querido hacer algo alternativo. Debo de ser un iluso porque me parece que para la ciudad sería mejor que no fuesen los dos a la vez y creo que los políticos deberían intentar hacer lo mejor para la ciudad.

En cualquier caso, me gustó llegar y en la cola encontrar a tanto friki junto. Me gusta la gente que tiene pasiones y se atreve a exponerlas. No como yo, que tiro de pseudónimo.

El Metropoli, al final, es algo así como una convención de cómics. Por mucho que quieran distinguirla de la Semana Negra, es más o menos lo mismo: hay dibujantes firmando y hay exposiciones, pero la mayor parte del espacio está reservado a los bares. Porque parece que a los de Gijón es lo que más nos gusta, como no puedo dejar de observar con tristeza: van cerrando locales por toda la ciudad, signo del declive demográfico, pero abren nuevos bares.

En cualquier caso, es un lujo poder ver a Quique González por 1,5 euros. Hace una semana exactamente me lo encontré como invitado en un concierto que tenía un precio muy distinto: 45 euros para el espectáculo de Bunbury en el Palacio de los Deportes de Madrid. Ciertamente, el despliegue de medios de Bunbury era muy distinto.

Pero antes de hablar del concierto de Quique, quiero reflexionar a partir de la música de los teloneros, Destino 48, un grupo de Gijón que no oculta su pasión por la obra del protagonista de la noche y el rock de toda la vida. El otro día Bunbury presentó a Quique como el mejor compositor de su generación y una de las voces más importantes. Creo que tiene razón. Aunque hay mucha gente que no lo conoce (hablando con un amigo de un amigo en el mismo sitio del concierto una hora antes nos decía: «toca un tal Quique González», que no le sonaba de nada) creo que su música ha tenido una gran influencia. Somos muchos los que hacemos canciones intentando emularle. Eso me parece bueno, una muestra de su influencia en la cultura española. Sin embargo, emulando a otro artista se corre el riesgo de caer en el artificio vacío.

Recuerdo que, cuando escuché por primera vez a Quique González en el Ambigú de Diego Antonio Manrique, me pareció que estaba bien pero que no era muy original. Era rock de toda la vida, algo como lo que hacía Revolver. No me deslumbró ni me hice fan inmediatamente. Pero algo quedó y meses después quise volver a escucharlo y, poco a poco, se fue metiendo en mí y empecé a apreciar sus aportaciones originales. Sí, había influencias obvias, por ejemplo, A veces se me olvida o Los conserjes de noche, incluso Se nos iba la vida, tienen mucho de las "canciones inventario" de Sabina, o la música del estribillo de No te arrepientas recordaba a la del de Like a Rolling Stone, pero detrás estaba también una sensibilidad única (permítaseme esta expresión un poco cursi, no se me ocurre nada mejor). En las letras se mostraba una habilidad sutil pero cierta de evocar sentimientos e imágenes. Cuando cantaba: «y el amor es la moneda que dejamos siendo niños en la vía del tren / y tu cama la autopista que incendiamos no tan jóvenes» no estaba muy claro de qué hablaba en concreto, pero en mi cabeza aparecían imágenes concretas, casi hasta el fundido de la vía del tren con la autopista, y aparecía el sentimiento de magia, pasión e inocencia del primer amor.

Y Quique creó un imaginario nuevo para el rock español. Sí, Sabina ya había cantado a muchas camareras y Sabino le había escrito a Loquillo sobre la autopista, pero en Quique venía de otro sitio, del rock americano, de los poetas de la generación beat y del realismo español de Ángel González y García Montero. Era una receta nueva. Quique creó un imaginario nuevo, por supuesto, con muchas influencias porque, por mucho que se empeñen los fundamentalistas de los derechos de autor, la cultura es resultado de la evolución y tiene un alto componente de autoría comunitaria.

Alguna vez, hace muchos años, pensé en escribir un texto hablando de ese imaginario. No lo hice, pero ahora mismo me está tentando hacer un resumen. Están las camareras y las autopistas, los hoteles, los aviones, los viajes en general, el pasado como un lugar mítico donde tuvieron lugar los días de gloria o el amor verdadero, que nunca es el que está aquí (Aunque tú no le sepas habla de un amor perdido que ni siquiera fue consumado), el boxeo, los coches, las gafas de rock... No hay nada especialmente original tomado por separado. Es la consistencia en el uso y la habilidad para emplear la imagen en el momento correcto lo que tienen valor. Cuando escribe «La violencia densa de un poema de Bukowski en la encimera» el simple uso de esa última palabra, el mezclar el mundo lejano de la América oscura con una cocina española, es lo que hace que el verso se quede.

Hay un artículo de Carmen Martín Gaite que está recogido en Agua pasada en el que hace una crítica de El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina. Lo leí hace muchos años, así que puede que me equivoque ahora al recordarlo, pero con lo que me quedé fue con esto: Martín Gaite decía que las novelas anteriores de Muñoz Molina (Beltenebros y El invierno en Lisboa) tenían el problema de que surgían básicamente de un mundo irreal, de la imitación de las películas y las novelas que el escritor tanto amaba, mientras que en El jinete polaco había por fin metido su propia experiencia y así había logrado mejores resultados. Tengo la sensación de que eso pasa con muchos emuladores de Quique González: enamorados de su imaginario, lo utilizan para sus propias canciones, pero no resulta, no dejan de ser más que tópicos, pastiches. Es muy difícil hacer del collage un arte mayor.

Quique también utiliza ese material que surge de las obras de arte que ama, pero desde siempre le ha añadido su propio material. Sus autopistas acababan en Conil de la Frontera porque él había viajado a Conil de la Frontera. Bukowski no estaba en California, sino en la encimera de un piso de la calle Salitre de Madrid. La pandilla que recuerda en Cuando éramos reyes corría por Madrid detrás de un balón. La rubia que tiene un día libre está en un bar donde tienen se puede leer el As... Y así, metiendo su vida sobre esos materiales ajenos, mete la nuestra.

No he prestado suficiente atención a las canciones de Destino 48, así que no puedo juzgar con seguridad si son como otros, pero la impresión que me dieron era que, como a muchos, les falta ese punto de originalidad que hay en la obra del madrileño. A veces me veo tentado de utilizar la palabra «autenticidad» para describir lo que veo en Quique, pero no es eso. Por un lado, en el fondo, el arte es siempre un artificio («El poeta es un fingidor» y todo eso); por otro, creo que todo lo que ponen es auténtico, es realmente suyo, porque lo que amamos lo hacemos nuestro. Pero a mí, como espectador cuarentón que ha escuchado mucho rock y no tiene ningún interés en las camareras ni en la vida imaginada de las estrellas del rock, no llega a tocarme por dentro.

En definitiva, Destino 48 me pareció que sonaban muy bien, que ponían mucha convicción, que lo dieron todo, desde el vestuario a los coros, pero no son para mí. Sin embargo, había bastantes jóvenes cantando sus canciones, lo que me resultó curioso...

Aquí va otra digresión, un tema sobre el que pienso bastante últimamente: el rock es una música de viejos. Ayer se conmemoraban 60 años de las primeras grabaciones de Elvis. Cuando yo tenía 15 años, en el año 1988, la música de 60 años antes, la música del 1928, era el charleston o la copla, algo que para mi yo adolescente resultaba casi tan arcaico como las pinturas rupestres. ¿Qué sentido tiene que los jóvenes de hoy sigan utilizando un lenguaje que crearon jóvenes que hoy son ancianos, si no están muertos? Desde el propio timbre de una Telecaster pasada por un Twin Reverb, todo el rock es arqueología. Odio la música electrónica, pero entiendo que es el sitio por el donde tienen que expresarse los jóvenes hoy.

Entiéndase, no quiero decir que sea imposible hacer música actual basándose en el rock, pero no se puede hacer exactamente igual que si no hubieran pasado 60 años, y más teniendo en cuenta la aceleración de la historia, la revolución tecnológica que es el signo de nuestros tiempos. El amplificador de válvulas es una tecnología que quedó obsoleta con el circuito integrado, que Jack Kilby patentó en 1958 y explotó comercialmente en los 70.

Los Rolling Stones están muy bien, pero no cogieron las canciones de Muddy Waters y las hicieron igual. Crearon nuevos sonidos con la tecnología del momento, nuevas formas musicales, nuevos temas en las letras...

En fin, debe de haber algo en lo que me equivoco, porque no lo acabo de entender y, además, ya lo he dicho, yo odio la música electrónica aunque cuando yo era joven los sintetizadores dominaban la radio (y entonces me gustaban). Otra digresión: me gusta la música que suena a natural aún siendo consciente de "la falacia de lo natural": una guitarra eléctrica es una máquina creada por el hombre, incluso una guitarra española también lo es. La música hecha con circuitos digitales no es menos natural que la hecha con cuerdas de acero.

***

Cuando empecé a escribir esta mañana, simplemente iba a hacer una crónica del concierto de ayer. Me he liado intentando plasmar cosas que me rondan por la cabeza. Bueno, para eso está este blog: para escribir sobre música.

Voy ahora con el concierto de Quique. Salieron a las 10:10 y empezaron con Suave es la noche. Nosotros estábamos en segunda fila y a nuestro alrededor la mayor parte de la gente tenía 20 años menos, aunque también había alguno de nuestra generación. Quique lleva una camiseta negra con una radiografía de una mano levantando un dedo. El chaleco sólo dejaba leer parte del texto superior: "AY ROCK". ¿Sería "GAY ROCK" en homenaje al orgullo gay? No, ponía "RAY ROCK", probablemente en homenaje a la radiografía y su reciente accidente en la mano.

La banda es la que ha acompañado a Quique desde la publicación de Delantera mítica: la sección rítmica de Señor Mostaza, Edu Olmedo a la batería y Alejandro Climent «Boli» al bajo; Edu Ortega al violín, guitarras y mandolina; y Pepo López a las guitarras y mandolina. El sonido no tenía la calidad de un teatro. La voz de Quique se oía muy bien, pero el bajo no tenía definición y algunos solos se quedaban bajos, o al menos así era donde estábamos. Pero me alegro de poder escuchar a Quique en este tipo de recintos: los teatros no son para el rock, aunque a mí me gustan mucho para escuchar el repertorio intimista.

Con muy bien tino, Quique escogió entre sus canciones las más cañeras. Tras Suave es la noche sonó ¿Dónde está el dinero?, si no recuerdo mal. En la primera parte también sonó un 39 grados con poema de Bukowski incluido (con un pequeño cambio: el delgado volumen de poemas de Rimbaud pasó a ser atribuido al propio Bukowski) y le dedicó a Alfredo Di Stefano Parece mentira (hoy me entero de que es noticia que está enfermo). Fueron sucediéndose canciones y guitarras (Quique creo que cambió en todas las canciones), mandolinas y violines. Sonaron Restos de stock (donde dijo algo del Rey detenido por la Guardia Civil), Me lo agradecerás (en la frase de los hinchas, Quique señaló El Molinón, que estaba justo al lado del escenario), Cuando éramos reyes, Salitre 48 (sin duda, una de las más coreadas), Kamikazes enamorados, Palomas en la Quinta, Te lo dije (con Quique de rodillas mientras el público hacía palmas al ritmo de Bo Diddley), Hotel Los Ángeles (Quique sin guitarra)... No recuerdo exactamente cuáles fueron antes del primer bis, que llegó muy pronto, a la hora de concierto, pero fue muy largo para un bis: hicieron Dallas Memphis (Quique con acústica y armónica), Miss Camiseta Mojada, alguna otra, tal vez de las que enumeré antes, y cerraron con Vidas cruzadas. Hicieron amago de despedirse todos juntos y hasta empezó a sonar la música, pero sin llegar a bajarse del escenario volvieron a coger los instrumentos y acabaron con Y los conserjes de noche.

Se me hizo corto, y eso que me quedé afónico a la mitad. El concierto fue una fiesta y eso era lo adecuado para un día de Feria.

***

Aquí dejo unas fotos a modo de testimonio. Están ordenadas cronológicamente.

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Un atractivo incomprensible

~ sábado, junio 14, 2014 ~

A veces amas sin saber por qué. Eso me ocurre a mí con Visions of Johanna, la tercera canción en el Blonde on Blonde de Dylan. No sé de qué habla. El bajista se equivoca escandalosamente. Varias veces. El sonido de la guitarra tiene un punto irritante y la ejecución no es precisamente impecable. El estéreo de la mezcla, muy propio de aquellos años, es aberrante, con la batería enteramente a un lado excepto el ride, o tal vez sea un plato que toca alguien, porque se puede escuchar un redoble sobre la caja usando las dos manos mientras suena ese plato.

No creo que la letra tenga realmente sentido. Son sólo un conjunto imágenes irracionales provocadas por la droga. Y yo amo la razón. Pero muchas veces la escucho en bucle, hipnotizado y cuando quiero explicar la melancolía y por qué la eternidad no es ni siquiera deseable, me salen estos versos:

Inside the museums,
Infinity goes up on trial.
Voices echo, this is what
Salvation must be like after a while

En fin, no lo entiendo. Pero ahí está.

Bob Dylan: Visions Of Johanna video: Ron Talley from Ron Talley on Vimeo.

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Una antigua picadura

~ sábado, marzo 22, 2014 ~

Eran tiempos más sencillos, cuando la música se dividía en sólo dos tipos: el rock duro y la basura; cuando sólo tenía 6 horas de clase y el resto del día era para mí; cuando pasaba de tres de la tarde a doce de la noche metido en mi habitación escuchando música y leyendo libros, porque todavía no había Internet y ni siquiera sabía tocar: sacar sonidos de una guitarra era para mí una ciencia extraña, un arte mágico que soñaba con dominar, como quien sueña con volar...

Era un tiempo de escuchar pocos discos muchas veces, porque no había dinero ni descargas gratuitas. Por fortuna, había cintas y mini-cadenas de doble pletina. En una de esas cintas yo tenía grabado, probablemente copiado de mis primos, el World Wide Live de Scorpions. Ayer me dio por poner Holiday, para tocarla a la vez. Era una canción con arpegios que, cuando empecé adentrarme en el arte de la guitarra, me parecía muy difícil e invertí muchas horas intentándola. La seguía teniendo más o menos en la cabeza, pero había algunos detalles que no recordaba; por eso la puse. Pero casi no la escuché: directamente fui tocando sobre ella.

Eso me pasa mucho ahora: a veces, cuando en alguno de los  grupos en los que estoy deciden tocar una canción que no conozco, ni siquiera la escucho una vez antes de ponerme a intentar tocar encima. Incluso cuando no estoy intentando sacar una canción, estoy diseccionando lo que escucho. Una vez fui niño y disfruté de los trucos de los magos; ahora que aspiro a ser mago, ya no puedo disfrutar inocentemente de la magia.

Así fue en parte ayer escuchando a los Scorpions: después de haber tocado Holiday, me dio por poner otras canciones sólo para escucharlas. Por supuesto, no pude evitar la biopsia: qué cantidad de reverb, qué separadas están las dos guitarras en dos canales, cómo está continuamente presente el público, cuánto habrá regrabado, cómo son los solos —donde detecté arpegios, tópicas subidas y bajadas por escalas, picados de púa—, cómo es la estructura de la canción, los ritmos de la batería, los riffs del bajo, los lugares comunes de las letras...

Excepto en aquel tiempo sencillo cuando me consideraba a mí mismo heavy, siempre me he sentido en tierra de nadie musical. Toco con gente que sigue siendo así, despreciando lo que no sea rock, y mejor si tira al heavy, y con gente que desprecia los tópicos de la música pesada, las guitarras rápidas, las distorsiones exageradas, las reverbs de larga cola, las palmas o los cuernos junto con el bombo, y con gente que piensa que los que no saben tocar así no saben tocar y la música que hacen es ruido, y con gente que piensa que en los 80 no se hizo ni una canción buena... Y ahí estoy yo, gustándome muchas de esas cosas que otros ven contradictorias.

Así, escuchando los tópicos del heavy ochentero en las canciones de Scorpions, escucho las críticas que alguno de mis amigos podrían hacerles. Y yo no me siento especialmente un seguidor de los alemanes, pero escuché mucho ese disco en aquellas tardes de mis quince años y hoy, mucho más de quince años después, sigo creyendo que tienen valor, que tienen magia. Aunque ahora vea dónde esconden el conejo blanco que parece surgir de la nada.

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Lo que realmente escuchan los jóvenes ahora

~ sábado, enero 18, 2014 ~

A partir de este artículo he escuchado a Kiko Rivera, Henry Mendez, Abraham Mateo y Juan Magán, por ver lo que les gusta a los jóvenes ahora. El último fue el único que no me molestó (el autotune como efecto vocal, casi como vocoder, que utiliza Kiko Rivera es algo que, directamente, me crispa). Es todo música de baile, la mayor parte con toques latinos (imagino que reggaeton) y todos con toques electrónicos.

No me gustó, claro, porque odio la música electrónica, pero no me pareció peor ni muy distinto de lo que sonaba en las discotecas cuando yo era joven: el acid, Chimo Bayo, el bakalao y todo aquello. Música de baile para tiempos modernos.

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El más triste de los hombres

~ miércoles, noviembre 27, 2013 ~

Hoy me iba a acostar pronto. A las 11. Pero a las 11 menos cinco me dio por poner una canción de Justin Currie. Y hasta ahora.

Necesito ser breve pero necesito copiar alguna de esas sentencias que parecen escritas por un hombre que se odia y odia al mundo a solas:

Safe in the fortress of your home,
remember: you'll always walk alone.

Van tres veces que escucho No surrender. La forma en la que se encadenan las sílabas, con un flow que ya querrían para sí muchos raperos, y con cada frase una imagen como una fotografía que recoge el momento preciso, cuando el cañón de la pistola se apoya en la cabeza de la niña:

First class passengers file on last after the scum are packed in with their tax-free loot.

Y qué decir de The Figth to Be Human, 8 minutos 17 segundos marcados por el tic tac de un reloj y una armonía mínima y repetitiva, con un estribillo que insiste, como cabeceando, I hate the world they gave me, I hate the world they gave me... Así se presenta por primera vez esta tragedia:

I try to be truthful- or I think that I try
I may not be useful but at least I'm alive.
And millions of letters spill into the hive
And all of them worthless
Except for this line:

I hate the world they gave me,
I hate the world they gave me

Otra favorita:

My body’s a riot, my mind’s the police

¿Y esta?

I used to believe in the goodness of man
But not anymore since I became one of them

O esta:

I wish I had done something good for the race

Justin dice en No surrender:

Should you stand and fight, should you die for what you think is right
So your useless contribution will be remembered?
If you're asking me I say no, surrender.

Y aquí, en el fuerte de mi soledad, yo pienso en personas lejanas que sufren y que, a pesar de todo, no se rinden.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:51 p. m. | Comentarios (0) | Referencias

Un agujero en el cielo

~ domingo, agosto 25, 2013 ~

Hoy he vuelto a escuchar uno de esos discos que ha marcado mi vida: "Un agujero en el cielo", y he necesitado hablar de él.

Que un disco recopilatorio sea tu favorito de un artista probablemente demuestra falta de criterio, y más si estamos hablando de gente como Esclarecidos, que creo que entendían cada disco como una obra conjunta y no sólo una colección de canciones. Pero a mí no me gusta el arte, ni siquiera la música: a mí lo que de verdad me gustan son las canciones.

Estas llegaron a mi vida en un CD de portada blanca con el dibujo de una silla en extraño equilibrio sobre unas pinceladas azules y aunque llegaron todas juntas, yo las fui dejando pasar poco a poco. A algunas las dejé quedarse a vivir para siempre y ya no podría vivir sin ellas, porque yo, lo que sea que soy yo, no existe sin ellas; otras tienen las llaves para volver cuando quieran; pero también hay algunas que no quiero volver a ver.

Creo que las primeras invitadas fueron dos canciones que ya conocía: Por amor al comercio y Arponera. Empecemos por la primera porque es precisamente por la que me ha dado por volver a poner el disco hoy: uno de los objetivos de mi irrelevante vida es aprender a tocarla al piano y lo suelo intentar siempre cada vez que me siento frente a las teclas.

Por amor al comercio es una canción pop que tiene arreglos de música clásica: el centro son unos arpegios de piano arropados por las cuerdas y un bajo que, por una vez, en lugar de apoyarse en la batería, se apoya en el piano. Tal vez a alguien le pueda parecer cursi o le pueda resultar excesiva la grandilocuencia y la reverb. Yo opino que es belleza pura, y siento no poder expresarlo de una manera menos cursi y sin utilizar un adjetivo tan vacío como "pura". Podría utilizar "total", "perfecta" o cualquier otra variación. En el fondo, lo que quiero decir es que tengo la sensación de encontrar directamente con una de esas Ideas que imaginó Platón, no con las sombras de la caverna, sino con la-cosa-en-sí a lo Kant. Y perdón por pasar de la cursilería a la pedantería.

Sea lo que se sea, lo que quiero decir es que me conmueve. Y probablemente sea porque encima de ese colchón almibarado aparece la voz de Cristina Lliso, con un punto lacerante, metálico, que choca con la blandura de la música pero que es lo que hace finalmente que las palabras dejen de ser meros artificios para atravesar el corazón o, sin tanta metáfora manida, para causar en el cerebro que se produzcan emociones que a través del sistema nervioso pasen a todo el cuerpo.

Sólo esa voz puede pronunciar esas palabras, de una poética contemporánea, irónica, que sin embargo no deja de decir lo que han dicho todos los poetas desde que existen: que hay dolores muy grandes.

Me encanta que en medio de la grandilocuencia se hagan chistes jugando con los silencios de la melodía que yo imagino como encabalgamientos en los versos que nunca son una canción cantada pero que de alguna manera hay que transcribir:

El dolor de cabeza que me protege cada noche,
que me nubla la vista y me quita las ganas de beber,
de beber fantasías excitantes
y nada más excitante que trabajar
en tus caricias.


Y luego el estribillo que también toma distancia irónica y dice que el sujeto de la canción va a cruzar un puente y va a cuidar ese dolor «por amor al comercio» y no porque, como descubre la siguiente estrofa, el sujeto no existe, sólo campa por ahí, sin el sujeto objeto de las caricias.

Me estoy sintiendo gilipollas: parece que quiero explicar un chiste, cosa que nunca debe hacerse. Pero tal vez yo también escribo por amor al comercio, inevitablemente, porque no soy si no intento cruzar el puente hacia ti, lector, si existes.

Esta sensación de estar haciendo el tonto me viene muy bien para enlazar con la siguiente canción, Arponera: nunca olvidaré el día, ya muy lejano (todavía vivía en casa de mis padres, así que han pasado mínimo 13 años), en el que se la puse a un amigo al que aprecio muchísimo y con el que he compartido mucha música, intentando en aquella tarde compartir con él mi fascinación por la canción; pero mientras escuchábamos las ondas que salían de los altavoces de la cadena Philips yo sentía que no era para tanto, que ese sobrecogimiento que me provocaba cuando la escuchaba a solas, encerrado en los cascos, era inmerecido y que era lógico que él, como ocurrió, no lo sintiera. Entonces aprendí a no intentar compartir, no por ruin tacañería, sino porque hay algo incompartible que, además, se puede perder fácilmente en balde, sin que nadie lo gane a cambio. Tal vez «en mi soledad veo cosas muy claras que no son verdad», pero si esas cosas son la belleza, aunque sea mentira —no, probablemente no sea la Idea de Platón, sino sólo sombras—, mientras no haga daño a nadie, mejor conservarlas.

Pero aquí estoy, explicando el chiste, intentando compartir, por amor al comercio, por locura o porque los seres humanos somos así, o yo al menos...

Hoy, pasado el escozor de aquella lejana decepción, Arponera me sigue pareciendo una canción hermosísima. La metáfora feliz del título, en la voz de ser inaccesible de Cristina Lliso, con su pronunciación de Giblartar extranjerizante, captura perfectamente la necesidad de pescar los sentimientos de otros, ese fantástico ámbar gris de los cachalotes que yo no sabría que existía si no fuese por la canción.

Entremedias de estas dos canciones, que son la 11 y la 13 del CD, hay una tercera que solía escuchar en aquellos tiempos: Unas congas y un café. Me parece una obra menor comparada con estas dos obras maestras, pero me sigue seduciendo, empezando por la armonía, que no sé analizar, y ese «como tú no me ha tocado nadie, nadie, nadie...» que captura un momento casi de porno con jazz de fondo, un momento de los años 80, una producción que ahora puede sonar tan desfasada como los cardados de aquella década, pero que en el fondo no deja de reflejar una pulsión humana ajena a modas. Y me gustan también mucho estas dos imágenes: «la música callará el ruido de la calle» y «por la noche, cuando la luz se cae de techo»...

No estoy seguro, pero creo que las dos siguientes canciones a las que acogí para toda la vida fueron las dos primeras del disco. Si no me equivoco (podría comprobarlo en Internet pero no quiero perder el flujo que después de tanto tiempo me lleva a escribir a pesar de la conciencia de la futilidad de este acto) son las dos únicas canciones que grabaron ex profeso para el disco.

Empecemos por la que da título y abre el álbum: Un agujero en el cielo. Creo que ya he hablado aquí de la fascinación que me produce la batería inicial. Cualquiera que la escuche puede escuchar un sencillo 4x4. Sí, no es más que eso. No hay ritmos raros sobre el papel, no hay malabarismos reservados a unos pocos virtuosos y, sin embargo, es una de mis baterías preferidas de toda la música que conozco por una razón: me parece que respira, la siento como un ser humano, no un instrumento musical sino un corazón con la sístole del bombo y la diástole de la caja y la respiración del charles.

Luego entra un piano eléctrico con su sonido artificial evoca perfectamente el cielo, un cielo moderno, de los tiempos de la electricidad, lo que en siglos pasados habría evocado un arpa.

Y luego llega la voz y la letra:

Nunca vuelvas a pensar
que lo nuestro
no tiene
solución,
porque vamos a escavar un agujero
en el cielo,

Nuevamente un juego irónico con aquello que parecía uno de los mayores problemas de la humanidad en aquellos tiempos: el agujero en la capa de ozono. Pero aquí ese agujero en el cielo se transforma en un refugio para dos amantes:

porque vamos a trepar tierra adentro,
vamos a luchar hasta caer muertos
y, al final, en la habitación sólo se escuchará el eco
de un jadeo

En medio de esa estrofa entra el bajo: curioso momento para aparecer. Y es también otro ser vivo y no sólo un instrumento.

Entonces, la historia que nos estaba contando la voz queda interrumpida por un interludio instrumental que empieza con un solo de saxofón, pero luego sigue haciendo una de las descripciones más sensuales e impresionistas de una relación sexual y amorosa que se han hecho:

y un suave perfume que sólo tú y yo sabremos
apreciar.

Con tan pocos elementos la canción consigue meternos en un momento en la vida de dos personas, sólo sugiriendo...

La otra canción grabada ex profeso para este CD es Cielo (Heaven), una versión de un original de Talking Heads que no conozco. Igual es todavía mejor, pero no me hace falta conocerla: la canción de Esclarecidos se aguanta sola. La letra tiene otro chiste: resulta que el cielo es un bar. Seguro que muchos se lo han imagino así. Es un bar al que todo el mundo intenta llegar, con una banda que toca tu canción.

Pero la canción habla de un drama: el cielo es un infierno, porque en el bar nunca pasa nada y, sobre todo, porque «es duro imaginar / que nada pueda ser / ni tan excitante / ni tan fuerte».

Por aquellos años yo estaba obsesionado con La vieja sirena de José Luis Sampedro, donde venía a decir que la muerte era lo que daba sentido a la vida: si el tiempo fuese infinito, no tendría sentido hacer nada porque nada importaría, todo podría dejarse para después porque siempre habría tiempo, todo se habría repetido de la misma forma infinitas veces porque el tiempo sería infinito, como apunta la canción. En aquellos años, llegó a consolarme esa idea de que es mejor que la vida sea finita. Ahora que no encuentro descanso dentro de este escepticismo vital que me inunda, ya no lo veo tan claro: sólo somos genes egoistas y todos los sentidos que veo en las canciones sé que no son más que trampas o subproductos de los mecanismos que esos genes ponen para perpetuarse, así que, en el fondo, da igual durar que no durar.

Y si hay que hablar de tristezas, hay una canción en el disco, ¿Por qué?, que contiene la frase que describe la tristeza más definitiva: «Es imposible volver a sonreír».

La música es amable, pero la letra, en las antípodas de otras letras de encuentro entre personas que he comentado hasta ahora, habla de la frustración porque todo no puede ser como ayer. Me gusta muchísimo el verso que dice: "¿Por qué no dejamos de hablar de culpables?". Curiosamente no me gustan los dos que le siguen:

Nadie es culpable de que no le guste el té
o de andar con los pies

Hay algo ripioso que no funciona. Pero la idea me parece que es importante: hay cosas que no admiten culpa, y muchas veces perdemos demasiado tiempo buscando culpables en lugar de mirar hacia adelante.

Pero luego, esa frase otra vez: «Es imposible volver a sonreír». Y en la vida a veces pasan cosas que me hacen pensar eso.

Me gustaría hablar de otras canciones, pero ya es muy tarde y esto es muy largo. Si otro día encuentro las ganas, hago una segunda parte. Hoy, a estas horas, mi soledad está acompañada por el sueño y las ganas de dormir me hacen ver más monstruos que belleza.

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Solos de "No es tan malo ser un perdedor"

~ domingo, junio 16, 2013 ~

Una de las cosas más frikis que he hecho: un tutorial de cómo tocar una de mis canciones, No es tan malo ser un perdedor.




Me gusta mucho el sonido de guitarra y los dibujos que hice en su momento. Hace unas semanas quise volver a tocarlos y no sabía, así que tuve que sacarlos como si fuesen canciones de otro. Para que no se me vuelvan a olvidar, he hecho este tutorial.

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