Escritos sobre música




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Espejismo nº 9 en la Riviera

~ domingo, febrero 15, 2026 ~

Crónica del concierto de 091 en La Riviera de Madrid el 14 de febrero de 2026

Todo vendido para ver a "Los Cero" en la Riviera. Gente mayor, algunos con sus hijos. Gente muy fan. Empezaron fuerte, con "2000 locos" y "Zapatos de piel de caimán" como segunda o tercera canción. Luego introdujeron varias del disco nuevo, "Espejismo nº 9". Eso bajó un poco la emoción. Como dijo Lapido, en lo poco que hablaron, esperaba que fuesen en el futuro clásicos. Todavía no lo son, pero yo les veo la misma calidad de siempre. Sólo había escuchado el disco una vez, así que no conocía mucho. Pero me llamó la atención que me pareció que había un par de canciones de amor. En otra de las pocas intervenciones entre canción y canción, Lapido presentó la preciosidad que es "Ven en forma de nube" diciendo que se podía aprovechar que era 14 de febrero para bailar con la pareja.

En esa parte del concierto, el sonido tenía algún problema. Fue mejorando y la parte final, con las clásicas, ya sonó de lujo. Hicieron canciones esperables como "Sigue estando Dios de nuestro lado", "La noche que la luna salió tarde", "Otros como yo" (creo que mi favorita de su repertorio), "La calle del viento" o "Huellas", pero también alguna que me sorprendió, como la psicodélica "Cómo acaban los sueños"  o la preciosa "Un hombre con suerte".



Hicieron dos bises. Uno lo empezaron con "La canción de espantapájaros". En el otro hicieron "Qué fue del siglo XX" para acabar con "La vida qué mala es".


Es curioso porque es uno de los grupos de mi vida, pero sólo he escuchado enteros dos discos de ellos: "Tormentas imaginarias" y "Todo lo que vendrá después", y hay algunos clásicos, como "La torre de la vela" o "Esta noche" que los tengo poco trasegados. Pero esos dos discos que menciono no sólo los he escuchado: los he tocado mucho. Hace ya la friolera de 16 años ya hice un homenaje en YouTube.

Lapido me parece uno de los más grandes escritores de canciones en español y me sigue sorprendiendo su capacidad de juntar palabras nuevas. Y su Gibson SG suena como un tiro. Ayer lo volvió a demostrar, perfectamente compenetrado con Víctor.

También me sorprendió la voz de José Antonio García: totalmente en forma.


En definitiva, un conciertazo de rock a la antigua usanza, sin claquetas ni grabaciones, sin atrezzo sobre el escenario ni fuegos artificiales, sólo con música y canciones. Y es un placer saber que hay otros tantos como yo que las aprecian como algo fundamental en su vida.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
8:49 a. m. | Comentarios (0)

El joven viejo loco

~ sábado, julio 02, 2016 ~

Crónica del Mad Cool Festival, 19 y 20 de julio, Caja Mágica, Madrid

Introducción innecesaria, como todo lo demás

Por alguna razón que no llego a entender, los festivales se han convertido en una de las formas más rentables de negocio musical. Tal vez sea precisamente por lo que no es la música: por la posibilidad de unir a las propias notas eso que llaman “una experiencia”, algo que compartir con otros, eso tan necesario para esta especie gregaria que somos los humanos.

En este ambiente burbujístico ha aparecido un nuevo contendiente: el Mad Cool Festival, en la capital de este todavía rancio Reino de España. No sé si este florecimiento festivalero se da al mismo nivel en otras partes de Europa; quizás tenga que ver con la única industria en la que somos punteros: el turismo. Y es que lo bueno de tener un festival en una localidad da una razón para visitarla a mucha gente, incluso a la que no suele ir a conciertos: en los festivales también se puede comer y beber, y a quién no le gusta lo uno o lo otro…

Pero a mí me gustan también los conciertos, esos rituales comunales donde mi misantropía cede, tal vez un eco en mis genes de esa costumbre atávica que hace tribu e hizo a mis antepasados sobrevivir en este mundo inhóspito donde los asociales estamos condenados a la extinción si no conseguimos vencer nuestras tendencias. A mí me gustan los conciertos y la posibilidad de ver a Kings of Convenience, 091 y Neil Young era muy atrayente, aunque tengo que confesar que su música no sería suficiente para romper mis resistencias si no se sumase un atractivo mayor: encontrarme con un ser mucho más loco por los conciertos que yo. Así acabé en el Mad Cool Festival.

Por motivos laborales, no pude ir el jueves, aunque me hubiese gustado ver a los Who, a quienes no he escuchado mucho hasta recientemente, que estuve adentrándome en algunas de sus canciones para tocarlas con Melomanía, y también ver a Morgan, la banda de la chica de delicada voz rasposa. Compré, así todo, el bono de tres días, extrañado de que saliese más barato que comprar entrada sólo para dos; luego lo comprendí: el negocio no es tanto la música como la comida y la bebida. Sólo así se explica que por el precio que se puede pagar por ver a un artista del caché de Neil Young puedas ver a otros 15; potencialmente, eso sí, porque es físicamente imposible verlos a todos a no ser que seas capaz de desdoblarte.

Como no fui el jueves, no sufrí los problemas de descoordinación y los fallos informáticos (que siempre son fallos humanos, de mala planificación, mal diseño o mala implementación). Así todo, como Ingeniero en Informática, me llama la atención ese uso combinado de móviles y tecnologías RFID para pagar. Lo hace más incómodo para los asistentes, pero, una vez que funciona, imagino que les hace la vida más fácil a los organizadores.

Viernes

Pero vayamos a la música: empezamos yendo a ver a Carmen Boza en uno de los pabellones cubiertos. No son los sitios con mejor acústica del mundo, pero se oía razonablemente bien. Me sorprendió lo que vi: por lo poco que había visto de Carmen Boza, me imaginaba que iba a ser un concierto con ella tocando una guitarra acústica en modo cantautoril; lo que me encontré fue con un power trio, con una muy solvente sección rítmica y con ella haciendo de maestra de las seis cuerdas, yendo más allá de los rasgeos tópicos, jugando con muteados, riffs y delays. Tengo que escuchar lo que ha grabado porque siempre hay que investigar a quien se sale de lo trillado: tal vez haya belleza nueva por disfrutar.



A continuación fuimos a ver a Kings of Convenience. Ellos saben mucho de belleza y utilizando unos recursos muy limitados: guitarras acústicas y armonías vocales. Pero a veces no hace falta más: su música me ha acompañado muchas noches y me ha ofrecido un placer de dioses. Nos dirigimos al pabellón correspondiente, que estaba muy cerca, nada más acabar el concierto de Boza, pero así y todo nos encontramos con uno de los problemas del festival: aunque se deben de vender más de 30000 entradas cada día, en esos pabellones no creo que entren más de 3000 personas, así que como muchos tengan la misma idea que tú, no vas a poder entrar.




Nos pusimos a hacer cola para acceder a pista hasta que nos dimos cuenta del problema es que el aforo estaba controlado y sólo dejaban entrar a alguien cuando una persona abandonaba el recinto. Decidimos entonces optar por ir a las gradas y menos mal que no tardamos demasiado: nada más atravesar la puerta, la cerraron y empezó también a estar racionado el acceso a las gradas. Tengo que decir que me parece en cierto modo un timo que te vendan una entrada diciéndote que puedes ver ciertas cosas pero luego todo dependa del albur, pero, por otra parte, agradezco que los aforos estén bien controlados y que se cumplan las medidas de seguridad.

Yo no me imaginaba cómo podía funciona Kings of Convenience en un festival: su música es para teatros, para escuchar con recogimiento fervoroso y no con el espíritu expansivo que suele acompañar al público que acude a este tipo de eventos multitudinarios. Y así fue cuando entramos: al principio el público estaba haciendo demasiado ruido para la música de los noruegos. Pero su música posee una belleza tan sobrecogedora que logró el milagro: poco a poco se fue apagando el ruido constante y sus dos voces casi susurradas se impusieron a la masa. No pude escuchar ni “Homesick” ni “Caiman Island”, dos de mis favoritas, pero sí “Love Is not Big thing” y otras cuantas maravillas, incluso algunas que no conocía.

Con el alma reconfortada por la dosis de siempre escasa belleza, nos fuimos a la siguiente parada: Michael Kiwanuka. Pero aquí ya había cola hasta para las gradas, así que decidimos ir a comer, porque todavía quedaba mucha noche por delante y había pocos huecos entre tanta música.


Una cosa que tengo que alabar del festival es que todos los horarios se cumplieron con precisión, excepto Neil Young que, tirando de bula papal, alargó su concierto con un bis que su grandeza histórica merece. Pero eso lo contaré más tarde.

Tras las hamburguesas, amenizadas (es un decir), por la salvaje pasión de Rick & Vera, conseguimos entrar a ver las dos últimas canciones de Kiwanuka, música tranquila, con puntos de soul y rock. Debería también echar una escucha a su disco.

A continuación fuimos a las gradas del pabellón más grande a ver a León Benavente. Tampoco los había escuchado nunca. Dieron un concierto muy intenso y que sí encajaba con la idea que yo tenía de un festival: jóvenes desatados botando al ritmo de los tambores de los chamanes.



Lo siguiente que queríamos ver era Band of Horses, pero aprovechamos que todavía no había acabado Jane’s Addiction en el escenario central para escucharles un rato. Yo recordaba de los noventa ver muchas veces el título de su disco en los letreros de la MTV, cuando la tenía sin sonido esperando que apareciese algún grupo de los que a mí interesaban: alguien más heavy. Así que no tenía ninguna de sus canciones en la cabeza. De lo poco que escuchamos, antes de irnos a coger sitio para los siguientes, me gustó la versión del “Rebel, Rebel” de Bowie. Por lo demás, me llamó la atención el atuendo cordobés del cantante. Creo que comparados con The Who y Neil Young, ni ellos ni Prodigy tenían la misma importancia histórica para encabezar una de las noches del festival, pero es que ya no quedan tantos de esa envergadura.



A Band of Horses sí los he escuchado, sobre todo su disco “Infinite Arms”, del que me gustan mucho sus bonitas armonías. Pero a pesar de haberlo escuchado bastantes veces, no soy capaz de recordar sus canciones. En directo me decepcionaron. Para empezar sufrieron un problema que me encontré en casi todos los conciertos del festival: el bajo, a veces junto con el bombo, tenía unos subgraves que distorsionaban y hacían que, en lugar de servir como cimiento de la armonía, se perdiese todo sentido armónico. Realmente no disfruté el concierto y nos fuimos a la mitad, al poco de escuchar “Laredo”, para no perder sitio en la pista del que para mí era el plato principal de ese día: 091.



Su disco “Tormentas imaginarias” me fascinó cuando salió, y también me gustó mucho el siguiente, con el que se despidieron: “Todo lo que vendrá después”. Creo que el primero mencionado es una obra maestra, con alguna de las canciones más grandes de la historia de la música española: “Otros como yo”, “Huellas”, “Mi sombra y yo”… Cuando Lapido, el autor de esas canciones, se lanzó en solitario sufrí una pequeña decepción: su voz no estaba a la altura y me costó trabajo acostumbrarme. Ciertamente, con los años lo he conseguido y creo que su proyecto en solitario ha alcanzado cimas tan altas como los Cero. Pero me hacía mucha ilusión escuchar al grupo original.


Y mereció la pena. Ahí estaban las canciones y ahí estaban ellos, en plena forma, no un mero ejercicio de nostalgia: la música estaba viva y sonaban engrasados como la gran banda de rock en español que son. Acabamos con la voz rota y destrozados, pero felices. Mientras abandonábamos el pabellón vimos a hordas de jóvenes correr para coger un buen sito para ver a Bastille.



Volver al hotel no fue demasiado complicado, aunque se agradecería que la organización del festival explicase mejor cuáles son las paradas de los autobuses más cercanas y los horarios y las frecuencias con las que pasan.

Sábado

El sábado era el día de Neil Young. Fuimos algo tarde y sólo pudimos escuchar los últimos compases de Gary Clark Jr  y me dio rabia no haber madrugado más porque la banda sonaba a soul (uno de los pocos bajos que estaban en su sitio en la mezcla en todo el festival) y su guitarra echaba fuego.

Mientras un grupo para jóvenes festivaleros que sonaba como un CD (Walk of the Earth veo que se llama en el programa) movía las masas, nosotros nos encontramos con unos amigos muy especiales llegados desde Gijón: Dani y Maite, con los que he compartido tanta música y que realmente son los culpables, gracias a su grupo tributo a Neil Young “Heart of Gold”, de gran parte de mi conocimiento de la música del canadiense. En la vida no hay tantas cosas buenas y encontrarse en esa situación con gente con la que compartes una de tus locuras más importantes reconforta, y más viéndolos allí con su retoño de apenas siete meses.

Conseguimos meternos no demasiado lejos del escenario, aunque bastante más de lo que nos gustaría, porque ya había mucha gente apostada, en su mayor parte veteranos: durante casi una hora llegaron hasta nosotros los ecos de la conversación de unos talluditos caballeros que estuvieron narrando conciertos anteriores del viejo Neil, de Springsteen o John Fogerty, otros locos de esos que se mueven por el mundo siguiendo el rastro de las guitarras americanas.

Todavía con luz natural -a pesar de los técnicos que, en algo que vi por primera vez en mi vida, estaban encaramados en los andamios manejando los focos-, salieron dos mujeres vestidas de granjeras a echar unas semillas sobre el escenario y, al poco, salió él, Neil Young, con un soporte para armónica con micros incorporados, para sentarse al piano e interpretar en solitario esa que le he visto a hacer muchas veces a Maite: “After the Gold Rush”. Hay cierta gente tocada por un algo superior y Neil es de esos.

Luego se fue a la acústica e hizo “Heart of Gold” y, después, “The Needle and the Damage Done”. Uff. También se sentó en un órgano, no un Hammond o similar, sino uno de esos de iglesia, e hizo una canción sobre la naturaleza, "Mother Earth".

Para marcar el corte con la parte en solitario, salieron unos seres vestidos con traje y máscara fumigando lo sembrado antes, y entonces apareció la banda, que no era Crazy Horse sino Promise of the Real, los hijos de Willie Nelson. Ahí empezó el rock and roll.

Resulta sencillamente increíble que Neil tenga 71 años: toca la guitarra con más fiereza e intensidad que casi todos los jóvenes. A veces, incluso, con demasiada para mi gusto: cuando atacó “Like a Hurricane”, canción que me sé literalmente de memoria porque la toco con Los Elepés, no la reconocí hasta que empezó a cantar. También influyeron, otra vez, los problemas con el sonido del bajo.

Hace un par de semanas actuó Springsteen en Madrid y hubo críticas a sus demasiadas concesiones al espectáculo de masas. Esa crítica –tal vez injusta-- no podrá hacerse de Young: no se dirigió al respetable hasta casi pasadas las dos horas de concierto y sólo para decirle algo así como “How are you doing?” o “Are you doing fine?”, no recuerdo ahora, y se le vio en todo momento concentrado en hacer música con la solvente, aunque no especialmente espectacular, banda que le acompañaba. De hecho, el concierto derivó en muchos momentos en jam, con sus cosas buenas y sus cosas malas: los cambios de intensidad lograban instantes apoteósicos, pero también hubo fragmentos excesivos, por ejemplo en algunos de los más de quince minutos de “Down by the River”.

Pero el abuelo Young –vaya apellido más premonitorio–, que ni siquiera bebió un trago de agua en todo el concierto, estaba disfrutando de hacer música, entregando todo de manera natural porque ha nacido para eso, para ser un chamán que encanta a la tribu a través de las notas.

Acabaron con una versión apabullante (y larga) de “Rockin’ in the Free World” y su rostro, en casi todo momento airado, se curvó en una sonrisa mientras botaba abrazado a sus jóvenes compañeros de banda al son del oé-oé-oé del público.


Parecía que eso era todo y eso anunciaba el programa, cumplidas las dos horas asignadas, pero, como comenté antes, tuvieron el descaro de volver y regalar un bis, uno que no sonó a compromiso sino a ganas de seguir disfrutando de la música.

Agotados (ese es otro problema de los festivales, especialmente para los que no estamos agraciados con los genes de Neil Young, que el cuerpo nos impide disfrutar de los conciertos al 100%) fuimos a cenar, sufriendo largas pero soportables colas y con sitio para sentarse.

El remate del festival para nosotros era Xoel López. Fuimos a la gradas para descansar nuestros huesos vapuleados y pudimos asistir a un despliegue de maestría: Xoel y su banda no tienen nada que envidiar a ninguna estrella internacional. Las canciones se sucedían perfectamente interpretadas una tras otra y los que llenaban la pista bailaban con esa mezcla curiosa de indie patrio y ritmos de origen latino e incluso directamente africano con los que se ha enganchado últimamente el gallego.


Y así, derrengados pero con una sonrisa en la boca, abandonamos la Caja Mágica, que tuvo a bien hacer a su nombre y ofrecernos algunos momentos para recordar toda la vida.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
7:02 p. m. | Comentarios (0)

De sombras y olvidos

~ domingo, diciembre 12, 2010 ~

El sábado pasado vi por primera vez a Lapido. Fue la presentación de su nuevo disco, De sombras y olvidos, en la Sala Sol de Madrid, una sala de la que llevo toda la vida oyendo hablar y que por fin he conocido.

El concierto me gustó mucho, aunque no conocía gran parte de las canciones, casi todas sacadas del repertorio en solitario. Todavía no había escuchado casi el disco nuevo, de la carrera en solitario de Lapido sólo conozco con profundidad Cartografía (los anteriores no me gustaron por su voz, ahora ya me he acostumbrado y en directo me gustó más todavía) y de la de 091 Tormentas imaginarias (del que sonó Zapatos de piel de caimán) y Todo lo que vendrá después. Pero esos discos del grupo fueron fundamentales durante una época de mi vida, sobre todo el primero, que escuché incansablemente cuando escuchaba música incansablemente.

Estaba viendo a Lapido tocar —con mucha rabia, por ciero— su Gibson SG y me moría de ganas de tocar con la mía, así que en cuanto llegué a Gijón me puse a recordar aquellas canciones que saqué hace ya la friolera de 15 años. (¿15 años? ¡No puede ser tanto! ¡Cómo es posible?)

Aquí dejo el testimonio a modo de homenaje:

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
11:48 p. m. | Comentarios (0)

Lapido contra la «piratería»

~ sábado, mayo 17, 2008 ~

En esta entrevista, José Ignacio Lapido habla, entre muchos otros temas, sobre la «piratería». Quiero comentar algunos aspectos.

Lo de compartir archivos musicales es un eufemismo que me hace gracia, pero yo es que tengo un sentido del humor muy peculiar.

Se nota rabia en esta ironía: pues sí, cuando compartes archivos musicales, compartes archivos musicales. Me parece que insinúa que se debería llamar «robar», pero para que eso fuese así, el que tenía el archivo original debería quedarse sin él, cosa que no ocurre. Igual «compartir» no le gusta porque cuando compartes algo con alguien te quedas sólo con una parte... pero eso sólo ocurre cuando compartes algo material. Y recordemos que, como muy bien afirma Jeff Tweedy, líder de Wilco, «la música no es una barra de pan».

Pero bueno, no dramaticemos, el P2P sin ánimo de lucro creo que no es ilegal en España, así que adelante. Es una batalla perdida y así lo manifesté entonces y ahora. No sólo por el tema económico -el gratis total es una falacia. Si nada es gratis ¿por qué la música si tiene que serlo?-,

Es mentira que no haya nada gratis. La última vez que lo comprobé, el sol brillaba para mí sin pedirme monedas, y pocas cosas más importantes hay en la vida. Y todos hacemos cosas gratis, por amor o porque nos apetece. Y eso sin contar que es difícil determinar cuánto pierde un artista cuando alguien se baja su disco y cuánto gana: creo recordar que según los últimos datos (de la propia SGAE) ha aumentado mucho la recaudación en conciertos. Yo creo que puede tener que ver con la mayor facilidad de acceso a la música.

Por otra parte, si quisiera ser demagógico podría argumentar que lo que nunca ocurre es que alguien que vende algo siga cobrando después de que lo ha vendido: ¿tienen que pagar los bares a los carpinteros mientras estén usando las sillas que les hicieron? ¿Tienen que pagarles si les regalan las sillas a otros bares? Pero este argumento no es válido por lo mismo de antes: la música no es una barra de pan, ni una silla. Lo que no quiere decir que valga cualquier modelo de negocio con los «derechos de autor».

sino por el de respeto a la creación.

Desde mi punto de vista, el respeto a la creación no se demuestra principalmente con dinero. ¿Cuándo cojo mi guitarra y toco «Nubes con forma de pistola» no manifiesto mucho más respeto por su creación que cuando compré el CD? Eso sí, puede que se haya perdido parte del respeto a los creadores porque cualquiera se atreve a crear. Para mí, eso no es malo.

Los grandes operadores de Internet y los fabricantes de aparatos reproductores de archivos comprimidos están frotándose las manos porque haya un gremio, el de los creadores, que ponga su esfuerzo gratuitamente para que ellos se forren y así hacer felices a millones de personas en el mundo que creen que una canción o una película cae del cielo o brota en el campo. Si no existieran los contenidos que nosotros, los autores, ponemos a disposición de todo el mundo, nadie pagaría por una línea ADSL o por un iPod. Absolutamente nadie.

Mentira. Si no hubiese posibilidad de intercambiar archivos, yo -y muchos- tendría un iPod para poder escuchar toda mi colección de discos comprados cuando me diese la gana. Y yo tuve conexión a Internet mucho antes de que se pudieran conseguir canciones o películas. Si el argumento es sobre la banda ancha (entiendo ADSL como la parte del todo) y no sobre la conexión a Internet, yo me pasé al cable desde el módem tradicional sobre todo por no tener el teléfono ocupado cuando me conectaba y por la facilidad para... ¡crear! Sí, para crear.

Por supuesto que la descarga de archivos de música es un incentivo (para algunas personas puede que el principal) para usar banda ancha, pero para muchos lo más importante es la capacidad de comunicación que ofrece: desde el Messenger al MySpace, pasando por los blogs, y los fotologs o los vídeos. Me da la sensación de que Lapido no se da cuenta de que parte de la caída del negocio musical tiene que ver también con que la atención (ese recurso escaso en este mundo de sobreabundancia de estímulos) se ha dispersado. Y se ha dispersado de muchas maneras: porque ya no se escucha o lee sólo a cuatro autores y porque ya no se trata sólo de escuchar o leer, sino de tocar y escribir. No sé si está en contacto con muchos chavales, pero creo que a una gran parte si les cortasen la conexión se preocuparían mucho más por no poder quedar hablar con sus amigos por el Messenger o por no poder colgar sus fotos —creadas por ellos— en el fotolog.

Y ahí creo que está el quiz de la cuestión: la aparición de muchos más creadores, competidores de los creadores tradicionales. Pero de eso hablaba un poco antes Lapido:

Yo hacía referencia a que Internet no era la panacea para sacar del anonimato a miles de bandas de rock que hay por ahí tocando. Decía que colgar una canción en Internet no implica automáticamente el éxito ni el reconocimiento masivo; que, salvo contadas excepciones ¡como la de El Koala!, la gente pincharía esa canción si había una gran campaña de publicidad detrás, si habían visto el videoclip en la tele o si la habían escuchado con anterioridad en los 40 Principales. A eso me refería, a que en la red está todo lo que se hace en el mundo y para que un disco sobresalga hace falta una fuerte campaña promocional al estilo clásico.

No, la red no convierte en estrellas a cualquiera que cuelgue sus canciones. Pero para la gran mayoría, aumenta su audiencia, no sólo la potencial sino la real.


Claro, que me dieron hostias por todos lados. Los panegiristas del “libre intercambio cultural” son muy capaces a la hora de manejar el insulto anónimo y cuando alguien no piensa como ellos saltan a la yugular.

Es verdad que muchos recurren a eso. Es una lástima. Pero no son todos y las ideas son buenas no en función de quién las defienda, sino de su propio peso.


Por supuesto que pienso que Internet es beneficioso, pero no es la solución a todos los problemas, no es una varita mágica con la que nos vamos a librar del mal gusto. De hecho, la mayoría de las cosas que más difusión tienen en la Red son de un mal gusto acojonante. Como en el resto de los medios.

La red no va a acabar con el mal gusto, pero no parece que el gusto sea mejor con campañas en medios tradicionales. Desde mi punto de vista, la mayoría de las cosas que tenían difusión antes de Internet también eran de un «mal gusto acojonante». No me voy a remitir a Operación Triunfo: el otro día citaba a C.C. Catch y podría poner cientos de ejemplos de la era pre-Internet: El Koala o el Chiqui-Chiqui tuvieron dignos antecesores en Los Inhumanos, No me pises que llevo chanclas o La Trinca (estos últimos a mí me encantaban... cuando no había cumplido los diez años). Canciones basadas en la parodia van a existir siempre.

Y si alguien argumenta que Internet es la panacea de algo, que lea un ensayo tradicional de la informática: no hay balas de plata. Para nada. Creerlo es, desde mi punto de vista, un signo de inmadurez. Que abunda por todos lados, pero tampoco es hora de que los rockeros se pongan a exigir madurez a su público...

Aunque lo que más difusión tiene en la red tenga muy mal gusto, también es cierto que a veces alcanzan gran difusión propuestas que a lo mejor no hubiesen llegado por otros medios. Para mí de los más grandes descubrimientos de los últimos años han sido Fionn Regan, que descubrí gracias a una versión de Luisao, o Kevin Johansen, que descubrí gracias a Burdon. Y creo que artistas como Quique González le deben mucho a la red, aunque sólo sea porque a muchos nos permitió mantener la llama encendida cuando era difícil conocer en persona a alguien que supiese quién era.

Desde mi punto de vista, hay un problema con las premisas de Lapido: parece que es necesario que «un disco sobresalga». Yo creo que muchos discos antes sobresalían artificialmente, con independencia de su calidad, por decisión de una industria musical a la que le convenía. Ese tipo de industria no puede ser como antes porque sus clientes han cambiado. Y lo siento por el que quiera trabajar en la antigua industria: por desgracia no podemos trabajar todos de lo que nos dé la gana.

Lo peor de todo es que quedamos como los malos de la película. Y encima tienen la osadía de decirnos lo que tenemos que hacer. Quieren que nos dejemos esponsorizar, que incluyamos publicidad en los discos y no sé que aberraciones más. Es como tocar por las propinas o pasar la gorra. Yo, cada vez que entro en mi MySpace y veo que hay publicidad del Chiqui-Chiqui me dan ganas de vomitar. Pues eso es justamente lo que los panegiristas de P2P quieren que sea la solución. Vale, que haya intercambio libre, pero que haya una compensación, ¿es mucho pedir? Parece que sí.

No lo sé. Lo que sí sé es que parece absurdo que por grabar CDs, que ya nunca utilizo para música, tenga que pagar a un compositor. Ahora mismo llevo un par de horas aquí conectado sin bajarme nada, ¿debería estar pagando canon?

Yo quiero que la gente que es buena haciendo canciones viva de hacer canciones. Y creo que lo seguirán pudiendo hacer. Será más difícil hacerse multimillonario, pero no estoy tan seguro de que vaya a ser más difícil sobrevivir. Hay que tener en cuenta que las nuevas tecnologías, aparte de permitir «compartir» mucho más fácilmente, también han abaratado increíblemente los medios de producción. Por otra parte, uno de los cambios del público es que ya no requiere un sonido tan trabajado como antes. Y la necesidad de nuevas canciones no disminuye. Quizás sí que disminuya la capacidad de la música como forma de identificación juvenil. Por ejemplo, los videojuegos son un serio competidor para la música. Pero eso no es culpa de la piratería. Son los tiempos y, como decía el otro, «your old road is rapidly agin, so get out of the road if you can't lend your hand».

Tal vez era cierto: no estaba «preparado para todo lo que vendrá después».

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
12:14 a. m. | Comentarios (8)