Escritos sobre música


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El joven viejo loco

~ sábado, julio 02, 2016 ~

Crónica del Mad Cool Festival, 19 y 20 de julio, Caja Mágica, Madrid

Introducción innecesaria, como todo lo demás

Por alguna razón que no llego a entender, los festivales se han convertido en una de las formas más rentables de negocio musical. Tal vez sea precisamente por lo que no es la música: por la posibilidad de unir a las propias notas eso que llaman “una experiencia”, algo que compartir con otros, eso tan necesario para esta especie gregaria que somos los humanos.

En este ambiente burbujístico ha aparecido un nuevo contendiente: el Mad Cool Festival, en la capital de este todavía rancio Reino de España. No sé si este florecimiento festivalero se da al mismo nivel en otras partes de Europa; quizás tenga que ver con la única industria en la que somos punteros: el turismo. Y es que lo bueno de tener un festival en una localidad da una razón para visitarla a mucha gente, incluso a la que no suele ir a conciertos: en los festivales también se puede comer y beber, y a quién no le gusta lo uno o lo otro…

Pero a mí me gustan también los conciertos, esos rituales comunales donde mi misantropía cede, tal vez un eco en mis genes de esa costumbre atávica que hace tribu e hizo a mis antepasados sobrevivir en este mundo inhóspito donde los asociales estamos condenados a la extinción si no conseguimos vencer nuestras tendencias. A mí me gustan los conciertos y la posibilidad de ver a Kings of Convenience, 091 y Neil Young era muy atrayente, aunque tengo que confesar que su música no sería suficiente para romper mis resistencias si no se sumase un atractivo mayor: encontrarme con un ser mucho más loco por los conciertos que yo. Así acabé en el Mad Cool Festival.

Por motivos laborales, no pude ir el jueves, aunque me hubiese gustado ver a los Who, a quienes no he escuchado mucho hasta recientemente, que estuve adentrándome en algunas de sus canciones para tocarlas con Melomanía, y también ver a Morgan, la banda de la chica de delicada voz rasposa. Compré, así todo, el bono de tres días, extrañado de que saliese más barato que comprar entrada sólo para dos; luego lo comprendí: el negocio no es tanto la música como la comida y la bebida. Sólo así se explica que por el precio que se puede pagar por ver a un artista del caché de Neil Young puedas ver a otros 15; potencialmente, eso sí, porque es físicamente imposible verlos a todos a no ser que seas capaz de desdoblarte.

Como no fui el jueves, no sufrí los problemas de descoordinación y los fallos informáticos (que siempre son fallos humanos, de mala planificación, mal diseño o mala implementación). Así todo, como Ingeniero en Informática, me llama la atención ese uso combinado de móviles y tecnologías RFID para pagar. Lo hace más incómodo para los asistentes, pero, una vez que funciona, imagino que les hace la vida más fácil a los organizadores.

Viernes

Pero vayamos a la música: empezamos yendo a ver a Carmen Boza en uno de los pabellones cubiertos. No son los sitios con mejor acústica del mundo, pero se oía razonablemente bien. Me sorprendió lo que vi: por lo poco que había visto de Carmen Boza, me imaginaba que iba a ser un concierto con ella tocando una guitarra acústica en modo cantautoril; lo que me encontré fue con un power trio, con una muy solvente sección rítmica y con ella haciendo de maestra de las seis cuerdas, yendo más allá de los rasgeos tópicos, jugando con muteados, riffs y delays. Tengo que escuchar lo que ha grabado porque siempre hay que investigar a quien se sale de lo trillado: tal vez haya belleza nueva por disfrutar.



A continuación fuimos a ver a Kings of Convenience. Ellos saben mucho de belleza y utilizando unos recursos muy limitados: guitarras acústicas y armonías vocales. Pero a veces no hace falta más: su música me ha acompañado muchas noches y me ha ofrecido un placer de dioses. Nos dirigimos al pabellón correspondiente, que estaba muy cerca, nada más acabar el concierto de Boza, pero así y todo nos encontramos con uno de los problemas del festival: aunque se deben de vender más de 30000 entradas cada día, en esos pabellones no creo que entren más de 3000 personas, así que como muchos tengan la misma idea que tú, no vas a poder entrar.




Nos pusimos a hacer cola para acceder a pista hasta que nos dimos cuenta del problema es que el aforo estaba controlado y sólo dejaban entrar a alguien cuando una persona abandonaba el recinto. Decidimos entonces optar por ir a las gradas y menos mal que no tardamos demasiado: nada más atravesar la puerta, la cerraron y empezó también a estar racionado el acceso a las gradas. Tengo que decir que me parece en cierto modo un timo que te vendan una entrada diciéndote que puedes ver ciertas cosas pero luego todo dependa del albur, pero, por otra parte, agradezco que los aforos estén bien controlados y que se cumplan las medidas de seguridad.

Yo no me imaginaba cómo podía funciona Kings of Convenience en un festival: su música es para teatros, para escuchar con recogimiento fervoroso y no con el espíritu expansivo que suele acompañar al público que acude a este tipo de eventos multitudinarios. Y así fue cuando entramos: al principio el público estaba haciendo demasiado ruido para la música de los noruegos. Pero su música posee una belleza tan sobrecogedora que logró el milagro: poco a poco se fue apagando el ruido constante y sus dos voces casi susurradas se impusieron a la masa. No pude escuchar ni “Homesick” ni “Caiman Island”, dos de mis favoritas, pero sí “Love Is not Big thing” y otras cuantas maravillas, incluso algunas que no conocía.

Con el alma reconfortada por la dosis de siempre escasa belleza, nos fuimos a la siguiente parada: Michael Kiwanuka. Pero aquí ya había cola hasta para las gradas, así que decidimos ir a comer, porque todavía quedaba mucha noche por delante y había pocos huecos entre tanta música.


Una cosa que tengo que alabar del festival es que todos los horarios se cumplieron con precisión, excepto Neil Young que, tirando de bula papal, alargó su concierto con un bis que su grandeza histórica merece. Pero eso lo contaré más tarde.

Tras las hamburguesas, amenizadas (es un decir), por la salvaje pasión de Rick & Vera, conseguimos entrar a ver las dos últimas canciones de Kiwanuka, música tranquila, con puntos de soul y rock. Debería también echar una escucha a su disco.

A continuación fuimos a las gradas del pabellón más grande a ver a León Benavente. Tampoco los había escuchado nunca. Dieron un concierto muy intenso y que sí encajaba con la idea que yo tenía de un festival: jóvenes desatados botando al ritmo de los tambores de los chamanes.



Lo siguiente que queríamos ver era Band of Horses, pero aprovechamos que todavía no había acabado Jane’s Addiction en el escenario central para escucharles un rato. Yo recordaba de los noventa ver muchas veces el título de su disco en los letreros de la MTV, cuando la tenía sin sonido esperando que apareciese algún grupo de los que a mí interesaban: alguien más heavy. Así que no tenía ninguna de sus canciones en la cabeza. De lo poco que escuchamos, antes de irnos a coger sitio para los siguientes, me gustó la versión del “Rebel, Rebel” de Bowie. Por lo demás, me llamó la atención el atuendo cordobés del cantante. Creo que comparados con The Who y Neil Young, ni ellos ni Prodigy tenían la misma importancia histórica para encabezar una de las noches del festival, pero es que ya no quedan tantos de esa envergadura.



A Band of Horses sí los he escuchado, sobre todo su disco “Infinite Arms”, del que me gustan mucho sus bonitas armonías. Pero a pesar de haberlo escuchado bastantes veces, no soy capaz de recordar sus canciones. En directo me decepcionaron. Para empezar sufrieron un problema que me encontré en casi todos los conciertos del festival: el bajo, a veces junto con el bombo, tenía unos subgraves que distorsionaban y hacían que, en lugar de servir como cimiento de la armonía, se perdiese todo sentido armónico. Realmente no disfruté el concierto y nos fuimos a la mitad, al poco de escuchar “Laredo”, para no perder sitio en la pista del que para mí era el plato principal de ese día: 091.



Su disco “Tormentas imaginarias” me fascinó cuando salió, y también me gustó mucho el siguiente, con el que se despidieron: “Todo lo que vendrá después”. Creo que el primero mencionado es una obra maestra, con alguna de las canciones más grandes de la historia de la música española: “Otros como yo”, “Huellas”, “Mi sombra y yo”… Cuando Lapido, el autor de esas canciones, se lanzó en solitario sufrí una pequeña decepción: su voz no estaba a la altura y me costó trabajo acostumbrarme. Ciertamente, con los años lo he conseguido y creo que su proyecto en solitario ha alcanzado cimas tan altas como los Cero. Pero me hacía mucha ilusión escuchar al grupo original.


Y mereció la pena. Ahí estaban las canciones y ahí estaban ellos, en plena forma, no un mero ejercicio de nostalgia: la música estaba viva y sonaban engrasados como la gran banda de rock en español que son. Acabamos con la voz rota y destrozados, pero felices. Mientras abandonábamos el pabellón vimos a hordas de jóvenes correr para coger un buen sito para ver a Bastille.



Volver al hotel no fue demasiado complicado, aunque se agradecería que la organización del festival explicase mejor cuáles son las paradas de los autobuses más cercanas y los horarios y las frecuencias con las que pasan.

Sábado

El sábado era el día de Neil Young. Fuimos algo tarde y sólo pudimos escuchar los últimos compases de Gary Clark Jr  y me dio rabia no haber madrugado más porque la banda sonaba a soul (uno de los pocos bajos que estaban en su sitio en la mezcla en todo el festival) y su guitarra echaba fuego.

Mientras un grupo para jóvenes festivaleros que sonaba como un CD (Walk of the Earth veo que se llama en el programa) movía las masas, nosotros nos encontramos con unos amigos muy especiales llegados desde Gijón: Dani y Maite, con los que he compartido tanta música y que realmente son los culpables, gracias a su grupo tributo a Neil Young “Heart of Gold”, de gran parte de mi conocimiento de la música del canadiense. En la vida no hay tantas cosas buenas y encontrarse en esa situación con gente con la que compartes una de tus locuras más importantes reconforta, y más viéndolos allí con su retoño de apenas siete meses.

Conseguimos meternos no demasiado lejos del escenario, aunque bastante más de lo que nos gustaría, porque ya había mucha gente apostada, en su mayor parte veteranos: durante casi una hora llegaron hasta nosotros los ecos de la conversación de unos talluditos caballeros que estuvieron narrando conciertos anteriores del viejo Neil, de Springsteen o John Fogerty, otros locos de esos que se mueven por el mundo siguiendo el rastro de las guitarras americanas.

Todavía con luz natural -a pesar de los técnicos que, en algo que vi por primera vez en mi vida, estaban encaramados en los andamios manejando los focos-, salieron dos mujeres vestidas de granjeras a echar unas semillas sobre el escenario y, al poco, salió él, Neil Young, con un soporte para armónica con micros incorporados, para sentarse al piano e interpretar en solitario esa que le he visto a hacer muchas veces a Maite: “After the Gold Rush”. Hay cierta gente tocada por un algo superior y Neil es de esos.

Luego se fue a la acústica e hizo “Heart of Gold” y, después, “The Needle and the Damage Done”. Uff. También se sentó en un órgano, no un Hammond o similar, sino uno de esos de iglesia, e hizo una canción sobre la naturaleza, "Mother Earth".

Para marcar el corte con la parte en solitario, salieron unos seres vestidos con traje y máscara fumigando lo sembrado antes, y entonces apareció la banda, que no era Crazy Horse sino Promise of the Real, los hijos de Willie Nelson. Ahí empezó el rock and roll.

Resulta sencillamente increíble que Neil tenga 71 años: toca la guitarra con más fiereza e intensidad que casi todos los jóvenes. A veces, incluso, con demasiada para mi gusto: cuando atacó “Like a Hurricane”, canción que me sé literalmente de memoria porque la toco con Los Elepés, no la reconocí hasta que empezó a cantar. También influyeron, otra vez, los problemas con el sonido del bajo.

Hace un par de semanas actuó Springsteen en Madrid y hubo críticas a sus demasiadas concesiones al espectáculo de masas. Esa crítica –tal vez injusta-- no podrá hacerse de Young: no se dirigió al respetable hasta casi pasadas las dos horas de concierto y sólo para decirle algo así como “How are you doing?” o “Are you doing fine?”, no recuerdo ahora, y se le vio en todo momento concentrado en hacer música con la solvente, aunque no especialmente espectacular, banda que le acompañaba. De hecho, el concierto derivó en muchos momentos en jam, con sus cosas buenas y sus cosas malas: los cambios de intensidad lograban instantes apoteósicos, pero también hubo fragmentos excesivos, por ejemplo en algunos de los más de quince minutos de “Down by the River”.

Pero el abuelo Young –vaya apellido más premonitorio–, que ni siquiera bebió un trago de agua en todo el concierto, estaba disfrutando de hacer música, entregando todo de manera natural porque ha nacido para eso, para ser un chamán que encanta a la tribu a través de las notas.

Acabaron con una versión apabullante (y larga) de “Rockin’ in the Free World” y su rostro, en casi todo momento airado, se curvó en una sonrisa mientras botaba abrazado a sus jóvenes compañeros de banda al son del oé-oé-oé del público.


Parecía que eso era todo y eso anunciaba el programa, cumplidas las dos horas asignadas, pero, como comenté antes, tuvieron el descaro de volver y regalar un bis, uno que no sonó a compromiso sino a ganas de seguir disfrutando de la música.

Agotados (ese es otro problema de los festivales, especialmente para los que no estamos agraciados con los genes de Neil Young, que el cuerpo nos impide disfrutar de los conciertos al 100%) fuimos a cenar, sufriendo largas pero soportables colas y con sitio para sentarse.

El remate del festival para nosotros era Xoel López. Fuimos a la gradas para descansar nuestros huesos vapuleados y pudimos asistir a un despliegue de maestría: Xoel y su banda no tienen nada que envidiar a ninguna estrella internacional. Las canciones se sucedían perfectamente interpretadas una tras otra y los que llenaban la pista bailaban con esa mezcla curiosa de indie patrio y ritmos de origen latino e incluso directamente africano con los que se ha enganchado últimamente el gallego.


Y así, derrengados pero con una sonrisa en la boca, abandonamos la Caja Mágica, que tuvo a bien hacer a su nombre y ofrecernos algunos momentos para recordar toda la vida.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
7:02 p. m.

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