Escritos sobre música


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Contra los domingos

~ domingo, junio 26, 2016 ~

Crónica del concierto de Caballo Loco y Rafael Berrio en La Salvaje de Oviedo el domingo 5 de junio de 2016

Las tardes de domingo son un lugar extraño: para la mayoría, momento de descanso y, sin embargo, no es infrecuente que surja cierto desasosiego, a veces, como muy bien describe la canción de Marienbad, en forma de spleen, ese mal que está también en la base de una de las obras maestras del último disco de Rafael Berrio: Niente mi piace. Probablemente por eso muy poca gente se podría imaginar que un antídoto a esos males del espíritu pueda ser un concierto Berrio.

No voy a decir que sólo así se explica que en la sala hubiese menos público del que esperaba: creo que el problema va más allá, empezando por la promoción escasa, por la poca costumbre de los conciertos en ese día de la semana, por la dificultad que entraña que alguien de cierta edad encuentre eso que llaman “una escena” en un mundo de la música donde parece que sólo se puede despuntar con espinillas y porque hay ciertos bocados que no son aptos para todos los públicos. Con todo, creo que mucha gente más podría haber encontrado en el concierto un refugio tan insólito como puede ser “leer al azar una línea del apocalipsis”. Yo tuve suerte. Me enteré por las redes sociales y no lo dudé ni un segundo, aunque el día anterior también tuviese concierto.

Además, se sumaba otra curiosidad: abría Caballo Loco. La primera vez que lo escuché fue a través de un enlace que publicó Miguel Herrero, que le ha grabado en su estudio. Me sorprendió cuando los escuché: yo, que sigo con cierta atención lo que se cuece en la música asturiana, y más desde que escucho religiosamente todas las semanas el programa de Pablo Moro en la TPA, no conocía de nada a Caballo Loco y lo que se escuchaba en esas grabaciones no eran los balbuceos de un neonato aprendiendo a hacer canciones sino algo más elaborado, con una voz propia ya desarrollada.

Abrió Caballo Loco el concierto acompañado sólo de su guitarra. Alguien que escribe sus canciones y las toca acompañado de una acústica rápidamente puede traer a la cabeza la idea de un cantautor, bien al estilo tradicional español o al que yo llamo “los hijos de Quique González”, pero no es esa línea la que sigue el avilesino. Para empezar, su domino de la guitarra le lleva más allá de las clásicas canciones en sol rasgueadas. Para continuar, ni habla de amor ni de camareras y autopistas americanas. Su línea está más cercana a Robe Iniesta, pero desde un punto de vista distinto. No hay en sus canciones una visión amable de la vida y, por ahí, congenian bien con las de Berrio.

A este último ya le he visto un par de veces en la tesitura de defender su obra en solitario, y no lo hace mal. Pero este concierto tenía el aliciente de contar el acompañamiento de la banda que le ha ayudado a grabar su último disco, “Paradoja”, con el que por una vez coincido con Mondo Sonoro en señalar como de lo mejor de lo publicado el año pasado o, al menos, el que me ha gustado de los que yo he escuchado: Fernando Lutxo Neira al bajo, Joseba B. Lenoir a la guitarra y Felix Buff a la batería.

Las canciones de Berrio tienden a la repetición de ruedas de acordes; rara vez hay en la armonía tres partes, una clásica forma estrofa-puente-estribillo, y menos intros, outros, cambios de tonalidad e interludios basados en la armonía; con esos mimbres repetidos en tantos temas y sin posibilidad de jugar con la armonía o con recursos socorridos como los turnaround en blues o el jazz, hay trabajo extra para los instrumentistas y ciertamente la banda que acompaña a Berrio deslumbra con su maestría: los cambios de intensidad logradas por la sección rítmica y los sonidos nada tópicos que salen de la guitarra de Joseba son dignos de admiración, algo de lo que podrían aprender muchos músicos.

“Paradoja” fue la viga maestra del repertorio escuchado, pero aparecieron canciones de los dos discos anteriores de Berrio, “1971” y “Diarios”, esos que están vestidos por una también muy original mano y que parecen en las antípodas de la banda que grabó el último: frente al sonido eléctrico de raigambre ruidosa del disco de 2015, Joserra Semperena preparó unos arreglos de música clásica para esas letras cultas y casi arcaizantes como “Ya no es tu alma cera blanda / donde el mundo marca impronta / sino lacre endurecido y quebradizo. / Te veo ya cantando en lo profundo el “ubi sunt” / pues ya vas despertando del hechizo”. Otro de los lujos del concierto fue contemplar como al traspasar esas canciones de los timbres pre-eléctricos a la distorsión de las válvulas siguen funcionando igual de bien, una doble demostración: de que las canciones son excelsas y la banda, sublime.

También hubo algún hueco para aventuras anteriores. Está claro que a Berrio no le ha sonreído nunca la suerte que se merece porque los discos de Amor a traición y Deriva son obras sobresalientes que muy pocos han escuchado. Cuando las descubrí me fascinaron, una vez más sorprendido de que existan cosas así y tan pocos les presten atención.

Yo me lamento, por que Berrio no tenga la suerte que se merece y por que tampoco la tengan tantos que se lo pierden, pero me regocijo recordando que una tarde de domingo tuve la inmensa fortuna de encontrar felicidad en el “encanto inefable” de un concierto casi secreto.

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Por Guillermo Hoardings | Enlace permanente
5:33 p. m.

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